Ilustración minimalista en tonos papiro cálido y grafito, vista en perspectiva oblicua. Un cuadro poligonal enmarcado cuelga de una pared de galería que se aleja en diagonal hacia el fondo; ante él, en el suelo, un reloj o reloj de arena poligonal se deshace en pequeños fragmentos que flotan hacia el cuadro, sugiriendo el tiempo medido descomponiéndose ante la obra. La pared se aleja hacia un punto de fuga bajo.

Cuaderno público

Veintisiete segundos

Hay una cifra que circula por los textos de divulgación museística con la autoridad de lo evidente: el visitante medio mira la Mona Lisa quince segundos. Se repite en artículos, charlas y guías, siempre para decir lo mismo, que ya no sabemos mirar, que la contemplación ha muerto, que pasamos ante las obras como ante escaparates. La cifra es cómoda porque confirma lo que ya creíamos. El problema es que no aparece en ningún estudio. La he buscado hasta la fuente primaria y no existe: ni el Louvre la publica, ni hay investigación que la sostenga. Es un dato huérfano que todos citan y nadie firma.

Lo que sí existe es más interesante, y menos consolador para el relato de la decadencia. En el año 2001, dos investigadores, Jeffrey y Lisa Smith, se plantaron en el Metropolitan de Nueva York y cronometraron a ciento cincuenta visitantes ante seis obras maestras. El resultado: una media de veintisiete segundos, con una mediana de diecisiete. Quince años después, la misma pareja repitió el experimento en el Art Institute de Chicago, ya en plena era del teléfono con cámara. La media apenas se movió: veintiocho segundos y medio. Y estudios posteriores con seguimiento ocular, midiendo la mirada instante a instante, arrojan cifras del mismo orden, cerca de treinta segundos por obra.

Medio minuto. Ese es, con datos, el tiempo real del encuentro con un cuadro. No quince segundos de agonía cultural, pero tampoco la contemplación reverencial y prolongada que imaginamos cuando idealizamos un pasado sin pantallas. Y aquí está el primer hallazgo incómodo: la brevedad no la trajo el smartphone. En 2001 ya mirábamos medio minuto, cuando el teléfono no tenía cámara y nadie se hacía fotos con las obras. La mirada breve estaba ahí antes. Lo que el teléfono cambió no fue la duración, sino la composición de ese tiempo: ahora incluye posar, capturar, comprobar, dejar constancia de haber estado. Miramos los mismos segundos, pero una parte se la lleva el gesto de registrar que miramos.

Lo que ha cambiado de verdad no es cuánto miramos. Es que el museo ha aprendido a medirlo. Y esto es lo que me parece que merece atención, más que la enésima lamentación sobre la atención perdida.

Hoy el tiempo ante la obra es un dato. Hay estudios que lo llaman dwell time, tiempo de permanencia, y lo registran con seguimiento ocular; hay sensores Bluetooth que en el propio Louvre han rastreado por dónde circulan los visitantes, cuánto se detienen en cada punto y cómo una sala saturada expulsa a la gente hacia otras. Hay mapas de calor de la mirada, recorridos, densidades, curvas de fatiga. Un trabajo reciente demuestra que miramos más tiempo las obras que nos gustan, y de ahí deduce que el tiempo de permanencia podría servir para perfilar automáticamente al visitante, para saber qué le gusta sin preguntárselo. La mirada, que era el gesto más privado que cabe ante una obra, se está convirtiendo en señal medible, en dato explotable, en insumo de recomendación.

Ese es el desplazamiento que importa. La pregunta ha pasado de “¿cuánto tiempo hay que mirar una obra?” a “¿cuánto tiempo mide el sistema que la has mirado?”. Y no son la misma pregunta. La primera es interior, y no tiene respuesta general: depende de la obra, del día, de quién mira. La segunda es una métrica, y precisamente por serlo deja fuera lo único que hacía valioso el tiempo ante la obra.

