A finales de julio de 2026, una pequeña tienda de artesanía y antigüedades de Nantucket colgó en su interior un cartel de madera con la estética náutica del lugar que decía: «Prohibidos los influencers». La foto corrió por internet y estalló la polémica. Unos aplaudieron al comercio; otros, lo acusaron de despreciar una profesión. Pero el cartel no era lo que parecía, y en la distancia entre lo que parecía y lo que era hay algo que merece atención.
No era una ordenanza municipal ni una norma sobre el espacio público: era un cartel dentro de una tienda privada. Su dueño aclaró después que no pensaba prohibir la entrada a nadie. «A veces siento que mi tienda se usa como el fondo, como un escenario», explicó. Añadió una frase que apunta al fondo del asunto: «Es un problema que deberíamos mirar como sociedad». Lo que le molestaba no era una identidad, era una conducta concreta: gente que entraba a grabar sin comprar ni mirar nada, que convertía su local en plató, que lo llenaba y, sobre todo, que incluía en sus vídeos a los demás clientes sin pedirles permiso. Su socia lo dijo aún más claro: ¿te gusta que te graben mientras estás en una tienda, que te incluyan de fondo en el vídeo de otro?
La respuesta llegó de una creadora con tienda propia en la isla, y tenía su parte de razón. Señaló que la economía del contenido está mayoritariamente hecha por mujeres, que despreciar esa profesión tiene algo de viejo gesto de ridiculizar a las profesionales cuando convierten una nueva forma de visibilidad en poder económico, y que un cartel así deslegitima un trabajo real. No lo llamó exactamente discriminación, pero sí una forma socialmente aceptada de mirar por encima del hombro a lo que hacen otras. Y en eso acierta: crear contenido es trabajo, y no un trabajo menor por ser nuevo o por hacerse con un móvil. Hay que decirlo, porque es fácil caricaturizar: no todos los creadores desinforman, ni son temerarios, ni convierten cada sitio en un circo, aunque haya casos notorios que se lucran deteriorando lo que tocan. Meter a todos en el mismo saco sería injusto y falso.
Aquí está el conflicto. Es verdad que grabar para vivir de ello es trabajo legítimo, y despreciarlo esconde a menudo un prejuicio. Y es verdad que la producción de contenido reorganiza el espacio en el que ocurre, no solo para quien graba. Cuando alguien convierte una tienda, una calle o una plaza en su plató, cambia el lugar para todos los que están ahí sin haberlo elegido. Los otros clientes pasan a ser figurantes involuntarios, el fondo de una escena que no es la suya. El que graba trabaja; los demás, sin saberlo, se han convertido en decorado. No se trata de si mirar es más puro que grabar, que sería una tontería sentimental. Se trata de espacio compartido: qué pasa cuando un lugar común se subordina a la producción de la imagen de una sola persona.
Que esto es real, no una manía del tendero, lo reconoce un gesto que se ha vuelto habitual en otro terreno: los conciertos sin móviles. Desde hace años, músicos como Jack White obligan al público a guardar el teléfono en una funda que no se abre hasta salir, y lo venden precisamente así, como «una experiencia cien por cien humana, en persona». Chappelle, por ejemplo, comediante que hace lo mismo. Las razones son varias: evitar que su material nuevo se filtre, de negocio, y otras de experiencia; han comprobado que cuando la sala se llena de pantallas grabando, cambia la atención, cambia la relación entre quien actúa y quien mira, y cambia lo que ven los que tienen delante una fila de brazos alzados con móviles. No es que la actuación sin teléfonos sea objetivamente mejor. Es que grabar no es un gesto neutro que se añade a la experiencia sin tocarla: la modifica, y modifica la de todos.
Lo que el cartel de Nantucket dejó ver, más allá de la polémica boba de bandos, es que no tenemos todavía un acuerdo sobre esto. Sabemos regular el ruido, el humo, el aparcar donde no se debe. No sabemos aún qué hacer cuando la externalidad que una persona impone a las demás es convertirlas en fondo de su contenido. En un comercio privado decide el dueño y está en su derecho. En el espacio público es más difícil, porque ahí chocan dos derechos legítimos: el de grabar, que es también el de trabajar, y el de estar en un sitio sin acabar, sin haberlo pedido, dentro del encuadre de otro. No tengo la solución y desconfío de quien la dé fácil. Pero el problema está bien planteado por ese tendero harto: cada vez más gente está cansada de sentirse un extra en la película de otro. Y esa sensación, aunque no sepamos aún qué hacer con ella, apunta a algo que sí habrá que decidir: hasta dónde llega el derecho de cada uno a convertir el mundo compartido en su plató.
Sobre la conversación abierta
Este texto parte de un caso real y menor, un cartel de “prohibidos los influencers” en una tienda de Nantucket en julio de 2026, para pensar algo que lo excede: qué le ocurre a un espacio compartido cuando la producción de contenido lo reorganiza para todos, no solo para quien graba. Sostengo dos cosas a la vez: que crear contenido es trabajo legítimo, y que grabar en un espacio común convierte a los demás en figurantes involuntarios. No jerarquizo entre mirar y grabar; planteo quién decide el uso legítimo de lo compartido. Dejo fuera, a propósito, el debate sobre el efecto de las redes en la salud de los jóvenes, cuya evidencia científica está lejos de ser concluyente. Si alguien quiere intervenir desde el derecho, los estudios urbanos o la sociología de la cultura digital, este cuaderno sigue abierto.
Fuentes
El caso de Nantucket: cartel «No Influencers» en Four Winds Craft Guild (tienda privada), finales de julio de 2026; declaraciones de John Sylvia («a problem we should look at as a society») y respuesta de Paige Paul (antes Paige Lorenze). Cobertura en People, TODAY y Connecticut Post. No fue una ordenanza ni una prohibición pública.
Conciertos sin móviles: gira de Jack White (2018), fundas Yondr, «a phone-free, 100% human experience»; uso por Dave Chappelle y otros.
Sobre la producción de imágenes y el espacio: L. Siegel, I. Tussyadiah y C. Scarles, «Cyber-physical traveler performances…», Current Issues in Tourism (2023); P. Toscano, «Instagram-City», Visual Anthropology (2017); S. P. Smith, «Instagram abroad», Postcolonial Studies (2018).
Sobre el debate (no abordado en el texto) del efecto de las redes en la salud adolescente: National Academies of Sciences, Social Media and Adolescent Health (2024), que no halló respaldo para un daño causal a escala poblacional; y la discusión entre A. Orben, C. Odgers y J. Haidt.
