El 27 de enero de este año, el British Museum publicó en Instagram y Facebook una serie de imágenes de una joven contemplando piezas de sus salas. El texto que las acompañaba invitaba a detenerse: mirar con calma siempre merece la pena. Las imágenes estaban generadas con inteligencia artificial, y eso no se decía en el pie. Sí estaban etiquetadas, para quien fuera a mirar las etiquetas, la cuenta de una modelo generada y la de la agencia que las había producido. Seis horas después, tras las críticas de arqueólogos y profesionales del patrimonio, el museo las retiró. Un portavoz declaró a la prensa especializada que no publican imágenes creadas con IA y que, reconociendo su posible sensibilidad, las habían eliminado. Añadió que estaban elaborando directrices internas sobre el uso de estas herramientas.
Empiezo declarando lo mío, porque sin eso no tendría derecho a escribir este texto. Las imágenes que encabezan mis artículos están generadas con inteligencia artificial. Lo hago con un prompt propio que llevo años afinando, y lo tengo explicado en una página de mi web donde detallo para qué la uso y para qué no. No creo que usar estas herramientas sea ilegítimo, ni voy a fingir aquí un pudor que no tengo. Lo que me interesa del caso es otra cosa, y no es la que ocupó la discusión.
Lo que ocupó la discusión fue si un museo debe usar imágenes generadas. Una de las voces más visibles, la arqueóloga Steph Black, sostuvo que la institución estaba tanteando hasta dónde acepta el público estas imágenes para poder después no contratar a creativos, y lo atribuyó al ahorro de costes. Es una lectura suya, y como sospecha es razonable en un sector precario, pero no está probada y yo no la suscribo. Su otra petición me parece mucho más sólida y menos citada: que el museo explicara qué había pasado y quién lo aprobó.
Porque el problema no es la imagen. El problema es que no lo decía.
Y aquí conviene detenerse en dónde ocurrió esto, porque no es un accidente cualquiera. La autoridad de un museo como el British Museum descansa por completo en una operación: dar fe del origen de las cosas. Todo lo que hay dentro de ese edificio está ahí acompañado de una cadena documental que explica de dónde salió, quién lo hizo, por dónde pasó. Sin esa cadena, un objeto no es una pieza de museo: es un objeto. La procedencia no es un requisito administrativo de la institución, es literalmente aquello que la institución vende, y en su caso además el terreno donde más se le exige, porque buena parte de sus fondos están en disputa precisamente por cómo llegaron ahí.
De modo que tenemos una institución cuya función es acreditar el origen de lo que muestra, publicando una imagen sin acreditar su origen. No es hipocresía y no lo llamaría así: es una asimetría, y creo que muy reveladora. Lo que se muestra dentro se somete a un estándar de procedencia altísimo. Lo que se publica fuera, en el canal por el que la institución habla al mundo, se rige por normas de marketing. Como si la comunicación fuera una zona exenta.
No es un caso aislado, y hay un dato que lo mide. En una encuesta a más de trescientos profesionales de galerías realizada en febrero de este año, el sesenta y uno por ciento respondió que ninguno de sus artistas usa inteligencia artificial en su práctica. El cincuenta y siete por ciento respondió que ellos la usan para redactar sus correos y sus comunicaciones. Léanse los dos números juntos. Casi las mismas instituciones que declaran que en su arte no hay IA la emplean para hablar de ese arte. No hay engaño en eso, y probablemente ninguna se lo ha planteado como una contradicción. Pero describe con precisión dónde ha entrado esta tecnología en el mundo del arte: no por la obra, por la voz.
El precedente que se suele citar es el de Christie’s, que en febrero de 2025 anunció la primera subasta compuesta enteramente por obra creada con IA. Más de tres mil personas firmaron una carta abierta pidiendo su cancelación, argumentando que los modelos empleados explotaban a artistas humanos usando su trabajo sin permiso ni pago. La subasta no se canceló y cerró en algo más de setecientos veintiocho mil dólares, una cifra modesta para lo que se anunciaba como acontecimiento histórico. Pero conviene ver la diferencia entre los dos casos, porque no es menor. Christie’s hizo algo discutible y lo hizo de frente, anunciándolo. El British Museum hizo algo menos discutible y no lo dijo. Y es el segundo el que erosiona la confianza, no el primero, porque lo que se descubre después pesa más que lo que se declara antes.
