Moriste en noche de Halloween. Mientras al otro lado de la ventana la ciudad jugaba a disfrazarse de muerte, en la habitación ocurría la de verdad. Presentes quienes necesitabas. Falleciste con un gesto hermoso, tal como fuiste y sigues siendo.
Tras avisar a la mutua recibí un mensaje con un enlace de pésame; el nombre que figuraba era el mío. Hasta a mí, muy fan del humor negro, me resultó pelín excesivo.
Llamé y crearon otro sin eliminar el primero; así, por error, esa víspera de Todos los Santos tuve mi propia esquela abierta al mundo. Justo cuando te perdía, la persona más importante en mi vida.
En contra del consejo de los que saben de duelo, pasé el velatorio, el entierro y las semanas siguientes lo más solo que pude y con la compañía de Keka, tu pequeña Yorkshire que me encargaste cuidar. Meses después entendí el porqué y el sentido de rodearse, pero lo necesité así. Debajo del dolor había una paz extraña: la de saber que estuve siempre, que me di entero; una que no quise compartir con nadie porque no hubo qué consolar; algo callado y mío, tuyo y mío.
Hace solo unos días que nuestra Keka también ha marchado y la imagino a tu lado. Y, aunque no espero nada del más allá ni creo que estéis en ningún lugar aguardándonos, os siento conmigo y no como recuerdo. Te hablo y mando besos. Y «whatsapps mentales», mensajes que no vas a leer y que, sin embargo, me nacen. Y cada día te doy las buenas noches y obtengo respuesta en el vínculo, sin más.
Cada Halloween, cuando la ciudad se llena de muerte disfrazada, cierro la puerta y me quedo con la de verdad. No la celebro. Me quedo a solas contigo y te hablo en silencio, y siento que ni la muerte nos va a romper. La esquela se corrigió aquella noche. Lo que de verdad quedó escrito no lo corrige nadie, pues no es un error: es lo único que no se fue.
