Ilustración minimalista en tonos papiro cálido y grafito, vista en perspectiva oblicua. Un surco espiral poligonal abstracto, que evoca un disco cortado sin representar un vinilo ni un gramófono realistas, recorre la parte baja de la escena. De él se alza una secuencia de marcas verticales poligonales de distinta altura, alineadas como alturas sonoras dispuestas en el tiempo. Detrás y por encima, apenas visible, se insinúa una tenue retícula poligonal de posiciones válidas: las alturas que en realidad eran posibles. Todas las marcas quedan sistemáticamente por debajo de su posición correspondiente en la retícula, desplazadas por igual, y una o dos caen fuera de cualquier posición válida, delatando el error. La tenue retícula de lo posible es lo que revela qué alteró la grabación. No hay discos realistas, gramófonos ni notación musical. La escena se aleja hacia un punto de fuga bajo.

Cuaderno público

La máquina no está de humor

En otoño de 1951 una unidad de exteriores de la BBC entró en el laboratorio de computación de la Universidad de Mánchester con un cortador portátil de discos y grabó algo que nadie había registrado antes: un ordenador tocando música. La máquina era el Ferranti Mark 1, al que Alan Turing llamaba Mark II, un armario de válvulas que llenaba una sala. Tocó tres piezas: el himno británico, Baa Baa Black Sheep y In the Mood, la canción de Glenn Miller. Las dos últimas salieron mal. La segunda quedó en un intento a medias, y durante la tercera el ordenador se colgó. En el acetato se oye entonces la voz de la presentadora, que resuelve el fallo con una frase perfecta: la máquina, obviamente, no está de humor.

Ese disco es la grabación conocida más antigua de música hecha por un ordenador. No la primera música de ordenador, que se produjo antes en ese mismo laboratorio y también en Australia, pero sí la más antigua que se conserva grabada. Y durante décadas se escuchó como se había conservado, con sus tonos, sus interrupciones, la voz de la locutora y el zumbido metálico de las notas. Hasta que dos investigadores, Jack Copeland y Jason Long, se pusieron a analizarla y descubrieron que lo que estábamos oyendo no era lo que había sonado en la sala.

El hallazgo tiene una elegancia que merece explicarse. El Ferranti Mark 1 no podía producir cualquier nota. Su altavoz emitía un chasquido cada vez que la máquina ejecutaba una instrucción determinada, y repitiendo esos chasquidos a un ritmo constante se obtenía un tono. Pero el ritmo dependía del reloj del ordenador, así que solo podía generar un puñado de frecuencias concretas, las que resultaban de sus ciclos. No podía afinar. Cuando intentaba tocar un sol de 196 hercios, lo más cerca que llegaba era 198,41. La máquina tocaba desafinada por construcción, y esa desafinación era calculable: bastaba leer el manual de Turing y hacer las cuentas.

Copeland y Long hicieron esas cuentas y luego midieron las frecuencias del disco. Y ahí apareció el problema: muchas de las notas grabadas no coincidían con ninguna de las que el ordenador podía producir. No es que estuvieran desafinadas respecto a la escala musical, es que eran imposibles, frecuencias que aquella máquina no era capaz de generar de ninguna manera. Algo, entre el laboratorio y el disco, había desplazado todo el sonido.

La explicación más probable, y así la presentan ellos, con cautela, es que el plato del cortador portátil girase demasiado rápido mientras se grababa el acetato. Al cortar el surco a exceso de velocidad, las ondas quedaron estiradas a lo largo del disco. Después, al reproducirlo a la velocidad estándar de setenta y ocho revoluciones, la aguja recorría esas ondas más despacio de lo que se habían grabado, y todo sonaba más lento y más grave de lo que había sonado en realidad. Un fallo mecánico mínimo, un motor un poco acelerado durante unos minutos de 1951, y sesenta y cinco años de gente escuchando notas que la máquina nunca tocó.

