Acabo de cerrar una serie de nueve textos sobre arte y sociedad. Los escribí a lo largo de semanas, cada uno sobre un asunto distinto —el impacto, la buena conciencia, el patrimonio, el trabajo, el territorio, la financiación, el acceso, el reconocimiento, lo digital—, pero al mirarlos juntos veo que hacían todos el mismo gesto, y quiero nombrarlo antes de pasar página.
El gesto es este: tomar una historia que el mundo cultural se cuenta sobre sí mismo con orgullo, y mirar qué hay debajo cuando se aparta la retórica. Que la cultura transforma vidas. Que la buena intención hace buena una obra. Que conservamos lo que merece conservarse. Que trabajar por amor compensa. Que llevar arte a un barrio siempre lo mejora. Que quien nos financia no nos condiciona. Que abrimos las puertas a todos. Que el talento acaba reconocido. Que lo digital democratiza. Nueve certezas cómodas, y debajo de cada una, algo más incómodo y más verdadero.
Lo que aparecía casi siempre, al levantar la alfombra, era lo mismo: que lo decisivo rara vez es la buena voluntad individual, sino la estructura —el dinero, el poder, la clase, la infraestructura— que decide qué se ve, qué se conserva, qué se paga y quién se siente invitado. Y que el sector, cuando promete más de lo que puede cumplir, no se protege: se deja expuesto. Sobreprometer es la forma más elegante de acabar recortado.
Quiero ser claro sobre desde dónde escribo, porque cambia el sentido de todo. No es una denuncia desde fuera. Presido una fundación que depende de financiación, que activa territorios, que hace mediación; trabajo, además, en construirme una posición reconocible en este campo. Uso los mismos mecanismos que examino. La crítica es doméstica: no señalo un sector ajeno, hablo de la casa en la que vivo. Y se critica lo que se quiere. Nadie dedica nueve textos a desmontar las coartadas de algo que le da igual.
Por eso ninguno de los nueve termina en el desánimo, y este tampoco. Reconocer el límite no debilita el valor de la cultura: es lo único que lo vuelve creíble. El arte no necesita disfrazarse de política social, ni de motor económico, ni de máquina de inclusión, para valer. Vale por lo que sabe hacer y casi nada más hace igual: abrir una grieta en lo que a alguien le parecía posible. Eso no se mide en asistentes ni en titulares, y no hace falta inflarlo. Solo hay que dejar de pedirle que sea lo que no es, para poder verlo por lo que sí es.
Queda, como hilo para lo que venga, una pregunta que estos nueve textos me han ido afinando y que me parece la buena para plantarse ante cualquier proyecto cultural. No cuánto vale, ni cuánta gente vino, ni qué transformó. Sino: qué se reorganiza aquí que no se reorganizaría de otro modo. Esa pregunta es más modesta y más exigente que todas las promesas que solemos hacer. Y es, creo, la única honesta.
He reunido los nueve textos en una página, por si alguien quiere recorrerlos como lo que son: no nueve ocurrencias, sino una sola investigación en voz alta.
