Tendemos a pensar el reconocimiento como una consecuencia natural: el talento existe, tarde o temprano se nota, y el reconocimiento llega detrás como quien recoge algo que ya estaba ahí. Es una historia reconfortante y casi siempre falsa. El reconocimiento no se recoge: se fabrica, mediante dispositivos concretos que conviene conocer, sobre todo si uno —como es mi caso— dedica parte de su trabajo a construirse una posición en un campo.
La socióloga Nathalie Heinich ha estudiado esos dispositivos con precisión. Los premios, por ejemplo, no se limitan a señalar un valor preexistente: producen reconocimiento, fabrican estima, y lo hacen bajo tensiones muy concretas —la justicia percibida en la elección, la envidia de quienes no ganan, la interdependencia entre premiado y premiador—. Y Heinich acuñó una idea especialmente útil para entender el presente: el capital de visibilidad, esa asimetría por la cual unos pocos son conocidos por multitudes a las que ellos no conocen. Ese capital genera una élite mediática propia, que no coincide necesariamente con la que reconocerían los pares o las instituciones.
Porque esa es la cuestión clave: el reconocimiento no es uno, son varios, y no siempre apuntan al mismo sitio. Conviene distinguir al menos tres, aunque la distinción sea mía y no de los autores en que me apoyo. Está el reconocimiento de los pares —los que hacen lo mismo que tú y saben juzgarlo, aunque su juicio también esté teñido de cercanía y rivalidad—. Está el reconocimiento institucional —premios, museos, jurados, academias, todo lo que tiene poder de consagrar—. Y está la visibilidad mediática —la circulación de un nombre, de una imagen, de una cara—, que puede ir por completo por libre. Se puede ser muy visible y poco respetado por los pares; muy consagrado por las instituciones y casi invisible para el público; admirado por quienes saben y desconocido para todos los demás. Confundir estos tres planos —tomar la visibilidad por valor, o el premio por verdad— es uno de los errores más comunes del campo cultural, y uno de los más rentables para quien sabe explotarlo.
La sociología de la consagración añade un matiz que desinfla cualquier ingenuidad: no hay un único agente que decida el valor de algo. El reconocimiento se produce en la combinación de evaluadores, instituciones, premios, crítica, rankings, estatus previo, redes y relatos. Es un proceso distribuido, con muchas manos, y por eso mismo manipulable en muchos puntos. Saberlo no vuelve cínico; vuelve lúcido.
Escribo esto sin ponerme fuera. Mi trabajo incluye, de manera explícita, construir una posición como referente, ocupar un lugar reconocible en un campo. Conozco estos mecanismos porque los uso, no porque los observe desde una supuesta pureza. Y precisamente por eso me parece honesto nombrar su trampa: la tentación permanente de confundir el ser visto con el merecer ser visto, de tomar la métrica —el alcance, la mención, el premio— por la cosa. Es una tentación, no un pecado; el problema no es buscar reconocimiento, que es legítimo y hasta necesario, sino olvidar que el reconocimiento y el valor son dos planos distintos que a veces coinciden y a veces no.
Aquí es donde esto se conecta con algo que trabajo en mi investigación, en parte junto a Adolfo Cortés García en un ensayo en preparación. El reconocimiento no crea el valor de una obra; lo hace afirmable, defendible, público. Una obra puede reorganizar de verdad el modo en que miramos algo —producir eso que en otros textos llamo excedente— sin que ningún foco la encuentre; y una obra puede acumular focos, premios y menciones sin reorganizar nada. La correspondencia entre reconocimiento y valor no está garantizada. Es, más bien, la excepción afortunada.
Y ahí está lo que me parece luminoso, y no derrotista. Saber cómo se fabrica un nombre no nos condena al cinismo: nos libera de dos servidumbres. Nos libera de mendigar el foco como si fuera la prueba de que valemos, y nos libera de despreciar lo que el foco no ilumina. Permite hacer el trabajo por lo que el trabajo reorganiza, buscar el reconocimiento sin confundirlo con la obra, y guardar admiración para lo que la merece aunque nadie más esté mirando. Que suele ser, por cierto, donde ocurren las cosas más interesantes.
Sobre la conversación abierta
Este texto forma parte de mi subserie Arte y sociedad, que examina con honestidad, y desde dentro, las condiciones reales del trabajo cultural; aquí, cómo la vocación se usa para abaratar el trabajo de quien la tiene, y a quién deja fuera. Si alguien quiere intervenir desde la sociología del trabajo, la economía de la cultura o la organización laboral del sector, el cuaderno sigue abierto.
Fuentes
Heinich, Nathalie. “The Sociology of Vocational Prizes: Recognition as Esteem”. Theory, Culture & Society 26, n.º 5 (2009): 85-107.
Heinich, Nathalie. De la visibilité: excellence et singularité en régime médiatique. Gallimard, 2012.
Bourdieu, Pierre. The Field of Cultural Production: Essays on Art and Literature. Columbia University Press, 1993.
Lizé, Wenceslas. “Cultural consecration and legitimation — Modes, agents and processes”. Poetics 59 (2016): 1-4.
