En 1969, el compositor estadounidense Alvin Lucier realizó una obra que consiste enteramente en un procedimiento. Se sentó en una habitación, grabó su voz leyendo un texto breve y reprodujo esa grabación por un altavoz en la misma sala mientras volvía a grabarla con un micrófono. Después reprodujo esa segunda grabación y la grabó una tercera vez. Y así, decenas de veces. La obra, titulada I am sitting in a room, es la sucesión de todas esas grabaciones puestas en orden: desde la primera, en la que se entienden las palabras, hasta la última, en la que ya no se entiende ninguna.
Cada vez que un sonido suena en una habitación, el espacio responde: sus dimensiones, sus paredes y sus materiales hacen que ciertas frecuencias resuenen más y otras se apaguen. Una sola vez, esa respuesta es imperceptible. Pero al grabar la grabación, y luego la grabación de la grabación, esa respuesta se aplica una y otra vez sobre el mismo sonido y se acumula. Las frecuencias que la habitación favorece se imponen; las demás se apagan. Al cabo de muchas repeticiones, las palabras de Lucier han perdido sus contornos, las consonantes se han borrado y lo que suena ya no es un hombre hablando, sino unos tonos largos y resonantes, casi musicales. La voz sigue ahí: es la energía que hace sonar todo, pero ya no dice; ahora deja oír. Lo que se oye, al final, es cómo suena esa habitación.
No es que al final «quede solo la sala», como si el cuarto cantara por su cuenta; lo que se oye es el resultado de todo el sistema: la voz que entró, la habitación, la posición del micrófono y el altavoz, hasta el propio equipo de grabación. La habitación no habla sola. Es la voz la que, al recorrerla tantas veces, la va revelando, como quien tantea un espacio a oscuras hasta aprender su forma por el eco. No hay nada sobrenatural: hay física, repetida hasta que se vuelve audible.
Y hay un detalle que le da a la obra una capa inesperada. El texto que Lucier graba y repite describe el propio procedimiento que estamos oyendo. «Estoy sentado en una habitación distinta de aquella en la que usted está ahora», empieza, y va explicando que grabará su voz una y otra vez hasta que las resonancias del cuarto borren las palabras. La obra dice lo que hace mientras lo hace. Pero el texto termina con una frase que cambia el tono de todo: dice que hará esto, además, para «suavizar cualquier irregularidad que pueda tener mi habla». Lucier era tartamudo y la repetición que disuelve sus palabras disuelve también, por el camino, su tartamudeo. El proceso que borra el sentido borra igualmente el rasgo más personal de su voz: el que le costaba.
No hay que sobreinterpretar esto ni convertirlo en una parábola sobre la identidad o la cura, que Lucier no propuso. Él describió un procedimiento físico y una intención modesta: suavizar una irregularidad. Pero el hecho, tal cual, ya es hermoso y suficiente: un hombre que tartamudea entrega su voz defectuosa a una habitación, y la habitación, a fuerza de repetirla, se la devuelve convertida en música, sin defecto y sin palabras. No la corrige: la transforma en otra cosa, en la que el defecto ya no significa porque nada significa, porque lo que suena ya no es lenguaje.
Estamos acostumbrados a pensar que una voz, un texto o una obra contienen un mensaje y que ese mensaje es lo que importa; el espacio donde suena sería un mero recipiente neutro, un lugar de paso. Lucier demuestra que no. La habitación no es neutra: filtra, subraya, apaga, transforma. Y si insistes lo suficiente, si haces pasar el sonido por ella una y otra vez, el recipiente acaba siendo el contenido. Lo que empezó como un mensaje termina revelando la forma del lugar que lo alojaba. No es que el espacio destruya el sentido por capricho, sino que el espacio también estaba ahí, siempre, dando forma a lo que oíamos sin que nos diéramos cuenta, y la repetición solo lo hace audible.
Escuchar, sabemos desde hace tiempo, supone recibir e interpretar un sonido puro que no llega intacto desde su fuente. Ese sonido ya ha atravesado un espacio, ya viene modelado por dónde ocurre. La obra de Lucier no inventa ese hecho; lo pone delante, lo estira en el tiempo hasta que no se puede ignorar. Cuando por fin dejamos de entender sus palabras y empezamos a oír la habitación, no hemos perdido nada: hemos empezado a escuchar algo que estaba ahí desde la primera frase, tapado por el sentido. A veces hace falta que las palabras se deshagan para percibir el lugar en el que se dijeron.
Sobre la conversación abierta
Este texto parte de una obra sonora verificada, I am sitting in a room de Alvin Lucier (1969), para pensar algo que me ocupa desde otro terreno: que el espacio donde ocurre un sonido no es neutro sino que lo modela, y que escuchar es recibir algo ya transformado por el lugar que atraviesa. Distingo el hecho acústico (la repetición filtra la voz por la respuesta de la sala hasta borrar las palabras) de las interpretaciones que la crítica ha añadido (la disolución del sujeto, el borrado del autor), que recojo como lecturas y no como descripción física ni como intención de Lucier. Es el primer texto de este cuaderno sobre el sonido, un terreno que quiero explorar. Si alguien quiere intervenir desde la música, la acústica o la teoría de la escucha, este cuaderno sigue abierto.
Fuentes
Alvin Lucier, I am sitting in a room (concebida en 1969, presentada públicamente en 1970). Partitura e instrucciones del propio Lucier; grabación canónica de Lovely Music (grabada en 1980, publicada en 1981; 32 generaciones, ~45 minutos).
MoMA, ficha de colección de la obra (realización de 2014 conservada por el museo; identifica la frase final con la tartamudez de Lucier).
Sobre el procedimiento y su base acústica: descripciones de Stanford CCRMA y del sello Lovely Music («The space acts as a filter; the speech is transformed into pure sound»).
El texto recitado, autorreferencial, incluye la frase «smooth out any irregularities my speech might have».
