Ilustración minimalista en tonos papiro cálido y grafito, vista en perspectiva oblicua. Dos objetos poligonales idénticos, de idéntica superficie lisa y bien terminada, reposan uno junto al otro, indistinguibles en su factura y acabado exteriores. Uno de ellos deja ver, por un resplandor cálido interior que se filtra a través de una abertura o juntura sutil, que alberga dentro algo vivo y luminoso; el otro, idéntico por fuera, está hueco y oscuro en su interior. Las superficies no dan ninguna pista de cuál es cuál; solo difiere el interior oculto. El ojo no puede distinguirlos por su hechura. Los objetos descansan sobre un plano que se aleja hacia un punto de fuga bajo.

Cuaderno público

El acabado ya no prueba nada

Durante siglos, que una obra estuviera bien hecha decía algo de quien la hizo. Una superficie pulida, un dibujo exacto, una voz afinada, un revelado limpio eran la huella visible de un oficio: para llegar ahí hacía falta tiempo, estudio, manos entrenadas. El acabado funcionaba como una credencial. Al mirarlo, uno deducía la destreza que había detrás, y esa destreza era parte de lo que se admiraba.

Ese vínculo se está rompiendo, y no por primera vez. Hoy una imagen de acabado impecable puede producirse en segundos, sin oficio ni apenas intención, escribiendo una frase. Y cuando la perfección técnica se obtiene así, deja de probar lo que probaba. Ya no puedo deducir de una superficie limpia el trabajo que la sostiene, porque puede no haber ninguno. El acabado sigue ahí, pero ha perdido su valor como prueba. No me dice ya qué clase de atención, de esfuerzo o de mirada contiene la obra, porque puede no contener ninguna.

No mantengo que ahora valga lo imperfecto, ni que la torpeza sea una virtud. Eso sería sustituir una superstición por otra: antes creíamos que lo pulido probaba talento, y pasaríamos a creer que lo tosco prueba autenticidad. Ni lo uno ni lo otro. Un defecto tampoco demuestra nada, porque también se puede fabricar a voluntad. Lo que ocurre es más radical y más simple: el acabado, pulido o roto, ha dejado de informar. Ya no es una pista fiable de nada.

Nada de esto es nuevo, y ahí está lo interesante. Cada vez que una máquina abarató una destreza que antes era rara, pasó lo mismo. Cuando la cámara Kodak llegó en 1888 con su lema “usted apriete el botón, nosotros hacemos el resto”, cualquiera pudo obtener una imagen nítida de una escena, algo que antes exigía dominar la química, las placas y el cuarto oscuro. La nitidez dejó de distinguir. Y el crítico John Szarkowski, cuando quiso explicar qué hacía entonces valiosa a una fotografía, no habló de perfección ni de defecto: habló de selección, de encuadre, del instante elegido, del punto de vista. Cuando la máquina se encarga de la ejecución, lo que queda del lado humano es la decisión: qué mirar, cuándo, desde dónde, qué dejar fuera.

Antes que la fotografía, y de forma más brutal, lo dijo Duchamp. Cuando en 1917 presentó un urinario industrial como obra, sostuvo algo que un siglo después seguimos sin asimilar del todo: que la mano del artista no era la condición del arte. No lo había fabricado él; lo había elegido, desplazado, titulado, puesto a mirar de otro modo. La destreza manual, que parecía el corazón del asunto, resultó no serlo. La inteligencia artificial no inaugura esta separación entre saber hacer y hacer arte: la lleva al extremo, la vuelve cotidiana, pero la grieta estaba abierta desde hace más de cien años.

Lo que la abundancia técnica cambia no es, entonces, qué es el arte, sino qué escasea. Cuando producir una imagen bien acabada era difícil, la dificultad misma era una forma de valor, y a veces tapaba lo demás: una obra podía impresionar por su factura aunque no dijera gran cosa. Ahora que la factura es fácil y está en todas partes, ha dejado de ser un mérito por sí sola, y con ella se ha caído la cortina. Lo que queda a la vista es lo que el acabado a veces ocultaba: si la obra selecciona algo, si articula una mirada, si provoca en quien la encuentra un movimiento que no tenía antes. Eso sigue siendo raro, y ahora no hay superficie brillante que lo disimule ni que lo supla.

Hay una tentación en la que no hay que caer, la de creer que esto lo decide la técnica sola, como una ley. No la hay. Cuando una destreza se abarata, el valor no viaja siempre al mismo sitio: unas veces al punto de vista, otras al concepto, otras a la autenticidad de la procedencia, otras a la relación que la obra establece con su público. La historia no tiene un final único escrito de antemano. Lo único seguro es lo que se pierde: la coartada del acabado, la posibilidad de confundir estar bien hecho con tener algo que decir.

Y quizá eso, más que una amenaza, sea una limpieza. Durante mucho tiempo la perfección técnica pudo hacerse pasar por valor artístico, y coló muchas veces. Ahora que cualquiera la consigue, ya no engaña a nadie. La pregunta que queda es más incómoda y más honesta, y es la de siempre, solo que ahora sin refugio: quitado el brillo, ¿qué hace esta obra que yo no pueda ignorar? Cuando el acabado deja de responder por la obra, la obra tiene que responder por sí misma.

Sobre la conversación abierta

Este texto sostiene que, cuando una tecnología vuelve común una destreza que antes probaba oficio, esa destreza deja de distinguir, pero sin que la imperfección ocupe su lugar: lo que cae es el valor probatorio del acabado, no la belleza. No hay un destino único para el valor artístico; lo que queda al descubierto es la pregunta por lo que una obra hace ante quien la mira, que viene de mi investigación sobre el excedente. Doy por ciertos los casos verificados y distingo el hecho histórico del relato consagrado. Si alguien quiere intervenir desde la pintura, la fotografía, la producción musical, la teoría del arte o el trabajo con herramientas generativas, este cuaderno sigue abierto.

Fuentes

John Szarkowski, The Photographer’s Eye (The Museum of Modern Art, exposición de 1964 y libro de 1966): la fotografía significativa como selección, encuadre, tiempo y punto de vista.

La cámara Kodak nº 1 (1888) y su eslogan «You press the button, we do the rest» (National Science and Media Museum / Public Domain Review).

Marcel Duchamp, Fountain (1917) y el readymade; «The Creative Act» (1957), sobre la participación del espectador.

Sobre la fotografía y la pintura del siglo XIX: Tate Research (Clare A. P. Willsdon) y Cornell University Library.

Auto-Tune (Antares, 1997) y el debate sobre corrección y efecto vocal; historia de las cajas de ritmos y el temor a la sustitución (JSTOR Daily).

Sobre economía de la atención y escasez: Herbert A. Simon, «Designing Organizations for an Information-Rich World» (1971): «a wealth of information creates a poverty of attention».

Sobre IA generativa y valor: Sungjin Park, «The Work of Art in the Age of Generative AI» (AI & Society, 2024); Salas Espasa y Camacho, «From Aura to Semi-Aura» (AI & Society, 2025).


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