Ilustración minimalista en tonos papiro cálido y grafito, vista desde abajo en ángulo pronunciado contra un cielo abierto. Un altavoz de megafonía poligonal, de diseño de mediados del siglo XX, está montado en lo alto de un poste liso, inclinado hacia el espectador y con la boca acampanada recibiendo la luz cálida. De esa boca, en lugar de sonido, brota una bandada densa de pequeñas formas idénticas que se derrama hacia abajo, se abre al descender y se adelgaza hasta perderse en el fondo. El poste está desnudo y es anónimo: nada indica quién lo instaló.

Cuaderno público

No es equidistancia, es manipulación

El 8 de agosto, el hombre más rico del mundo escribió en su propia red social que Hitler era un socialista de izquierdas. No fue un desliz ni una primera vez: en enero del año pasado ya había respaldado esa tesis conversando con la líder de Alternativa para Alemania, que sostuvo delante de él que Hitler era comunista.

La afirmación es falsa, y no como lo son las opiniones que no compartimos. La enciclopedia del Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos define al partido nazi como un partido de extrema derecha, racista y antisemita, y explica que buscó atraer a los trabajadores alemanes apartándolos del socialismo y del comunismo. La Britannica responde a la pregunta de si los nazis eran socialistas con un no rotundo: no en ningún sentido significativo, y desde luego no después de 1934. El régimen persiguió a comunistas y socialdemócratas, y disolvió los sindicatos libres. No hay debate historiográfico abierto. Hay un hecho establecido que se niega, y se niega repetidamente después de haber sido corregido.

Esa repetición importa, porque distingue el error de la operación. Un análisis del Centro para Combatir el Odio Digital, una organización de monitorización con metodología declarada, contabilizó ochenta y siete publicaciones de Musk sobre las elecciones estadounidenses de 2024 que los verificadores clasificaron como falsas o engañosas, con dos mil millones de visualizaciones acumuladas. Ninguna llevaba nota de la comunidad visible. Un dato desmentido que se vuelve a publicar deja de ser una equivocación.

Ahora bien, si el objetivo fuera convencer, habría que decir que el método funciona mal. Y aquí quiero poner sobre la mesa la evidencia que juega en contra de lo que muchos damos por supuesto, porque ocultarla sería incurrir en el vicio que este texto denuncia.

En 2023 se publicaron en Science y en Nature dos experimentos que intervinieron el feed de decenas de miles de usuarios durante meses. Uno sustituyó el algoritmo por un orden cronológico; el otro redujo la exposición a fuentes afines. Ninguno encontró efectos significativos sobre la polarización ideológica ni afectiva, ni sobre ocho indicadores actitudinales preregistrados. Una investigación anterior había hallado que los sitios web poco fiables suponían una parte pequeña de la dieta informativa media, concentrada en usuarios que ya buscaban ese material. La exposición cambia; las actitudes, en esas mediciones, no.

De modo que el algoritmo no parece estar cambiando lo que la gente piensa. Y sin embargo algo se ha movido, y todos lo notamos. La explicación mejor documentada no está en la persuasión.

Vicente Valentim sostiene, en un libro publicado por Oxford, que el crecimiento de la conducta radical no procede de personas que cambiaron de opinión, sino de personas que ya sostenían esas posiciones y no actuaban conforme a ellas porque las creían socialmente inaceptables. Lo que se modifica no es la creencia: es el precio de expresarla.

Léase eso desde el punto de vista de quien quiere avanzar una posición que la sociedad rechaza. Si no necesita convencer a nadie, su objetivo cambia por completo. No tiene que ganar el debate. Le basta con ser admitido en él como una parte más. En el momento en que su posición aparece tratada como un lado legítimo frente a otro, el coste social de sostenerla se desploma, y quienes ya la compartían dejan de callarse. La legitimación no es un subproducto de la estrategia. Es la estrategia.

Y existe un procedimiento que produce exactamente eso, cuyo efecto está medido en condiciones experimentales.

En 2016, Derek Koehler presentó a un grupo de participantes cuestiones con distinto grado de consenso experto: a unos les dio la información equilibrada entre dos posturas y a otros el recuento completo de opiniones. Los del primer grupo dejaron de distinguir con claridad entre los asuntos donde había consenso y aquellos donde no lo había. Su conclusión es que el falso equilibrio distorsiona la percepción del criterio experto incluso cuando el lector dispone de toda la información necesaria para corregirlo.

Tres años antes, Dixon y Clarke lo habían medido donde las consecuencias no son abstractas. Dieron a leer un artículo que presentaba de forma equilibrada la supuesta controversia entre vacunas y autismo. Quienes lo leyeron quedaron menos seguros de que las vacunas fueran seguras, creyeron que los expertos estaban menos seguros y declararon menor disposición a vacunar a sus futuros hijos. El artículo no contenía una sola mentira. Presentaba dos lados de algo que no los tiene.

Aquí es donde quiero detenerme, porque el nombre que le damos a esto está haciendo un trabajo que no le corresponde.