Porque el problema estético no es la velocidad. Es fácil demostrarlo: se puede estar treinta segundos ante una pintura y recibir una sacudida real, algo que reorganiza cómo se ve; y se puede estar diez minutos y no salir de lo que ya se sabía decir de ella. El tiempo cronológico no garantiza nada. Un dato de permanencia registra que alguien se detuvo, pero no puede registrar si en esa detención ocurrió algo o no ocurrió nada. Mide la sombra del encuentro, no el encuentro.

Y todavía hay un matiz que complica la defensa fácil de la lentitud. Defender el intervalo no es defender que el visitante se plante mudo ante una obra hasta que le llegue la revelación. Los estudios sobre cartelas muestran algo revelador: cuando se añade un texto que acompaña la obra, el tiempo total sube de treinta a cuarenta y cinco segundos, y la mirada vuelve a la imagen después de leer. La mediación buena no roba tiempo a la obra: se lo compra. El peligro no es explicar, es explicar de más, cerrar la obra con una clave tan fuerte que ya no haga falta volver a mirarla. Una mala cartela sustituye el cuadro por su respuesta. Una buena cartela devuelve al visitante a la dificultad de mirar.

Que es, al final, de lo que se trata. La mirada lenta que algunos reivindican no es mirar más minutos para entender antes. Es casi lo contrario: mirar el tiempo suficiente para que la obra deje de coincidir con lo que ya sabíamos decir de ella. Para que se abra una distancia entre lo que reconocemos a primera vista y lo que hay. Ese intervalo —el hueco entre el primer vistazo y lo que aparece si uno no lo clausura— es exactamente lo que ninguna métrica puede capturar, porque no es una cantidad de segundos. Es una suspensión del cierre.

Por eso la contabilidad de la mirada, por refinada que sea, siempre llega tarde a lo que buscaba medir. Puede decirnos que alguien estuvo veintisiete segundos. No puede decirnos si en esos veintisiete segundos el mundo se reorganizó un poco o siguió exactamente igual. Y esa diferencia, que no cabe en ningún sensor, es toda la diferencia.

Sobre la conversación abierta

Este texto se cruza con una línea que vengo trabajando: la defensa del intervalo, del tiempo lento y de lo que resiste a la medición en la experiencia estética. La atención ante la obra, cuando se vuelve dato, entra en la misma lógica de captura que he tratado al hablar de infraestructuras y de reconocimiento. Si alguien quiere intervenir desde los estudios de visitantes, la psicología de la percepción, la museología o la práctica de la mediación cultural, este cuaderno sigue abierto.

Fuentes

Smith, Jeffrey K. y Lisa F. Smith. “Spending Time on Art”. Empirical Studies of the Arts 19(2), 2001, pp. 229-236. DOI: 10.2190/5MQM-59JH-X21R-JN5J.

Smith, Lisa F., Jeffrey K. Smith y Pablo P. L. Tinio. “Time Spent Viewing Art and Reading Labels”. Psychology of Aesthetics, Creativity, and the Arts 11(1), 2017, pp. 77-85. DOI: 10.1037/aca0000049.

Krukar, Jakub y Ruth Conroy Dalton. “How the Visitors’ Cognitive Engagement Is Driven (but Not Dictated) by the Visibility and Co-visibility of Art Exhibits”. Frontiers in Psychology 11:350, 2020. DOI: 10.3389/fpsyg.2020.00350.

Reitstätter, Luise, Karolin Galter y Flora Bakondi. “Looking to Read: How Visitors Use Exhibit Labels in the Art Museum”. Visitor Studies 25(2), 2022, pp. 127-150. DOI: 10.1080/10645578.2021.2018251.

Tishman, Shari. Slow Looking: The Art and Practice of Learning Through Observation. Routledge, 2018 (ed. impresa) / 2017 (ebook). DOI: 10.4324/9781315283814.

Yoshimura, Yuji, Anne Krebs y Carlo Ratti. “Noninvasive Bluetooth Monitoring of Visitors’ Length of Stay at the Louvre”. IEEE Pervasive Computing 16(2), 2017, pp. 26-34. DOI: 10.1109/MPRV.2017.33.

Musée du Louvre. “FAQ — While visiting”. louvre.fr.


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