La institución más antigua del arte contemporáneo va a repartir sus premios este año por votación de los visitantes. No es una iniciativa de participación ciudadana ni un experimento curatorial: es lo que quedó cuando el jurado se marchó y hubo que resolver el hueco en cuestión de días. La Bienal de Venecia lleva desde mayo recogiendo votos y los contará el 22 de noviembre, al cerrar la exposición.
Conviene contar cómo se llegó ahí, porque la historia se ha simplificado en las dos direcciones. El 22 de abril se anunció la composición del jurado internacional: cinco mujeres con trayectorias curatoriales de primer nivel. Ese mismo día, el jurado publicó una declaración de intenciones en la que anunciaba que se abstendría de considerar a aquellos países cuyos dirigentes estuvieran acusados de crímenes contra la humanidad por la Corte Penal Internacional. Ocho días después dimitió en bloque, remitiéndose a esa declaración. Israel y Rusia participaban con pabellón nacional, y hubo protestas ante ambos durante la semana previa a la apertura.
En la misma edición corría otro frente. En marzo, la Comisión Europea advirtió de que estudiaría suspender o terminar una subvención en curso a la Bienal si Rusia participaba, invocando a la vez el marco de sanciones y los valores democráticos; en julio, la prensa especializada informó de que la ayuda, de dos millones de euros, se retiró efectivamente. La Bienal ha anunciado que recurrirá. Vale la pena saber, para entender su posición, que un país propietario de pabellón en los Giardini no solicita participar: notifica. No hay trámite de admisión que la institución pueda denegar.
Merece precisión qué clase de criterio es ese, porque suele contarse mal. No era una preferencia política del jurado: era una remisión a las acusaciones formuladas por la Corte Penal Internacional, el órgano que existe precisamente para establecerlas. Y el jurado no lo aplicó al fallo. Dimitió. No impuso su posición al resultado: se retiró.
No entro aquí en los conflictos de fondo, porque el objeto de este texto es otro. Sí dejo dicho, porque preside todo lo que escribo aquí, que el cumplimiento de los derechos humanos no es una posición entre otras a la que haya que buscarle contrapeso.
Lo que me ocupa empieza el 30 de abril, cuando la Bienal tuvo que decidir qué hacer sin jurado. Podría haber suspendido los premios; tiene precedente y no lejano en su propia historia, porque tras las protestas de 1968 dejó de entregarlos y no los recuperó en la exposición de arte hasta 1986. Dieciocho años sin premiar. La institución sabe hacerlo. Esta vez eligió otra cosa: trasladar la ceremonia a noviembre y crear dos Leones de los Visitantes, uno para el mejor participante de la exposición principal y otro para la mejor participación nacional, decididos por voto del público.
Y aquí el detalle revelador del episodio: para votar hay que tener entrada y haber visitado las dos sedes, Giardini y Arsenale. La visita no se declara: se comprueba en los registros del sistema de venta de entradas. Veinticuatro horas después de que el sistema detecte tu paso por la segunda sede, recibes por correo un enlace para votar, una sola vez, de forma anónima.
Léase despacio lo que eso significa. Un jurado es un dispositivo con una cualificación y una responsabilidad: unas personas con nombre, elegidas por su competencia, que deliberan entre ellas, llegan a un veredicto y responden de él en público. Cualquiera puede discutirles la decisión, y esa discusión tiene un destinatario. Lo que ha sustituido a ese dispositivo es un procedimiento en el que la cualificación del votante consiste en que una base de datos de tickets registre que estuvo en dos edificios. No hay deliberación, porque nadie habla con nadie. No hay argumento, porque no se pide ninguno. Y sobre todo no hay nadie que responda del resultado, porque el resultado es una suma.
Esto no es una queja contra el público, y quiero ser explícito porque el argumento se malinterpreta con facilidad. No sostengo que los visitantes juzguen peor que los expertos. Sostengo algo distinto y más incómodo para todos: que un agregado no es un juicio. Cuando se cuentan votos, el resultado es un dato sobre lo que la gente eligió, y es un dato interesante. Pero un premio no pretendía informar de eso. Pretendía afirmar algo sobre las obras, y una afirmación necesita a alguien que la sostenga.
Tampoco defiendo a los jurados como institución virtuosa. Son también poder, y sesgo, y compadreo, y errores que la historia del arte se ha pasado un siglo corrigiendo. Han premiado lo que no debían y han ignorado lo que hoy nos parece evidente. Pero el error de un jurado tiene una propiedad que el error de un recuento no tiene: se le puede pedir cuentas. Alguien firmó, alguien argumentó, y por eso alguien puede ser refutado. Un recuento no se refuta, se acata.
