Ilustración minimalista en tonos papiro cálido y grafito, vista en perspectiva oblicua. Una única figura humana genérica, silueta plana poligonal sin rostro ni rasgos, vista a media o larga distancia, se yergue sobre una posición ligeramente elevada y hace un gesto declarativo, de proclamación, hacia un amplio terreno poligonal que se extiende ante ella. Pero el umbral que dice haber cruzado no está ahí: el suelo es continuo, sin marca, sin línea, sin frontera visible en ninguna parte. Donde debería haber una línea divisoria solo hay terreno ininterrumpido, o una línea tenue que se desvanece antes de formarse. El contraste está entre el gesto enfático de la proclamación y la ausencia total de una marca o criterio que verifique que se ha cruzado un umbral. El terreno se aleja hacia un punto de fuga bajo.

Cuaderno público

Declarar no es demostrar

A comienzos de 2026, Elon Musk escribió en su red social cinco palabras: “Hemos entrado en la Singularidad.” Meses después, en un pódcast, Sam Altman dijo que estábamos “como dentro de la singularidad”. Dos de las personas más poderosas de la industria tecnológica anunciaban, con la naturalidad de quien comenta el tiempo, que la humanidad había cruzado uno de los umbrales más discutidos que se le suponen al futuro. Y a mí, que no soy tecnólogo, lo que me llamó la atención no fue si tenían razón. Fue que nadie, ni ellos ni quienes les aplaudieron ni quienes les criticaron, podía decir cómo se comprobaría que semejante cosa ha ocurrido.

Hay que ser justo con los dos, porque no dijeron lo mismo ni con la misma rotundidad. Musk fue categórico y brevísimo: “hemos entrado”, punto, como quien constata un hecho. Altman fue más prudente, y ese “como” que metió, “como dentro de la singularidad”, no es un descuido, es un matiz: en sus propios textos la singularidad no es un instante que se cruza, sino un proceso gradual que, según él, ya ha empezado pero aún no ha culminado. Habla de estar cerca de construir una superinteligencia, no de haberla construido. Así que ni siquiera entre los dos anunciantes hay acuerdo sobre qué se estaría anunciando. Uno proclama un hecho consumado; el otro, un despegue en marcha. Y esa discrepancia, entre quienes más deberían saberlo, ya dice algo del problema.

El problema es que “singularidad” no es una magnitud que se pueda medir, sino una palabra que lleva décadas nombrando cosas distintas. El matemático John von Neumann, según lo recordó un colega en los años cincuenta, hablaba de un punto de aceleración tecnológica tras el cual la vida humana como la conocemos no podría continuar. En los sesenta, otro matemático la imaginó como una explosión de inteligencia: una máquina lo bastante lista para diseñar máquinas aún más listas, y así sin freno. En los noventa, un escritor la definió como la aparición de inteligencias superiores a la humana. Más tarde se popularizó como una fecha, hacia 2045, en la que las curvas del progreso se dispararían. Son ideas emparentadas, pero no la misma, y cada una pondría el umbral en un sitio diferente. Preguntar si “hemos llegado” sin decir a cuál de todas nos referimos es como preguntar si hemos llegado lejos sin decir adónde.

Cuando alguien dice “hemos entrado en la singularidad”, hace algo que parece una constatación y no lo es. Para que lo fuera harían falta cosas que no están: una definición de qué es exactamente eso que decimos haber alcanzado, unos indicadores de que se ha alcanzado, un umbral que marque el antes y el después, y, sobre todo, una condición que nos dijera qué tendríamos que observar para concluir que todavía no. Sin esa última pieza, la afirmación no corre ningún riesgo: sea cual sea el estado del mundo, siempre se podrá decir que encaja. Y una afirmación que encaja con cualquier cosa ha dejado de afirmar algo comprobable. No digo que sea falsa, cuidado, eso sería otro error. Digo que no es todavía una demostración, sino una declaración: vale por la autoridad de quien la hace, no por una prueba que otros puedan revisar.

