En septiembre de 2019, la violonchelista Zoë Keating publicó sus cifras. Doscientas seis mil once reproducciones en Spotify aquel mes. Setecientos cincuenta y tres dólares. Un año antes había reunido dos millones de reproducciones de doscientos cuarenta y un mil oyentes en sesenta y cinco países, y aquello le dejó doce mil doscientos treinta y un dólares.
Lo primero que pensamos al leer esos números es que alguien se está quedando el resto por el camino. La respuesta habitual señala al sello discográfico, y en muchos casos es cierta. Aquí no: Keating es independiente y percibe el cien por cien de sus royalties de grabación por su vía de distribución. No hay sello que se lleve un porcentaje. Los setecientos cincuenta y tres dólares son lo que produce el sistema cuando no hay nadie en medio.
Para entender de dónde sale esa cifra hay que abandonar una idea que casi todos tenemos y que es falsa: la de que existe un precio por escucha. No existe. Spotify lo dice en sus propios materiales para artistas, y merece citarse porque contradice lo que se repite en todas las conversaciones sobre el asunto: paga royalties según la cuota que un artista representa sobre el total de reproducciones de la plataforma, no según una tarifa fija por reproducción. Y en su documentación de soporte lo formula de manera aún más directa: en contra de lo que uno pueda haber oído, no paga por reproducción.
Lo que hay, en su lugar, es un fondo común. La plataforma recauda de suscripciones y publicidad, aparta una porción para derechos —Spotify afirma que en torno a dos tercios de sus ingresos musicales— y reparte esa bolsa proporcionalmente según qué porcentaje del total de escuchas ha recibido cada catálogo. Nadie tiene precio. Todos tienen porcentaje.
Ese diseño explica lo que ninguna denuncia de codicia explica bien. Si el pago es una fracción de una bolsa, entonces lo que cada artista recibe depende de dos cosas que no controla: cuánto ingresa la plataforma en total y cuántos más están dividiendo esa bolsa con él. Y las dos han ido en la misma dirección. La autoridad británica de competencia documentó que el número de creadores publicando música se dobló entre 2014 y 2020, de doscientos mil a cuatrocientos mil. Al mismo tiempo, el consumo se concentró de una manera difícil de exagerar: en 2020, más del sesenta por ciento de las reproducciones correspondió a música grabada por el cero coma cuatro por ciento superior de los artistas.
Júntese lo uno con lo otro. La bolsa se divide entre el doble de participantes, y seis de cada diez escuchas se van a cuatro de cada mil artistas. Lo que queda para el resto no es poco porque alguien lo haya decidido: es poco porque es lo que sobra después de una división así. La misma autoridad, y esto es importante, concluyó que estas cifras no derivaban principalmente de un fallo de competencia, sino de rasgos estructurales del propio streaming: más artistas publicando, abundancia de catálogo, competencia por la atención y concentración del consumo.
Un dato de la misma fuente da la medida de lo que eso significa para quien vive de esto. Doce millones de reproducciones al año podían generar alrededor de doce mil libras, y menos del uno por ciento de los artistas alcanzaba ese volumen. Léase con calma la segunda mitad de la frase. Doce mil libras al año no es un sueldo; es un complemento. Y ni siquiera ese complemento está al alcance de noventa y nueve de cada cien.
Ahora, la parte que suele quedarse fuera de estas discusiones, y que debo poner porque desmonta la versión simple. Si Spotify destina dos tercios de sus ingresos musicales a derechos, el dinero sale de la plataforma. La pregunta no es solo cuánto se paga, sino qué recorrido hace lo pagado. La evidencia que un músico independiente, Gordon Robertson, presentó por escrito al Parlamento británico lo describe con una precisión que ningún informe alcanza: doscientas treinta y nueve mil reproducciones acumuladas desde 2017, setecientos diecisiete dólares generados, tres mil libras de coste de grabación de las cuatro canciones que los produjeron, y un veinte por ciento para su oficina de management antes de que él cobre lo que reste.
Ahí está el cuadro completo: una bolsa que se reparte por cuota, un consumo concentradísimo, y una cadena de descuentos entre el reparto y el bolsillo. Cada eslabón es defendible por separado. El resultado agregado es que un artista con doscientas mil escuchas mensuales cobra el precio de una cena.