Este texto llega, además, en una fecha que ya no es casual. Desde hoy mismo, dos de agosto de 2026, están en vigor las obligaciones de transparencia del reglamento europeo de inteligencia artificial: determinados contenidos generados o manipulados deben ir etiquetados de forma clara y visible, y llevar marcas legibles por máquina. La pregunta sobre si conviene declararlo deja de ser una cuestión de estilo institucional y pasa a tener una respuesta jurídica. Y por debajo de la norma hay ya infraestructura para cumplirla: desde 2021 existe un estándar técnico de procedencia de contenido digital, promovido por una coalición que incluye a Adobe, la BBC, Microsoft e Intel, cuyas credenciales funcionan, según su propia descripción, como la etiqueta nutricional de un alimento. Registran qué se usó para hacer una imagen y qué se le hizo después. Es exactamente lo que un museo lleva siglos haciendo con los objetos, aplicado a los archivos.
Que el sector no lo haya adoptado dice algo. Hay recomendaciones —la red europea de museos pedía ya en 2024 mantener la integridad en el uso de IA y subrayaba la importancia de la confianza y la transparencia, y este año la UNESCO y el ICOM han lanzado una consulta global para preparar un informe conjunto—, pero no hay todavía guías de etiquetado, y no consta que ningún gran museo haya adoptado públicamente el estándar técnico que ya existe. Se está discutiendo el principio mientras la herramienta está disponible.
Termino con lo que de verdad me parece que está en juego, que no es la imagen de una chica ficticia mirando vitrinas. Un museo puede permitirse muchas cosas, pero hay una que no: que su público descubra que algo suyo no era lo que parecía. No porque haya mentido, sino porque su oficio entero consiste en que uno pueda fiarse de lo que le dicen sobre el origen de las cosas. Cada vez que una institución de ese tipo publica algo sin declarar de dónde viene, gasta un poco de lo único que no puede reponer. Declararlo no cuesta nada. Es una línea de texto al pie. Y en una institución que vive de la procedencia, esa línea no es un trámite: es coherencia con lo que se hace en las salas.
Sobre la conversación abierta
Este texto continúa mi interés por la autenticidad entendida como cadena documentada y no como propiedad del objeto, y lo lleva al terreno donde las instituciones culturales hablan de sí mismas. No sostengo que usar imágenes generadas sea ilegítimo: uso las mías y lo declaro en mi web. Sostengo que una institución cuya autoridad descansa en acreditar la procedencia no puede permitirse publicar sin acreditarla. Si alguien quiere intervenir desde la comunicación museística, la conservación, la ilustración profesional o el cumplimiento normativo, este cuaderno sigue abierto.
Fuentes
Artnet News, 2 de febrero de 2026, y ARTnews, 3 de febrero de 2026: cobertura del episodio del British Museum (publicación del 27 de enero de 2026, retirada el mismo día) y declaraciones del portavoz del museo.
The Art Newspaper, 10 de febrero de 2025: carta abierta con más de 3.000 firmas contra la subasta Augmented Intelligence de Christie’s (anunciada el 7 de febrero de 2025; celebrada del 20 de febrero al 5 de marzo de 2025; resultado publicado por Christie’s).
NEMO (Network of European Museum Organisations). Recomendaciones de política sobre inteligencia artificial y museos, 20 de marzo de 2024.
UNESCO e ICOM. Encuesta global sobre el uso de inteligencia artificial en museos, lanzada el 20 de mayo de 2026.
Comisión Europea. Obligaciones de transparencia del Reglamento de Inteligencia Artificial en vigor desde el 2 de agosto de 2026, y código de buenas prácticas sobre transparencia de contenido generado.
Coalition for Content Provenance and Authenticity (C2PA), constituida el 22 de febrero de 2021; Content Authenticity Initiative (Adobe, 2019).
Artsy. The Artsy AI Survey 2026, 18 de marzo de 2026 (más de 300 profesionales de galerías, encuestados en febrero de 2026).
