El arte que sube el alquiler: torres geométricas que representan la revalorización inmobiliaria de un barrio

Cuaderno público

El arte que sube el alquiler

La escena se repite en muchas ciudades y casi siempre se cuenta igual, en tono de buena noticia: un barrio degradado con locales vacíos y alquileres bajos empieza a llenarse de estudios de artistas, galerías pequeñas, un festival, una cafetería con carácter. El barrio revive. Los suplementos culturales lo celebran. Unos años después, los artistas que lo revivieron ya no pueden pagar el alquiler que ellos mismos ayudaron a subir.

No es una paradoja ni mala suerte: es un mecanismo bien documentado desde hace décadas. Sharon Zukin describió este patrón estudiando los lofts de Nueva York; David Ley analizó ciudades canadienses; Richard Lloyd siguió el mismo proceso en Chicago. Los artistas y la cultura producen valor simbólico, hacen que un lugar resulte interesante, auténtico, deseable. El capital inmobiliario traduce ese valor en renta. El barrio se rebautiza y se revaloriza. Los que produjeron esa aura de autenticidad —artistas, pequeños comercios, vecinos de siempre— acaban expulsados por los precios que su presencia disparó.

En los años dos mil, sobre este mecanismo se montó una política urbana: la ciudad creativa. La idea era que atraer a la clase creativa constituía la vía del desarrollo. Sus críticos mostraron pronto el carácter de agenda neoliberal de competición entre ciudades y lo endeble de su lógica causal. Pero la fórmula caló, y con ella una versión más cínica: el artwashing. El uso de arte y artistas —a veces sin que ellos lo sepan— para hacer un lugar más apetecible al capital o para lavar la imagen de una promotora, de una operación especulativa, de un desalojo con buena prensa. La cultura como capa blanda que suaviza lo que viene detrás.

Activar culturalmente territorios es parte de lo que hace una fundación como la que dirijo. Lleva a una pregunta incómoda: cuando llevamos un proyecto cultural a un barrio, ¿lo estamos beneficiando o abriendo el camino a su encarecimiento y al desplazamiento de quienes viven allí? No hay una respuesta automática. Hay que hacerse la pregunta cada vez.

La frontera no está en llevar arte o no llevarlo. Sería absurdo concluir que la cultura debe mantenerse lejos de los barrios para no dañarlos. La frontera está en otras preguntas: quién controla el proceso, quién captura el valor que se genera, quién permanece y quién es desplazado, qué instrumentos —de vivienda, de permanencia, de gobernanza— protegen a la comunidad local. Una activación cultural beneficia un territorio cuando redistribuye capacidad hacia quienes ya estaban: acceso, propiedad, decisión, arraigo. Tiende al artwashing cuando convierte la cultura local en mero reclamo de mercado sin asegurar nada de eso. La diferencia entre una cosa y otra no es artística: es política.

Reconocer esto no paraliza; ordena. Un proyecto de activación cultural responsable no puede medir su éxito solo por cuánta gente vino o cuánto se habló de él, sino por lo que le pasó al barrio después: si sus vecinos siguen allí, si el valor generado se quedó en la comunidad o se lo llevó la renta. Hay que preguntar antes de entrar a quién sirve realmente lo que vamos a hacer y estar dispuestos a que la respuesta nos incomode.

Una salida luminosa existe, no es abstenerse. Cooperativas culturales, cesiones de uso, proyectos con control comunitario, alianzas con quienes ya habitan el lugar. El arte llega a un barrio sin ser la avanzadilla de su expulsión, sino una herramienta de su gente. Ahí la cultura hace lo que mejor sabe: no revalorizar suelo, ampliar lo que una comunidad puede imaginar y hacer con lo que tiene. Ese arte no sube el alquiler. Sube otra cosa.

Sobre la conversación abierta

Este texto forma parte de mi subserie Arte y sociedad, que examina con honestidad, y desde dentro, las condiciones reales del trabajo cultural; aquí, cómo la vocación se usa para abaratar el trabajo de quien la tiene, y a quién deja fuera. Si alguien quiere intervenir desde la sociología del trabajo, la economía de la cultura o la organización laboral del sector, el cuaderno sigue abierto.

Fuentes

Zukin, Sharon. Loft Living: Culture and Capital in Urban Change. Johns Hopkins University Press, 1982.

Zukin, Sharon. Naked City: The Death and Life of Authentic Urban Places. Oxford University Press, 2010.

Ley, David. “Artists, Aestheticisation and the Field of Gentrification”. Urban Studies 40, n.º 12 (2003): 2527-2544.

Lloyd, Richard. Neo-Bohemia: Art and Commerce in the Postindustrial City. Routledge, 2006.

Florida, Richard. The Rise of the Creative Class. Basic Books, 2002. (Con las críticas de Jamie Peck, 2005, y Ann Markusen, 2006.)

Pritchard, Stephen. “The Artwashing of Gentrification and Social Cleansing”. 2020.


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