Ilustración minimalista en tonos papiro cálido y grafito, vista en perspectiva oblicua. Sobre el suelo reposa una forma poligonal redondeada y orgánica, completa y autónoma, entera según su propia lógica. Encima, una plantilla o escuadra geométrica rígida, angular y ajena, se superpone desde arriba tratando de corregir o regularizar la forma orgánica, pero no encaja: sus líneas rectas y ángulos no coinciden con las caras redondeadas, y quedan visibles los desajustes. El armazón rígido no pertenece a la forma que intenta medir. El suelo se aleja hacia un punto de fuga bajo.

Cuaderno público

Más bella

En Kerala, durante las fiestas de Onam, hay una tradición popular llamada Pulikali: hombres que se pintan el cuerpo como tigres y bailan por las calles de Thrissur al ritmo de la percusión. La sostienen agrupaciones de barrio que preparan durante meses la pintura, los movimientos y la música. Este agosto de 2026, un actor y escritor conocido, V. K. Sreeraman, escribió en sus redes que aquello le parecía una deformación, y que usar cuerpos así, con el pecho y el vientre crecidos, para hacer arte era una vulgaridad que daba náuseas. Los intérpretes respondieron acusándolo de humillar sus cuerpos y su trabajo. Un día después, Sreeraman se disculpó.

Podría quedarme en la disculpa y contar esto como una torpeza corregida. Pero quiero hacer énfasis en cómo se disculpó. Reconoció que sus palabras habían sido inmaduras y que habían hecho daño, y a la vez dejó escrito su deseo de que los artistas y organizadores hicieran la danza “más bella”. Retiró la ofensa y conservó la premisa. Dejó de decir que aquello no era arte para decir que era un arte que debía mejorar. Y ese segundo juicio, que suena conciliador, es en realidad el mismo de antes con mejores modales.

Porque los dos juicios, el duro y el amable, descansan sobre la misma idea de qué es el arte: que su valor está en unas propiedades visibles que la cosa tiene o le faltan. Un cuerpo es bello o deforme, una danza es refinada o basta, y de esa cualidad aparente se deduce si merece llamarse arte o cuánto le falta para merecerlo. Es una ontología intuitiva y muy extendida: el arte como una propiedad que se ve, se mide con el ojo y se puntúa. Quien la sostiene se coloca, sin decirlo, en el lugar del que puntúa.

Ahí está el problema, y no es de buenos modales. Cuando alguien dice que una práctica colectiva debería hacerse “más bella”, se atribuye la autoridad de decidir qué le falta a la tradición de otros para alcanzar un estándar que él fija y ellos desconocían. Convierte una forma viva, con sus propias reglas, en un borrador imperfecto de algo que todavía no es. Y coloca a quienes la hacen, a los que llevan generaciones haciéndola, en el papel de ejecutantes de una obra cuya calidad decide un juez externo. No discute una obra: se arroga el derecho a graduar el arte ajeno.

El Pulikali no espera esa nota. No es un intento fallido de ballet ni un borrador de algo más pulido. Es una forma completa, con su lógica, su humor, su relación con el cuerpo y con la fiesta. Que un cuerpo abultado sea ahí superficie para la pintura del tigre no es un defecto que corregir: es parte de cómo funciona. Pedirle que se haga “más bello” según un canon ajeno es como pedirle a una copla que se parezca más a un lied. Se puede preferir el lied. Lo que no se puede es tratar la copla como un lied que salió mal.

Detrás de todo esto me vuelvo a encontrar con una pregunta que me ocupa desde hace tiempo: quién decide qué cuenta como arte, y desde dónde. La respuesta habitual, tanto la culta como la de la calle, es que el arte es una cualidad que se reconoce a simple vista, y que hay ojos más autorizados que otros para reconocerla. Ese modelo es cómodo porque reparte a la gente en dos grupos: los que tienen el criterio y los que tienen que mejorar para merecerlo. La disculpa de Sreeraman es tan interesante precisamente porque, queriendo reparar, dejó ese modelo intacto. Pidió perdón por las palabras y se quedó con la vara de medir.

Lo que una comunidad defendió estos días en Thrissur no fue su derecho a que no la insulten, que también. Fue algo más difícil de formular y más hondo: que su práctica no es un candidato a arte pendiente de aprobación, sino arte ya, en sus términos y no en los de quien la mira desde fuera. La ofensa era retirable con una disculpa. La premisa que la hizo posible sigue ahí, intacta, esperando el próximo juicio con mejores modales.

Sobre la conversación abierta

Este texto parte de una polémica concreta en Kerala, pero no va sobre ella ni pretendo arbitrar un debate cultural que no me corresponde: me interesa la idea de arte que asoma en la disculpa, la que juzga el valor artístico por propiedades visibles y reparte la autoridad para concederlo. Doy por acreditadas las palabras según las reproducciones de la prensa malayalam, y distingo lo documentado de lo interpretativo. Si alguien quiere intervenir desde la estética, la antropología cultural, los estudios de performance o la práctica de tradiciones vivas, este cuaderno sigue abierto.

Fuentes

Kerala Tourism, páginas institucionales sobre el Pulikali (Tiger Dance) y el festival de Thrissur en Onam.

The Hindu, 20 de agosto de 2026: cobertura de la polémica, la respuesta de los comités y la disculpa de V. K. Sreeraman (incluida la traducción de “make this dance form even more beautiful”).

Mathrubhumi, Malayala Manorama (Onmanorama) y Vachakam, 20 de agosto de 2026: reproducciones en malayalam de la declaración original y de la retractación.

Onmanorama, 20 de agosto de 2026: declaraciones de Krishna Kumarn P. N. (Ayyanthole Desam).


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