Esto conecta directamente con lo que he sostenido, en registro más técnico, en el artículo que publiqué con Adolfo Cortés García. Allí distinguimos —y la mecánica es aportación suya— entre la legitimidad de estar en un campo, la autoridad para certificar según sus normas y el poder de hacer que una afirmación circule. Un premio funciona cuando las tres cosas coinciden en un cuerpo identificable. Lo que ocurre en Venecia este año es que la autoridad se ha evaporado y ha quedado solo la última: un mecanismo que produce circulación sin que nadie certifique nada. Sostenemos en ese artículo que el régimen algorítmico comprime los intervalos en que la deliberación ocurría, hasta que registrar y afirmar se vuelven el mismo acto. Aquí no ha hecho falta ningún algoritmo. Lo ha hecho a mano la institución más antigua del sector, con su propio sistema de entradas.
Hay un episodio final que redondea el asunto. Unos setenta artistas de la exposición principal y casi cuarenta pabellones nacionales pidieron que se retirasen sus nombres de la votación, alegando que el proceso carecía de transparencia y de rendición de cuentas, y anunciaron pasos legales. La Bienal contestó que mantendría todos los nombres en la papeleta para garantizar la libertad de expresión de los visitantes, aunque ningún firmante sería considerado para los premios. De modo que el público puede votar a artistas que no pueden ganar. El gesto de votar se conserva intacto y se le retira la consecuencia. Es difícil imaginar una descripción más exacta de lo que le pasa a un mecanismo de reconocimiento cuando se le quita el órgano que decidía: la forma permanece, perfectamente operativa, y por dentro ya no hay nada.
Sabemos, además, que los dos sistemas no dan el mismo resultado. En un certamen estadounidense que mantiene desde hace años premio del público y premio del jurado en paralelo, el año pasado ganaron obras distintas, como suele ocurrir. No es que uno acierte y el otro se equivoque: es que miden cosas diferentes. El voto del público mide alcance, accesibilidad y resonancia inmediata, que son cosas reales y valiosas. El jurado mide otras: riesgo formal, pertinencia, aquello que quizá no se entienda todavía. Llamar a las dos cosas con el mismo nombre, y darles el mismo león, es donde empieza la confusión.
Nada de esto es un desastre, y conviene no dramatizar. Es una edición atípica, resuelta con urgencia en una situación difícil, y en noviembre habrá dos premios que probablemente recaigan en obras dignas. Lo que me parece que merece atención es la facilidad del reemplazo. Bastaron ocho días para que un dispositivo de deliberación con más de un siglo de historia fuera sustituido por un formulario, y para que la pregunta sobre qué obras importan pasara de tener respondedores a tener recuento. Si algo defiendo, no es el jurado. Es que exista siempre alguien a quien poder decirle que se ha equivocado.
Sobre la conversación abierta
Este texto aplica al caso de Venecia una tesis que sostengo en la investigación sobre reconocimiento que comparto con Adolfo Cortés García: que lo decisivo no es quién otorga un reconocimiento, sino que exista alguien identificable que responda de él y un intervalo en el que su decisión pueda discutirse. La descomposición entre legitimidad, autoridad y poder que aquí uso es aportación suya. No arbitro el conflicto que originó la dimisión del jurado, y no defiendo el privilegio del juicio experto: defiendo la posibilidad de refutarlo. Si alguien quiere intervenir desde el comisariado, la crítica, la gestión de bienales o la experiencia de haber sido jurado, este cuaderno sigue abierto.
Fuentes
La Biennale di Venezia. Comunicado de 30 de abril de 2026 sobre el traslado de la ceremonia de premios y la creación de dos Visitors’ Lions; procedimientos de votación publicados el 29 de mayo de 2026; anuncio de la composición del jurado, 22 de abril de 2026; sección histórica sobre la suspensión de premios tras 1968 y su reanudación en 1986.
Comunicado de dimisión del jurado internacional, 30 de abril de 2026, y Statement of Intention de 22 de abril de 2026 (publicados en e-flux).
Associated Press: cobertura de la protesta de los artistas contra el sistema de votación, la respuesta de La Biennale de 28 de mayo de 2026 y las protestas ante los pabellones de Israel y Rusia.
ArtPrize. Resultados de 2025: Arras, de Mark Lewanski (Public Vote Grand Prize) y Scraps, de Second Vibess (Juried Grand Prize).
Cras, Sophie. Sobre los premios de arte contemporáneo como mecanismos de evaluación y valorización. Critique d’art.
Snell, Ted. Sobre el juicio experto en premios artísticos. The Conversation.
Comisión Europea. Declaración de 10 de marzo de 2026 sobre la participación rusa en la Bienal y la subvención europea. Cobertura de la retirada efectiva: The Art Newspaper y Euronews, 21-22 de julio de 2026.
La Biennale di Venezia. Comunicado de 4 de marzo de 2026 y página oficial de participaciones nacionales (procedimiento de notificación para países con pabellón propio).
Esteban Ruiz, Juan A. Art as Structural Surplus. Zenodo, 2026. https://doi.org/10.5281/zenodo.20020706