Lo notable es cómo pudieron corregirlo. No lo hicieron de oído, ni afinando hasta que sonara bien. Lo hicieron al revés: como sabían exactamente qué frecuencias podía producir el ordenador y cuáles no, buscaron el factor de velocidad que devolvía todas las notas grabadas al conjunto de las posibles. Cuando aceleraron la reproducción en esa proporción exacta, las frecuencias imposibles desaparecieron y todas encajaron en las que la máquina sí podía dar. Después filtraron el ruido ajeno y corrigieron con software una oscilación de velocidad que el propio corte del disco había introducido. La limitación técnica del ordenador, su incapacidad para afinar, fue lo que permitió reconstruirlo: porque solo podía tocar unas pocas notas, las notas que no podía tocar delataron el error.

Los investigadores hablan del sonido verdadero de la máquina, y se entiende el entusiasmo, pero lo que hay es una restauración técnicamente fundada, no una prueba de identidad acústica. No existe otra grabación de referencia, ni una señal de calibración registrada aquella tarde, ni una medición de la velocidad real del cortador. Lo que tenemos es la mejor reconstrucción posible de cómo debió sonar, apoyada en un cálculo sólido y no en una intuición. Es mucho, y es honesto decir que es eso y no más.

Me quedo con la paradoja del soporte. Ese disco de acetato hizo su trabajo: guardó la ejecución, el orden de las notas, las interrupciones, el fallo del ordenador, la voz de la mujer bromeando. Nada de eso se perdió. Lo que no guardó bien fue la altura de los sonidos, precisamente lo que uno creería más fácil de conservar en una grabación. Durante décadas tuvimos delante un documento fiel en casi todo y desplazado en lo esencial, y nadie lo notó, porque no había con qué comparar. Solo cuando alguien calculó lo que aquella máquina podía y no podía hacer, el propio registro confesó su error. Los soportes no mienten del todo ni dicen del todo la verdad: conservan unas cosas y deforman otras, y averiguar cuáles requiere saber algo que el soporte no contiene.

Sobre la conversación abierta

Este texto parte de un caso verificado, la grabación que la BBC hizo en 1951 del ordenador de Mánchester tocando música y su restauración por Jack Copeland y Jason Long, para pensar qué conserva y qué deforma un registro. Distingo los hechos (el disco, las frecuencias imposibles, el método de corrección) de lo que es probable (la causa del desplazamiento, que los propios investigadores presentan con cautela) y de lo que sería excesivo (afirmar que hoy oímos exactamente lo que sonó en la sala). Aclaro también que la grabación no se descubrió en 2016, ya se conservaba: lo que se hizo entonces fue restaurarla. Es el segundo texto de este cuaderno sobre el sonido. Si alguien quiere intervenir desde la música electrónica, la historia de la computación o la conservación sonora, este cuaderno sigue abierto.

Fuentes

B. Jack Copeland y Jason Long, «Turing and the History of Computer Music» (Springer, 2017; versión corregida y en acceso abierto, 2021), autores del análisis y la restauración.

British Library, «Restoring the first recording of computer music» (publicado originalmente en septiembre de 2018), con el audio restaurado; copia de preservación digital utilizada, ref. H3942.

Universidad de Mánchester, «First digital music made in Manchester», sobre la sesión y la procedencia del acetato (copia cortada para el ingeniero Frank Cooper, luego Computer Conservation Society y National Sound Archive).

La restauración se difundió públicamente en septiembre de 2016. La grabación ya era conocida: BBC News publicó sobre ella el 17 de junio de 2008.

Precisiones: la máquina era el Ferranti Mark 1 (Turing la llamaba Manchester Electronic Computer Mark II); Turing explicó en su manual cómo producir notas con la instrucción del altavoz, pero no programó las melodías; Christopher Strachey programó la primera ejecución documentada del himno, y la autoría de las tres rutinas grabadas no está resuelta.


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