Llamamos equidistancia a este fenómeno. Pero la equidistancia describe una posición: estar a igual distancia de dos extremos. Y eso presupone que los dos extremos existen y están donde se dice que están. Cuando alguien presenta como equivalentes dos posiciones que no lo son, no se está situando en medio de nada real. Está fabricando el medio. Decide quién se sienta a la mesa, con cuánto tiempo, bajo qué marco y con qué contradicción. La operación no consiste en colocarse: consiste en colocar a los demás.

Llamarla equidistancia le concede al que la ejecuta la descripción que más le conviene, porque suena a exceso de prudencia, a escrúpulo profesional mal calibrado, a defecto de carácter. Suena a algo que le pasa a alguien, no a algo que alguien hace.

Con esa distinción delante se ven dos cosas distintas que producen el mismo efecto. Una es la inercia del oficio: la norma periodística de dar las dos versiones, aplicada mecánicamente. El estudio clásico de Boykoff y Boykoff demostró en 2004 que esa norma, en la cobertura del cambio climático, produjo una divergencia significativa entre el discurso público y el científico. Ahí no hay mala fe, hay un procedimiento que falla.

La otra es la explotación deliberada de esa misma norma. Y aquí no estamos ante una hipótesis sobre intenciones ocultas: la literatura académica lleva años documentando estrategias de comunicación de la extrema derecha en plataformas, con revisiones sistemáticas del campo, y estudios que han identificado el uso de cuentas nuevas y bots coordinados para difundir discursos identificables. La coordinación no se infiere: se mide. Y quien coordina sabe qué está haciendo.

Lo decisivo es que la segunda usa la primera. La norma profesional está ahí, es pública, es predecible, y produce un efecto conocido: quien reclama ser escuchado en igualdad no apela a la generosidad de nadie, apela a un procedimiento que sabe que funcionará. Por eso el marco del debate se ha llenado de invitaciones al pluralismo y de quejas por censura. No son argumentos sobre el fondo. Son llaves para abrir una puerta cuyo mecanismo está estudiado.

Que la puerta la abra alguien que actúa de buena fe no cambia el resultado. Pero sí cambia dónde está la responsabilidad, y hay que decir las dos: hay quien manipula y hay quien se deja usar, y el segundo tiene medios para saberlo. El oficio lo tiene escrito. Las directrices editoriales de la BBC establecen que las posiciones minoritarias o menos respaldadas por la evidencia no deben recibir necesariamente prominencia o peso similares a las que cuentan con más apoyo o están mejor documentadas. El regulador británico añade que la imparcialidad debida no significa repartir el tiempo a partes iguales. Está escrito y disponible desde hace años.

Hay un terreno donde esto deja de ser una discusión sobre procedimientos periodísticos. Las obligaciones derivadas de los tratados internacionales de derechos humanos no son opiniones políticas: son obligaciones jurídicas que los Estados parte están obligados a respetar, y así lo formula la Oficina del Alto Comisionado. Colocar su cumplimiento como una postura frente a otra no es pluralismo, es un error de categoría, y cuando se hace a sabiendas es algo peor. Ser exacto, en cambio, no tiene nada que ver con esto: una orden de detención de la Corte Penal Internacional se emite cuando se aprecian motivos razonables para creer que se cometió un crimen y no equivale a una condena, y decirlo con propiedad es rigor, no contrapeso. La precisión y la equidistancia son cosas opuestas: una afina, la otra iguala lo que no es igual.

Falta la parte de las plataformas, y no para absolverlas. Lo que no está probado es que persuadan. Lo que sí lo está es peor, porque no depende de ninguna hipótesis sobre la mente de nadie.

En diciembre pasado, la Comisión Europea multó a X con ciento veinte millones de euros por incumplir sus obligaciones de transparencia: marca de verificación engañosa, repositorio publicitario insuficiente y falta de acceso a datos para investigadores. La sanción no es por desinformación; es por impedir que se pueda comprobar desde fuera qué ocurre dentro, mientras la investigación sobre riesgos sistémicos continúa por separado. Con TikTok, la Comisión abrió en diciembre de 2024 un procedimiento sobre integridad electoral a raíz de las presidenciales rumanas, cuya primera vuelta el Tribunal Constitucional del país acababa de anular. El procedimiento sigue abierto y no cabe afirmar que la plataforma causara la anulación, pero que una elección europea se anule y el regulador investigue el papel de una red social no tiene precedente.

Y está lo que las empresas sabían. Entre los documentos internos de Meta publicados en 2021 figura el hallazgo de sus propios científicos de datos en 2019: las publicaciones que suscitaban reacciones de enfado contenían, de forma desproporcionada, desinformación, toxicidad e información de baja calidad. Frances Haugen lo resumió bajo juramento ante el Senado: la empresa encontró repetidamente conflictos entre su beneficio y la seguridad, y los resolvió sistemáticamente a favor del beneficio. Y en el caso más grave, Amnistía Internacional concluyó en 2022 que los algoritmos de Meta y su búsqueda imprudente de beneficio contribuyeron sustancialmente a las atrocidades cometidas contra la población rohinyá, y que la empresa sabía o debía haber sabido que sus sistemas estaban sobrealimentando la difusión de contenido dañino.

