Ilustración en tonos papiro y grafito, de estética poligonal. Dos peanas iguales en una sala: en una, una máquina antigua con diales y pantalla curva; en la otra, un panel moderno con la misma imagen geométrica; delante, un banco para compararlas.

Cuaderno público

Obsolescencia en el arte digital: qué se conserva cuando la máquina desaparece

El 12 de enero de 2021, Adobe empezó a bloquear la ejecución de contenido Flash en Flash Player, después de finalizar el soporte el 31 de diciembre de 2020. Muchas obras, animaciones y proyectos dejaron de ser accesibles en su entorno habitual, aunque los archivos siguieran existiendo. No desaparecieron todos los archivos ni toda posibilidad de ejecución, pero el acceso ordinario mediante navegadores y el reproductor oficial quedó interrumpido.

Es la forma más común de perder una obra digital. No se rompe: se queda sin entorno.

Obsolescencia no es una sola cosa

Puede desaparecer el soporte físico, el lector, el sistema operativo, una biblioteca, una cuenta, un dominio o una API. También puede seguir funcionando el archivo y cambiar tanto la pantalla, el sonido o la latencia que la obra ya no se comporte igual. El diagnóstico debe identificar qué falla antes de elegir la estrategia.

La respuesta: emular

Una de las soluciones es la emulación: crear en un equipo actual un programa que imita al entorno antiguo, para que la obra original funcione sin tocarla. Para Flash existe Ruffle, un emulador que permite volver a ver muchas de esas obras. Pero no reproduce necesariamente todas sus funciones: el código, el vídeo, la conexión a la red o el ritmo exacto pueden fallar.

El precedente: Seeing Double

La pregunta de si una obra emulada es la misma obra se planteó en público hace más de veinte años. Entre marzo y mayo de 2004, el Guggenheim de Nueva York organizó Seeing Double: Emulation in Theory and Practice. Expuso, una junto a otra, obras en su versión original y en su versión emulada, para que el público pudiera compararlas.

La más conocida era The Erl King, de Grahame Weinbren y Roberta Friedman, una obra de vídeo interactivo de principios de los ochenta que funcionaba con un hardware ya obsoleto y un software escrito por los propios artistas. La emulación permitió ejecutarla en equipos de 2004 y comparar su comportamiento con el del sistema original.

No fue una emulación neutra

El informe técnico de The Erl King muestra que la solución no consistió simplemente en ejecutar sin cambios todo el sistema antiguo. El proyecto descartó una emulación completa a nivel de código objeto por su dificultad y combinó interpretación del software en Pascal con emulación de dispositivos externos. El caso es valioso precisamente porque demuestra que «emular» puede implicar decisiones de traducción y reconstrucción.

Qué resolvió y qué no

La exposición puso a prueba la posibilidad de conservar parte del comportamiento de una obra sin conservar todo su equipo original. La comparación pública no demostró una equivalencia universal: permitió observar diferencias y discutir si eran aceptables. Fue un precedente decisivo para la conservación del arte digital, y abrió el camino a la estrategia que hoy aplican muchos museos.

Pero también mostró los límites. La emulación conserva la lógica de la obra, no necesariamente todo lo que se percibía: el tacto de los controles, la velocidad de respuesta, el aspecto del monitor, la relación del cuerpo con la máquina. Y no resuelve la conservación de los periféricos ni de los servicios externos de los que dependa la obra. No he encontrado en la ficha oficial de la exposición qué opinaron los artistas del resultado.

Elegir entre varias estrategias

Emular no es siempre la respuesta. Puede convenir almacenar el equipo original, migrar formatos, reescribir un componente, sustituir hardware o reinterpretar la obra. También pueden combinarse estrategias: original como referencia, versión emulada para estudio y versión autorizada para exhibición.

La elección debe comparar identidad, experiencia, viabilidad y derechos. Cada intervención requiere conservar el original cuando sea posible, documentar herramientas y parámetros, registrar diferencias y fijar quién autorizó el cambio.

Comportamiento o experiencia

A mi juicio, Seeing Double plantea la cuestión correcta, y deja abierta la más difícil. Conservar una obra digital no es conservar un archivo ni una máquina, sino las condiciones que permiten que la obra vuelva a ocurrir. En el marco que propuse en Art as Structural Surplus, una obra lo es por la reorganización que produce en quien la encuentra. La emulación puede reproducir el comportamiento, pero no garantiza que reproduzca esa reorganización. A veces la conserva, a veces no, y hay que comprobarlo obra por obra, comparando con lo que fue.

Por eso la documentación importa tanto como la técnica: un vídeo de la obra funcionando, la declaración del artista sobre qué es esencial y el registro de cada intervención. Lo desarrollo en la guía sobre obsolescencia.

Sobre la conversación abierta

Este texto separa los datos de mi interpretación y no es asesoramiento jurídico. Si trabajas en conservación digital o tienes obra hecha con tecnologías obsoletas y quieres precisar un dato o discutir esta lectura, este cuaderno sigue abierto: escríbeme.

Relación del autor con los casos

Tengo obra digital en mi colección, la Colección Esteban-Ruiz, pero ninguna de las obras citadas en este texto. No tengo relación con los museos ni con los artistas mencionados.

Fuentes


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