En agosto de 2025, El mago de Oz de 1939 se proyectó en la pantalla envolvente del Sphere de Las Vegas, ampliada y transformada con inteligencia artificial. Para llenar una pantalla gigante hubo que hacer tres cosas distintas, aunque se anunciaran juntas bajo la misma etiqueta. Una fue subir la resolución de la imagen original: eso es restaurar. Otra, extender los decorados más allá del encuadre que la cámara filmó en 1939, apoyándose en materiales de archivo: eso ya es reconstruir. Y la tercera, generar actuaciones de personajes que estaban en la escena pero que la cámara no llegó a captar: eso es inventar. Tres operaciones muy diferentes, y una sola palabra para todas: “restauración”.
Esa confusión de palabras es lo que quiero desmontar, porque no es inocente. La inteligencia artificial permite hoy intervenir sobre obras del pasado con una verosimilitud que antes no existía, y el lenguaje con que se presentan esas intervenciones tiende a igualarlas todas bajo un término tranquilizador. Restaurar suena a rescate, a cuidado, a devolver algo a la vida. Pero entre recuperar lo que existió y fabricar lo que nunca existió hay un abismo, y la máquina no lo borra: lo que lo borra es cómo se cuenta.
Ordenemos las operaciones, que van de menos a más conjetura. Restaurar es estabilizar, limpiar o reintegrar una pérdida de algo cuya existencia previa se puede justificar. Reconstruir es formular una hipótesis apoyada en documentos, copias o bocetos. Completar es continuar donde el autor dejó la obra a medias. E inventar en estilo es generar contenido sin prueba de que ese contenido existiera o de que el autor lo hubiera querido. La IA puede intervenir en las cuatro. El problema empieza cuando la cuarta se disfraza con el nombre de la primera.
Un ejemplo del extremo honesto lo dio en 2025 un investigador del MIT: aplicó a un óleo dañado del siglo XV una finísima película impresa que reintegra visualmente las zonas perdidas, calculada por ordenador. Lo decisivo no es la tecnología, sino dos condiciones que cumplió: la película es separable, se puede retirar sin tocar el original, y queda un registro digital exacto de qué se añadió. Reversibilidad y documentación. Dentro de un siglo, quien vuelva a la obra sabrá con precisión qué es de la mano del pintor y qué del restaurador. Eso es intervenir con las cartas boca arriba.
El extremo contrario lo ocupan los casos en que la máquina hace hablar a los muertos. Un museo dedicado a Dalí permite desde 2024 preguntarle cosas a una recreación del pintor, que responde con su voz sintetizada frases que Dalí nunca pronunció. Una empresa ha licenciado las voces de Judy Garland o Laurence Olivier para que lean, ya fallecidos, textos que nunca leyeron. En el Oz del Sphere, intérpretes muertos “actúan” planos que nunca rodaron. En todos estos casos hay, a menudo, autorización de un museo o de unos herederos. Lo que no puede haber, y es lo que se calla, es el consentimiento de quien ya no está. Los herederos pueden ceder un derecho; no pueden prestar una voluntad. Y una voz que dice lo que su dueño nunca dijo no es un archivo: es una ventriloquia con buena factura.
Hay un caso que aclara la diferencia mejor que ningún argumento. En 2023, un usuario de una red social tomó Unfinished Painting, de Keith Haring, y la “completó” con IA. Haring la había dejado deliberadamente a medias en 1989, con una gran zona vacía, como imagen de las vidas que el sida truncaba, la suya entre ellas. Rellenar ese vacío no es terminar una obra: es borrar su sentido, que residía precisamente en lo que faltaba. No hubo museo ni fundación detrás, fue un gesto particular, pero por eso mismo muestra desnuda la operación: la máquina puede producir lo que falta, y a veces lo que falta era la obra.
Nada de esto nace con la inteligencia artificial. Cuando Mozart murió dejando el Réquiem sin terminar, su viuda encargó a Süssmayr completarlo, y esa versión se volvió la habitual, aunque hoy conviva con otras: completar no recuperó un único original, estableció una versión discutible. Cuando Puccini murió sin acabar Turandot, otro compositor escribió el final. Y en el estreno, en 1926, Toscanini hizo algo que sigue siendo la respuesta más honesta a todo este asunto: dirigió hasta el último compás que había escrito Puccini, dejó la batuta y detuvo la función ahí, para que el público supiera exactamente dónde terminaba el autor y dónde empezaba otra mano. No escondió la costura. La señaló.
Ese gesto de Toscanini es el criterio que la IA vuelve urgente. No se trata de prohibirle a la máquina que restaure, reconstruya o incluso imagine: se trata de no llamar a las cuatro cosas con el mismo nombre. Cada intervención debería decir de qué mano viene cada parte, como la película reversible del MIT y como la batuta detenida de Toscanini. Lo contrario, presentar la invención con la voz y el rostro del autor y llamarlo restaurar, no devuelve nada al pasado: fabrica un pasado nuevo y nos pide que lo confundamos con el que hubo. El problema no es que la máquina complete lo que falta. Es que aprendamos a no notar la diferencia.
Sobre la conversación abierta
Este texto no está contra el uso de la inteligencia artificial en la conservación, que puede ser valioso y reversible, sino contra el lenguaje que reúne bajo la palabra “restaurar” operaciones que van de recuperar lo que existió a inventar lo que nunca existió. El criterio que propongo no mira el medio, sino la honestidad sobre qué se hace y de qué mano viene cada parte. Doy por ciertos los casos verificados y distingo lo documentado de lo que no consta, sobre todo en materia de consentimiento y derechos. Si alguien quiere intervenir desde la conservación y restauración, la museología, la historia del cine o de la música o la práctica artística, este cuaderno sigue abierto.
Fuentes
The Wizard of Oz at Sphere (Las Vegas, 28 de agosto de 2025), Sphere Studios con Google Cloud/DeepMind, Magnopus y Warner Bros. Discovery: superresolución, outpainting y performance generation.
Now and Then, The Beatles (2 de noviembre de 2023): separación de fuentes por IA para aislar la voz de John Lennon de una maqueta; declaraciones de Giles Martin.
Ask Dalí, The Dalí Museum (2024); voces sintéticas licenciadas por ElevenLabs (2024): representaciones generativas póstumas.
Alex Kachkine (MIT), máscara de restauración reversible impresa, publicada en Nature (junio de 2025).
Intervención no institucional sobre Unfinished Painting de Keith Haring (redes sociales, 2023), como contraejemplo.
Doctrina de conservación: Carta de Venecia (ICOMOS, 1964), art. 9 y 12; ICOM-CC, Terminology for Conservation (Nueva Delhi, 2008); AIC, Code of Ethics. Precedentes: Réquiem de Mozart (Süssmayr, 1792) y Turandot de Puccini (Alfano; estreno dirigido por Toscanini, La Scala, 25 de abril de 1926).
