Sobre una defensa del arte que en realidad defiende otras dos cosas
Una columna reciente en El País, firmada por Jordi Labanda, se titula “Contra el arte automático” y resume su tesis en una línea: un algoritmo no pinta porque no soporta existir, ni existe porque tenga miedo a la muerte, ni compone porque alguien le rompió el corazón un verano. Es una frase bien hecha, y por eso merece tomarse en serio: porque condensa, con eficacia retórica, dos confusiones que conviene separar. No respondo al autor, cuya posición es legítima y comprensible. Respondo al argumento, porque el argumento dice más de lo que pretende.
La columna se presenta como una defensa del arte frente a la automatización. Sostengo que defiende, en realidad, otras dos cosas distintas: el mercado del arte y una teoría romántica del arte. Ninguna de las dos es el arte. Y mezclarlas —deslizarse de una a otra sin avisar— es lo que da a la columna su fuerza aparente y su debilidad real.
1. El primer deslizamiento: del arte al mercado del arte
Cuando se defiende “el arte” frente a la máquina, conviene preguntar de qué se habla exactamente. Buena parte de la inquietud ante el arte generativo no es por el arte: es por el mercado del arte y por el mercado del diseño. Son cosas distintas, sometidas a reglas distintas.
El mercado del arte se rige por las reglas del mercado —escasez, especulación, narrativa de precio, concentración en una élite—. Lo desarrollé en otro texto de este cuaderno: el mercado del arte de gama alta opera hoy bajo lógica financiera, y esa lógica maltrata a la inmensa mayoría de los artistas, salvo a una pequeña minoría privilegiada. El diseño gráfico se rige por reglas aún más explícitamente comerciales: las del marketing, ni siquiera las del mercado del arte. Cuando la máquina amenaza ese terreno, lo que se defiende es un puesto en una cadena de valor, no una ontología.
Y aquí está lo importante: esa defensa es legítima. Que la automatización precarice a ilustradores, diseñadores y artistas que vivían de un oficio es un problema real, grave, y merece respuesta —sindical, legal, regulatoria—. Pero es un problema de trabajo y de mercado, no de arte. Confundirlos tiene una consecuencia: usa la dignidad de la palabra “arte” para blindar una posición de mercado. La emoción que despierta defender “el arte frente a la máquina” se transfiere, sin que lo notemos, a la defensa de un sector económico. Es un movimiento retórico eficaz y conceptualmente tramposo. El mercado maltrata a los artistas; usar ese maltrato real para definir qué es el arte es usar una verdad para sostener un error.
2. El segundo deslizamiento: del arte a la interioridad del autor
El otro deslizamiento es más profundo, y es el que late en la frase del corazón roto.
La columna define el arte por el sufrimiento del autor: se pinta porque no se soporta existir, se compone porque alguien rompió el corazón. Es una definición expresiva del arte —el arte como descarga de una interioridad humana— y tiene una larga tradición romántica detrás. Pero es una posición, no una obviedad. Y es discutible.
El problema no es que la emoción humana sea irrelevante para el arte. Lo es, e intensamente, en la modalidad de arte que ha dominado la historia. El problema es confundir la modalidad históricamente dominante con la condición necesaria. Que mucho arte humano haya nacido del dolor no significa que el dolor sea lo que hace que algo sea arte. Hay arte sin sufrimiento —decorativo, conceptual, constructivo, lúdico—, y hay sufrimiento sin arte —la inmensa mayoría del dolor humano no produce nada—. La correlación no es la definición.
Cuando se define el arte por la interioridad del autor, ocurre algo curioso: la pregunta por la máquina queda decidida de antemano y por tautología. “La máquina no sufre, luego no hace arte.” Pero eso no es un argumento: es la conclusión metida en la premisa. Si defines el arte como expresión del sufrimiento, por supuesto que lo que no sufre no hace arte. Has ganado el debate definiendo las palabras a tu favor. Y has dejado sin examinar la pregunta interesante: ¿es el sufrimiento del autor lo que constituye el arte, o es solo la vía por la que los humanos hemos llegado a él?
3. Lo que el arte es, si no es ninguna de las dos cosas
Vengo sosteniendo, en mi trabajo, que el arte no se define ni por el mercado que lo cotiza ni por la interioridad de quien lo hace. No es el precio que alcanza ni el dolor del que nace. Es otra cosa: un acontecimiento que reorganiza un campo de posibilidades sin quedar absorbido por la función de la que surge. Lo llamo excedente estructural, y lo he desarrollado en otro lugar.
Desde ahí, la columna se lee con nitidez. Sus dos deslizamientos son, en el fondo, el mismo error con dos caras: anclar el arte en algo que no es el acontecimiento artístico. El mercado lo ancla en el precio; el romanticismo lo ancla en el sufrimiento del sujeto. Ambos pierden lo mismo: que el arte ocurre, o no ocurre, con independencia de quién lo firme y de cuánto se pague por él. Una obra puede nacer del corazón roto y no producir excedente alguno —ser pura descarga sentimental sin reorganizar nada—. Y una configuración puede producir excedente sin que detrás haya una biografía dolorida.
Por eso la pregunta por el arte generativo no se zanja diciendo “la máquina no sufre”, igual que no se zanja diciendo “la máquina no vende”. Las dos respuestas cambian de tema. La pregunta seria es si en un proceso —humano, maquínico o mixto— se produce esa reorganización que desborda la función, o si todo queda absorbido por ella: por el encargo, por el efecto, por el mercado, por el desahogo. Esa pregunta no la responde ni la biografía del autor ni su factura. La responde el acontecimiento.
No escribo esto contra quien teme por su oficio. Ese temor es legítimo y la precariedad que lo alimenta es real. Escribo contra la confusión que convierte un problema de mercado y una preferencia estética romántica en una definición del arte, y que blinda ambas con la palabra que más respeto impone. Defender a los artistas del maltrato del mercado es necesario. Pero no se defiende al arte definiéndolo por lo que el mercado paga o por lo que el autor sufre. El arte es lo que ocurre cuando algo, viniera de donde viniera, reorganiza lo que creíamos posible. Eso no lo cotiza el mercado ni lo garantiza el corazón roto.
Este cuaderno queda abierto, como siempre, a quien quiera discutirlo.
Fuentes
Labanda, J. (10 de junio de 2026). Contra el arte automático. El País, ICON Design. https://elpais.com/icon-design/2026-06-10/contra-el-arte-automatico.html
Esteban Ruiz, J. A. El arte como activo. Cuaderno público en juanesteban.art, 2026. (Sobre la financiarización del mercado del arte y el maltrato estructural a los artistas.)
Esteban Ruiz, J. A. Art as Structural Surplus: Toward a Relational Ontology Beyond Human Authorship. PhilArchive y Zenodo, 2026. (Sobre el arte como excedente, frente a las definiciones expresivas y de mercado.)
