En julio de 2014 se presentó Vantablack, un recubrimiento que su fabricante anunció como el de mayor absorción de luz registrado hasta entonces. Lo desarrolló una empresa británica, Surrey NanoSystems. En su versión original está hecho de nanotubos de carbono tan diminutos y apretados que la luz entra entre ellos y prácticamente no sale: según la empresa, absorbe hasta el 99,965 % de la luz que recibe. Una superficie recubierta con él deja de leerse como superficie. Un objeto tridimensional pintado de Vantablack parece un agujero, una ausencia recortada en el espacio. La vista no encuentra dónde agarrarse, porque casi no vuelve ninguna luz que informe del relieve. Es, literalmente, lo más cerca que hemos estado de ver la nada.
A finales de febrero de 2016 se supo algo que convirtió una proeza técnica en un escándalo del mundo del arte: Según se informó entonces y recoge la literatura jurídica, Surrey NanoSystems había concedido al escultor Anish Kapoor, a través de Kapoor Studios UK, una licencia exclusiva de Vantablack S-VIS, la versión que se aplica por pulverización, «para explorar su uso en obras de arte». Según la empresa, esa licencia exclusiva limita el uso del recubrimiento en el campo del arte y no se extiende a otros sectores. La prensa lo resumió como que solo Kapoor podía pintar con Vantablack. Pero la empresa precisó que la licencia afectaba a una variante concreta, y no a todo Vantablack, y solo al campo del arte; además, esa variante no era la más oscura de su gama. La reacción fue de indignación: ¿cómo puede alguien adueñarse de un color? Un color es de todos, se dijo, patrimonio común de la percepción humana, y privatizarlo para un solo artista parecía una forma de codicia casi metafísica. El pigmento como propiedad privada.
La respuesta llegó de otro artista, Stuart Semple, y fue tan elegante como divertida. Desde noviembre de 2016 fabricó y puso a la venta sus propios materiales extremos —el rosa más rosa y, después, pinturas negras muy absorbentes (Black 2.0, en 2017; Black 3.0, con campaña en Kickstarter en 2019)— con una condición de compra explícita: se los vendía a todo el mundo salvo a Anish Kapoor. Al adquirirlos, el comprador tenía que declarar que no era Kapoor, que no tenía vínculo con él ni compraba en su nombre o en el de un asociado y que, hasta donde sabía, el producto no acabaría en sus manos. La venganza del acceso abierto contra el acceso cerrado, con humor. La historia es irresistible, y por eso ha circulado tanto. Pero, contada así, oculta lo más interesante: que es también lo más incómodo para nuestra intuición sobre los colores.
Porque Kapoor no compró un color. Eso es imposible, y hay que decir por qué. Nadie puede ser dueño del negro, igual que nadie puede ser dueño del rojo o del concepto de oscuridad. Lo que Kapoor obtuvo fue una licencia exclusiva, limitada al campo del arte, sobre una variante concreta (Vantablack S-VIS) de una tecnología de recubrimientos que pertenece a una empresa y que esta declara protegida por patentes. No es una pintura que se extienda con pincel: según la empresa, esa variante se aplica por pulverización, exige un posprocesado complejo y el cliente no puede aplicarla por su cuenta. No se apropió de una experiencia perceptiva. Se apropió del acceso a un producto industrial que produce esa experiencia. Y esas dos cosas, que la indignación confunde, son radicalmente distintas.
La distinción no es un tecnicismo: es el corazón del asunto. Un color, como experiencia, no se puede poseer porque no es una cosa, es un fenómeno que ocurre entre una superficie, una luz y un ojo. Lo que sí se puede poseer es el medio material que provoca ese fenómeno de una manera nueva. Y aquí es donde el caso deja de ser una anécdota y se vuelve un espejo de algo mucho más general. La historia del arte es, en buena medida, una historia de accesos a materiales. El azul ultramar, hecho de lapislázuli traído de lejos, fue durante siglos tan caro que se reservaba para los mantos más sagrados: no porque el azul fuera de nadie, sino porque el material que lo producía era escaso y costoso. El púrpura de Tiro vestía a los emperadores por lo mismo. Quien controlaba el material, controlaba de hecho quién podía usar ese color, sin necesidad de poseer el color en abstracto.
Vantablack solo hace visible, y extrema, una estructura que siempre estuvo ahí. No se privatiza un color: se controla el acceso al material que lo hace posible. La diferencia con el ultramar es que antes la barrera era la escasez natural y el coste, y ahora es una patente y un contrato de exclusividad. El mecanismo se ha vuelto jurídico donde antes era económico o geográfico, pero la lógica es la misma: el color sigue siendo de todos, y el material sigue siendo de alguien.
Por eso la pregunta indignada —¿de quién es el negro?— está, en el fondo, mal planteada. El negro no es de nadie, y nunca lo será. Lo que tiene dueño es el frasco, la fórmula, la patente, el proceso. Cuando un artista obtiene el acceso exclusivo a un material, no está comprando un color: está obteniendo el permiso material de usarlo, igual que el pintor renacentista compraba su lapislázuli. La percepción es libre; el material, no. Y quizá lo más honesto que se puede decir de todo el episodio es que confundir esas dos cosas —creer que quien controla el frasco controla el color— es, precisamente, el error que hace posible el negocio.
Sobre la conversación abierta
Este texto toca, por un flanco ligero, una cuestión que me ocupa: la distinción entre el material y la experiencia, entre lo que se puede poseer y lo que no. El caso Vantablack es una anécdota, pero deja ver una estructura vieja: quien controla el acceso al material controla de hecho quién usa el color. Si alguien quiere intervenir desde la historia de los pigmentos, la propiedad intelectual, la práctica del taller o la teoría del color, este cuaderno sigue abierto.
Fuentes
Surrey NanoSystems. “Vantablack — Our Story” (vantablack.co.uk). Absorción hasta 99,965 % de la luz; nanotubos de carbono verticalmente alineados.
Surrey NanoSystems. FAQs, “Can I use Vantablack in Art?”, copia de archive.org de 4 de marzo de 2016 (licencia exclusiva de Vantablack S-VIS y su límite al campo del arte).
“Fighting the Bean: the Saga of Vantablack, Stuart Semple, & Anish Kapoor”. Amelia Chen, entrada del blog JLA Beat, The Columbia Journal of Law & the Arts, 3 de junio de 2025 (exclusividad de uso artístico, 2016).
Culture Hustle (Stuart Semple): “World’s Pinkest Pink”, “Black 2.0” (2017); cláusula de exclusión de Anish Kapoor.
“Artist Makes ‘Blackest Black Paint in the World’ to Protest Anish Kapoor”. Frieze, 31 de enero de 2019 (campaña de Black 3.0 en Kickstarter y cláusula anti-Kapoor).
“Can an artist ever really own a colour?”. Jonathan Jones, The Guardian, 29 de febrero de 2016 (la formulación de que Kapoor «solo» podía pintar con Vantablack).
“Anish Kapoor receives exclusive rights to blackest black in the world”. Alice Morby, Dezeen, 2 de marzo de 2016.
Hyperallergic. Claire Voon, 29 de febrero de 2016, actualizado el 2 de marzo (aclaración de Surrey NanoSystems sobre el campo del arte).
Mental Floss, 13 de julio de 2017 (el rosa de Stuart Semple, noviembre de 2016, y Black 2.0, con la condición de compra).
