En 2014 se presentó al mundo el material más negro jamás fabricado. Se llama Vantablack, lo desarrolló una empresa británica, Surrey NanoSystems, y está hecho de nanotubos de carbono tan diminutos y apretados que la luz entra entre ellos y prácticamente no sale: absorbe el 99,965 % de la que recibe. Una superficie recubierta con él deja de leerse como superficie. Un objeto tridimensional pintado de Vantablack parece un agujero, una ausencia recortada en el espacio. La vista no encuentra dónde agarrarse, porque casi no vuelve ninguna luz que informe del relieve. Es, literalmente, lo más cerca que hemos estado de ver la nada.
En 2016 pasó algo que convirtió una proeza técnica en un escándalo del mundo del arte. El escultor Anish Kapoor obtuvo de la empresa la exclusividad para usar Vantablack en el terreno artístico. Solo él, entre todos los artistas del planeta, podía trabajar con el negro más negro. La reacción fue de indignación: ¿cómo puede alguien adueñarse de un color? Un color es de todos, se dijo, patrimonio común de la percepción humana, y privatizarlo para un solo artista parecía una forma de codicia casi metafísica. El pigmento como propiedad privada.
La respuesta llegó de otro artista, Stuart Semple, y fue tan elegante como divertida. Fabricó y puso a la venta sus propios pigmentos extremos —el rosa más rosa, y después una serie de negros muy absorbentes al alcance de cualquiera— con una única condición de compra: se los vendía a todo el mundo salvo a Anish Kapoor. Al adquirirlos, el comprador tenía que declarar que no era Kapoor, que no lo representaba y que el producto no acabaría en sus manos. La venganza del acceso abierto contra el acceso cerrado, con humor. La historia es irresistible, y por eso ha circulado tanto. Pero, contada así, oculta lo más interesante, que es también lo más incómodo para nuestra intuición sobre los colores.
Porque Kapoor no compró un color. Eso es imposible, y conviene decir por qué. Nadie puede ser dueño del negro, igual que nadie puede ser dueño del rojo o del concepto de oscuridad. Lo que Kapoor obtuvo fue el derecho exclusivo a usar artísticamente un material concreto, patentado, propiedad de una empresa: una tecnología de recubrimiento que ni siquiera es una pintura que se extienda con pincel, sino un proceso técnico que se aplica en un laboratorio sobre un sustrato preparado. No se apropió de una experiencia perceptiva. Se apropió del acceso a un producto industrial que produce esa experiencia. Y esas dos cosas, que la indignación confunde, son radicalmente distintas.
La distinción no es un tecnicismo: es el corazón del asunto. Un color, como experiencia, no se puede poseer porque no es una cosa, es un fenómeno que ocurre entre una superficie, una luz y un ojo. Lo que sí se puede poseer es el medio material que provoca ese fenómeno de una manera nueva. Y aquí es donde el caso deja de ser una anécdota y se vuelve un espejo de algo mucho más general. La historia del arte es, en buena medida, una historia de accesos a materiales. El azul ultramar, hecho de lapislázuli traído de lejos, fue durante siglos tan caro que se reservaba para los mantos más sagrados: no porque el azul fuera de nadie, sino porque el material que lo producía era escaso y costoso. El púrpura de Tiro vestía a los emperadores por lo mismo. Quien controlaba el material, controlaba de hecho quién podía usar ese color, sin necesidad de poseer el color en abstracto.
Vantablack solo hace visible, y extrema, una estructura que siempre estuvo ahí. No se privatiza un color: se controla el acceso al material que lo hace posible. La diferencia con el ultramar es que antes la barrera era la escasez natural y el coste, y ahora es una patente y un contrato de exclusividad. El mecanismo se ha vuelto jurídico donde antes era económico o geográfico, pero la lógica es la misma: el color sigue siendo de todos, y el material sigue siendo de alguien.
Por eso la pregunta indignada —¿de quién es el negro?— está, en el fondo, mal planteada, y ese es el pequeño giro que me interesa dejar. El negro no es de nadie, y nunca lo será. Lo que tiene dueño es el frasco, la fórmula, la patente, el proceso. Cuando un artista compra el pigmento más caro del mercado, no está comprando un color: está comprando el permiso material de usarlo, igual que el pintor renacentista compraba su lapislázuli. La percepción es libre; el material, no. Y quizá lo más honesto que se puede decir de todo el episodio es que confundir esas dos cosas —creer que quien controla el frasco controla el color— es, precisamente, el error que hace posible el negocio.
Sobre la conversación abierta
Este texto toca, por un flanco ligero, una cuestión que me ocupa: la distinción entre el material y la experiencia, entre lo que se puede poseer y lo que no. El caso Vantablack es una anécdota, pero deja ver una estructura vieja: quien controla el acceso al material controla de hecho quién usa el color. Si alguien quiere intervenir desde la historia de los pigmentos, la propiedad intelectual, la práctica del taller o la teoría del color, este cuaderno sigue abierto.
Fuentes
Surrey NanoSystems. “Vantablack — Our Story” y ficha del recubrimiento (vantablack.co.uk). Absorción hasta 99,965 % de la luz; nanotubos de carbono verticalmente alineados.
“Fighting the Bean: The Saga of Vantablack, Stuart Semple & Anish Kapoor”. Columbia Journal of Law & the Arts (exclusividad de uso artístico, 2016).
Culture Hustle (Stuart Semple): “World’s Pinkest Pink” (2016), “Black 2.0” (2017); cláusula de exclusión de Anish Kapoor.
“Artist Makes ‘Blackest Black Paint in the World’ to Protest Anish Kapoor”. Frieze, 31 de enero de 2019 (campaña de Black 3.0 en Kickstarter y cláusula anti-Kapoor).
