En 2015 el Museo del Prado montó una exposición pequeña y poco habitual. Se llamaba Hoy toca el Prado y consistía en seis cuadros de la colección reproducidos en relieve, con texturas y volúmenes de hasta seis milímetros, para que pudieran recorrerse con las manos: un Velázquez, un Goya, un Greco, un Correggio, un bodegón de Van der Hamen y la Gioconda del taller de Leonardo. Tres de ellos a tamaño real. Junto a cada uno, audioguía, braille y un recorrido guiado para las manos. Estuvo abierta nueve meses y después ha viajado por media España.
Los grandes museos tienen hoy programas parecidos. El Metropolitan ofrece visitas de descripción verbal y una colección específica que se puede tocar. El MoMA tiene un programa basado en descripción y conversación. El Louvre edita cuadernillos en braille que incluyen dimensiones y muestras de los materiales. Tate organiza visitas táctiles mensuales de tres obras. Es un campo consolidado, con estándares, guías profesionales y bastante investigación detrás.
Podría escribir sobre esto en clave de celebración, y sería un texto fácil y bastante inútil. Me interesa otra cosa: lo que este trabajo deja al descubierto sobre una pregunta que no es de accesibilidad, sino de fondo. Qué es exactamente percibir una obra. Porque llevamos siglos dando por hecho que es verla, y estos programas obligan a comprobar si eso es verdad.
La tentación evidente es pensar que el relieve traduce: que si la pintura se convierte en volumen, la mano recibe lo que el ojo recibiría. Y es justamente ahí donde la investigación y los testimonios coinciden en decir que no. Georgina Kleege, que es escritora, profesora universitaria y ciega, escribió en una publicación de Tate algo que conviene citar porque viene de quien tiene la experiencia y no de quien la supone: que muchas visitas táctiles fallan precisamente porque asumen una analogía perfecta entre el tacto de una persona ciega y la vista de una persona vidente, como si poner la mano sobre una superficie generara automáticamente una imagen mental. Y añade algo que incomoda más: que esas visitas a menudo hacen sentir a los participantes apresurados, expuestos, inseguros sobre qué se supone que deben sacar de ahí.
La investigación empírica va en la misma dirección, sin dramatismo. Identificar un dibujo de líneas en relieve resulta difícil, con tasas de acierto bajas y tiempos largos, porque el tacto recoge la información de forma secuencial y fragmentaria: no hay un golpe de vista táctil, hay un recorrido que después debe integrarse. Las cosas mejoran mucho con textura en vez de línea, con contexto verbal previo, con práctica. Y hay estudios que sugieren que a veces un recorte comunica mejor una forma que un relieve, lo cual desmonta la intuición de que basta con levantar el dibujo del plano.
Fíjate en lo que esto significa, porque no es lo que parece. No dice que el tacto sea un sustituto pobre de la vista. Dice que el tacto no es una vista de repuesto: es otra forma de acceso, con sus propias condiciones, y que evaluarla por su parecido con la visión es medirla con una vara que no le corresponde. El error no está en las manos. Está en el supuesto de que la única manera legítima de recibir una obra es la que tenemos la mayoría.
Y una vez retirado ese supuesto, aparece lo interesante. Un estudio reciente entrevistó a veintiuna personas con ceguera adquirida mientras exploraban con las manos una superficie de Castellani, y documentó cómo, después de una dificultad inicial para interpretar el estímulo, aparecían imaginación, recuerdos personales, construcción de sentido. Eso no es reconocimiento de una figura; es experiencia estética, del mismo tipo que cualquiera describiría ante una obra que le llega. No hubo traducción de la imagen. Hubo encuentro con una superficie, que es lo que en el fondo hay siempre.
La audiodescripción muestra la misma tensión desde el otro lado. Las buenas prácticas piden describir lo perceptible y no interpretar: no decir que la mujer está triste, sino que lee una carta, la deja caer y se cubre la cara. La regla es sensata, porque interpretar por otro es robarle la obra. Pero en un museo la línea es imposible de mantener del todo: elegir qué se describe primero, qué se menciona y qué se omite, ya es una lectura. No hay descripción neutra, igual que no hay iluminación neutra. Lo que las guías piden, bien entendido, no es la imposible objetividad, sino no cerrar la obra: dar material suficiente para que el otro interprete, y no entregarle la interpretación hecha.
Y ahí es donde este asunto deja de ser un asunto de accesibilidad y pasa a ser un asunto de todos. Porque exactamente lo mismo se le puede reprochar a una cartela ante un cuadro, a un audioguía en el oído de un visitante vidente, a un crítico que explica una obra antes de que uno haya tenido tiempo de mirarla. También ahí el riesgo es sustituir el encuentro por su versión ya digerida. La accesibilidad no plantea un problema aparte: plantea, con más nitidez porque no puede disimularlo, el problema de siempre.
Me quedo con lo que la accesibilidad enseña sin proponérselo. Que no hay un canal privilegiado que entregue la obra entera, ni siquiera el nuestro. Que ver un cuadro es también un acceso parcial, condicionado por la luz, la distancia, el cansancio, lo que sabemos y lo que esperamos. Y que preguntar qué se pierde cuando una pintura se recorre con las manos obliga a preguntar, inmediatamente después, qué se pierde cuando se recorre con los ojos, que es una pregunta que casi nunca nos hacemos porque damos por hecho que ahí no falta nada.
Sobre la conversación abierta
Este texto no habla en nombre de nadie: se apoya en programas documentados, en investigación revisada por pares y en testimonios publicados de personas ciegas, y su pregunta no es cómo perciben otros, sino qué revela la accesibilidad sobre lo que significa percibir una obra. Es una cuestión que vengo trabajando desde otro flanco, el de si la percepción humana es la vara con la que medir cualquier otro modo de acceso. Si alguien quiere intervenir desde la accesibilidad museística, la audiodescripción, la investigación en percepción háptica o la experiencia propia como visitante, este cuaderno sigue abierto, y en este caso con más motivo.
Fuentes
Museo Nacional del Prado. Hoy toca el Prado (20 de enero – 18 de octubre de 2015). Reproducciones en relieve mediante técnica Didú (Estudios Durero).
The Metropolitan Museum of Art, MoMA (Art inSight), Smithsonian American Art Museum (America InSight), Musée du Louvre y Tate: programas para visitantes ciegos y con baja visión.
Kleege, Georgina. Tate Etc., 8 de septiembre de 2022.
Vinter, A., Orlandi, O. y Morgan, P. “Identification of Textured Tactile Pictures in Visually Impaired and Blindfolded Sighted Children”. Frontiers in Psychology, 2020.
Kalia, A. et al. Multisensory Research, 2014 (relieves frente a recortes en la comunicación de la forma).
Uboldi, S. et al. (2025). Estudio sobre experiencia estética táctil con personas con ceguera adquirida ante obra de Enrico Castellani.
Li, F. et al. Proceedings of CHI 2023 (entrevistas y encuesta sobre acceso a arte visual).
ADLAB (2011-2014); VocalEyes; American Council of the Blind, Audio Description Guidelines and Best Practices (v3.1, 2010).