Esta diferencia, entre declarar y demostrar, la conozco bien desde otro terreno, el mío, y por eso el caso me resulta familiar. En el arte pasa exactamente lo mismo. Durante décadas hemos discutido si algo es arte, y una respuesta cómoda ha sido: es arte si el mundo del arte lo dice, si lo consagra un museo, un crítico, una feria. Pero esa respuesta tiene el mismo vicio que la frase de Musk. Que una autoridad declare “esto es arte” no es un criterio, es una declaración; vale por la posición de quien la emite, no por una propiedad que cualquiera pueda verificar. Yo llevo años intentando formular un criterio para distinguir cuándo hay acontecimiento artístico y cuándo no, y sé por experiencia lo difícil que es, cuánto cuesta que un criterio sea a la vez preciso y honesto sobre sus límites. Precisamente por eso reconozco de lejos cuándo no hay ninguno. Y en “hemos entrado en la singularidad” no lo hay.

No se trata de negar que la tecnología esté cambiando deprisa, ni de tratar a nadie de ingenuo. Puede que estemos, en efecto, ante una transformación enorme; yo no tengo forma de saberlo, y esa es justo la cuestión. Nadie la tiene, porque no hemos acordado qué contaría como saberlo. Lo que estas frases nos ofrecen no es un dato, es un diagnóstico avalado por la posición de quien lo pronuncia. Y hay que distinguir una de la otra, porque la confusión entre ambas es vieja y no es solo tecnológica: es el mecanismo por el que una autoridad, cualquiera, en la ciencia, en el arte, en la política, sustituye la prueba que no tiene por el peso de su propio nombre. Antes de discutir si hemos cruzado el umbral, habría que ponerse de acuerdo en cuál es. Y mientras no lo hagamos, quien diga que ya lo cruzamos no nos está informando de un hecho. Nos está pidiendo que le creamos.

Sobre la conversación abierta

Este texto parte de dos declaraciones recientes y verificadas, la de Elon Musk (“hemos entrado en la Singularidad”) y la de Sam Altman (“estamos como dentro de la singularidad”), para pensar la diferencia entre declarar que algo ha ocurrido y disponer de un criterio para demostrarlo. Respeto la asimetría entre ambos (Musk fue categórico; Altman, más gradualista) y no sostengo que se equivoquen ni que mientan: sostengo que “singularidad” reúne definiciones distintas y que, sin acordar cuál, la afirmación no es verificable. Lo enlazo con un vicio que conozco desde la teoría del arte: confundir que una autoridad declare algo con que ese algo quede demostrado. Si alguien quiere intervenir desde la filosofía de la ciencia, la epistemología o la teoría del arte, este cuaderno sigue abierto.

Fuentes

Elon Musk: «We have entered the Singularity» (X, 4 de enero de 2026) y «We are in the beginning of the Singularity» (1 de febrero de 2026).

Sam Altman: «We’re now, like, in the singularity» (pódcast Relentless, 25 de julio de 2026); «The Gentle Singularity» (blog, junio de 2025: «We are past the event horizon; the takeoff has started», y a la vez «close to building digital superintelligence»); «The Merge» (2017), donde defiende la singularidad como proceso gradual.

Adam Shepherd, «Elon Musk and Sam Altman claim we’ve reached the AI singularity. But how would we even know that happened?», Live Science, 17 de agosto de 2026.

Genealogía del concepto: S. Ulam recordando a J. von Neumann (Bulletin of the AMS, 1958); I. J. Good (1965); V. Vinge, The Coming Technological Singularity (1993); R. Kurzweil, The Singularity Is Near (2005); D. Chalmers, «The Singularity: A Philosophical Analysis» (2010).

Sobre falsabilidad y contrastación: K. Popper (con los matices posteriores de Duhem, Quine, Kuhn y Lakatos).


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