El lado de la composición es todavía más crudo, y hay que decir que es un plano distinto, porque los royalties de autor y los de grabación no son lo mismo. Damon Krukowski publicó las cifras de una canción de Galaxie 500: sonó siete mil ochocientas veces en Pandora en un trimestre y sus tres autores cobraron veintiún centavos en total, siete cada uno. En Spotify, cinco mil novecientas sesenta reproducciones les dieron un dólar con cinco, treinta y cinco centavos por cabeza.
Los ratios medios que se estiman a posteriori confirman el orden de magnitud, con la advertencia de que son cálculos hechos después y no tarifas. Un estudio independiente de 2024 sobre artistas independientes situó la media global en tres dólares con cuarenta y uno por cada mil reproducciones, con Spotify entre las más bajas, alrededor de tres dólares, y Amazon Music cerca de nueve. Apple, por su parte, comunicó a los artistas en 2021 que su promedio por reproducción en 2020 había sido de un centavo, incluidos los royalties de sello y editorial, y aclarando que también ellos reparten por cuota.
No quiero que esto se lea como una nostalgia del disco, porque sería falso. El streaming resolvió problemas reales y grandes. Acabó con la necesidad de un intermediario para llegar a ser escuchado, hizo accesible casi todo el catálogo grabado de la historia por el precio de dos cafés al mes, y permitió que doscientos mil creadores más publicaran su música en seis años. Nada de eso es menor y no voy a fingir que lo sea. Lo que no hizo fue sustituir el ingreso que la distribución antigua llevaba dentro. Distribuir dejó de ser un problema y no fue reemplazado por nada que sostenga a quien produce.
La respuesta institucional, hasta ahora, ha sido tibia. En el Reino Unido hay un código voluntario de transparencia acordado por una docena de organismos del sector y un ejercicio de modelización sobre remuneración equitativa que no llegó a recomendación legislativa. En Europa, el Parlamento aprobó a comienzos de 2024 una resolución no vinculante que pide a la Comisión explorar modelos más justos de reasignación de ingresos. Un proyecto de ley británico sobre remuneración de los músicos no llegó a ser ley. Nada de eso obliga a nadie a nada.
Y aquí está lo que me parece más difícil de este asunto, más que la cifra de Keating. No hay villano. La autoridad de competencia lo dijo con claridad: no es principalmente un problema de competencia, es cómo funciona el mecanismo. Sería mucho más fácil si alguien estuviera robando, porque entonces bastaría con impedírselo. Lo que ocurre es que un sistema diseñado para repartir atención está repartiendo atención muy bien, y nunca estuvo diseñado para sostener a nadie. Confundir esas dos funciones ha durado quince años. Corregirlo exige rediseñar el reparto, no denunciar a un culpable, y eso es bastante más lento y bastante menos satisfactorio.
Sobre la conversación abierta
Este texto se cruza con una línea que trabajo en este cuaderno: la de que las condiciones materiales del trabajo creativo se deciden en el diseño de las infraestructuras y no en la conducta de sus usuarios. El streaming musical es un caso especialmente claro, porque su mecanismo de pago no tiene precio unitario, sino reparto proporcional, y ese detalle técnico explica más que cualquier acusación de codicia. Si alguien quiere intervenir desde la música, la gestión de derechos, la economía de plataformas o la experiencia de publicar y cobrar por ello, este cuaderno sigue abierto.
Fuentes
Competition and Markets Authority. Music and streaming market study: final report, resumen ejecutivo, 29 de noviembre de 2022 (concentración del consumo, número de creadores y estimación de ingresos por volumen de reproducciones).
Spotify for Artists. Royalties Guide y documentación de soporte (reparto por cuota de reproducciones; porcentaje de ingresos destinado a derechos).
Carta de Apple a los artistas, abril de 2021, reproducida por Digital Music News (promedio por reproducción en 2020 y modelo de reparto por cuota).
Duetti. Music Economics Report 2024, 23 de enero de 2025 (ratios medios estimados por mil reproducciones para artistas independientes).
Music Ally, 22 de noviembre de 2019, y The Ringer, 16 de enero de 2019 (cifras publicadas por Zoë Keating).
Damon Krukowski, cifras de royalties de composición de Galaxie 500.
Gordon Robertson, evidencia escrita al Economics of Music Streaming Inquiry, Parlamento del Reino Unido.
Intellectual Property Office (Reino Unido). Código voluntario de transparencia en el streaming musical, 31 de enero de 2024; estudio sobre remuneración equitativa, 19 de febrero de 2024.
Parlamento Europeo. Resolución sobre streaming musical, 17 de enero de 2024.