Eso no es persuasión algorítmica. Es distribución, conocimiento del daño y omisión. Y está acreditado.

Añado una precisión: Cambridge Analytica no ganó el Brexit. Lo que la Comisión Electoral británica sancionó fue gasto electoral: una campaña asociada permitió a Vote Leave superar su límite legal en casi medio millón de libras. Y la autoridad de protección de datos concluyó que no había evidencia para modificar su criterio de que aquella consultora no estuvo implicada en la campaña del referéndum. Repetir la versión habitual no refuerza la denuncia: la debilita, porque el primer lector informado la desmonta y arrastra con ella todo lo demás. Cuando se denuncia una manipulación, la exactitud no es un adorno: es la única defensa.

Resumo lo que me parece que está ocurriendo. Hay quien difunde falsedades históricas desde posiciones de máxima visibilidad y no rectifica cuando se le corrige. Hay estructuras organizadas que amplifican esos mensajes de forma coordinada y documentada. Y hay un procedimiento, conocido y estudiado, que convierte una posición inadmisible en un lado del debate sin necesidad de convencer a nadie: basta con sentarla enfrente de otra y dejar que el espectador infiera que la verdad estará en algún punto intermedio. Ese punto intermedio no existía antes de que alguien lo construyera.

Y cuando lo que se normaliza así es el odio, llamarlo equidistancia deja de ser un error de vocabulario. Es participar.

Sobre la conversación abierta

Este texto pertenece a la línea sobre infraestructuras que trabajo en este cuaderno, con una conclusión que corrige parcialmente la que yo mismo esperaba: la evidencia de que las plataformas distribuyen desigualmente, conocían daños y no los mitigaron es sólida; la de que cambien por sí solas lo que la gente piensa, no. El mecanismo con efecto experimentalmente medido es más antiguo y menos espectacular, y consiste en presentar como dos lados lo que no los tiene. Sostengo que llamar equidistancia a esa operación absuelve a quien la ejecuta, porque describe como posición lo que es un acto. Si alguien quiere intervenir desde la deontología periodística, la investigación sobre desinformación, la comunicación política o el derecho internacional de los derechos humanos, este cuaderno sigue abierto, y me interesa en particular que me señalen evidencia que no haya considerado.

Fuentes

Center for Countering Digital Hate. Análisis de publicaciones electorales de Elon Musk en X, 8 de agosto y 4 de noviembre de 2024.

Barrie, Christopher. “Did the Musk takeover boost contentious actors on Twitter?”. Harvard Kennedy School Misinformation Review, 29 de agosto de 2023.

Comisión Europea. Procedimiento contra X bajo el Reglamento de Servicios Digitales (18 de diciembre de 2023; conclusiones preliminares, 12 de julio de 2024; sanción de 120 millones de euros, 5 de diciembre de 2025). Procedimientos contra TikTok (19 de febrero de 2024; compromisos sobre TikTok Lite, 5 de agosto de 2024; integridad electoral, 17 de diciembre de 2024).

Tribunal Constitucional de Rumanía. Anulación del proceso electoral presidencial, 6 de diciembre de 2024.

United States Holocaust Memorial Museum, Holocaust Encyclopedia, entrada sobre el partido nazi. Encyclopaedia Britannica, “Were the Nazis socialists?”.

FBarchive (Harvard Kennedy School). Documentos internos de Meta publicados en 2021. Testimonio de Frances Haugen ante el Senado de Estados Unidos, 4-5 de octubre de 2021.

Amnistía Internacional. The Social Atrocity: Meta and the right to remedy for the Rohingya, 2022.

Electoral Commission (Reino Unido). Investigación sobre Vote Leave, BeLeave y AggregateIQ, 2018. Information Commissioner’s Office, investigación sobre el uso de análisis de datos en campañas políticas, 2018.

Koehler, Derek J. “Can journalistic ‘false balance’ distort public perception of consensus in expert opinion?”. Journal of Experimental Psychology: Applied 22(1), 2016. DOI: 10.1037/xap0000073.

Dixon, Graham y Christopher Clarke. Health Education Research 28(2), 2013. DOI: 10.1093/her/cys110.

Boykoff, Maxwell T. y Jules M. Boykoff. “Balance as bias”. Global Environmental Change 14(2), 2004. DOI: 10.1016/j.gloenvcha.2003.10.001.

BBC Editorial Guidelines, sección sobre imparcialidad debida. Ofcom, Broadcasting Code.

Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, International Human Rights Law. Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, artículo 58.

Valentim, Vicente. The Normalization of the Radical Right. Oxford University Press, 2024.

Guess, Andrew et al. Science 381 (2023). Nyhan, Brendan et al. Nature 620 (2023). Guess, Nyhan y Reifler. Nature Human Behaviour (2020).


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