En julio de 2026 la Universidad de Oxford aprobó devolver treinta y nueve cráneos. Llevaban casi un siglo en el Pitt Rivers Museum, uno de los grandes museos etnográficos del mundo, catalogados como lo hace un museo: restos humanos, procedencia, número de inventario. Lo anunció en septiembre. En el momento de escribir esto no habían salido aún de Oxford; se prepara el viaje y una delegación irá a buscarlos.
Los treinta y nueve son cráneos de personas Naga, un pueblo del nordeste de la India y el norte de Myanmar. Llegaron a Oxford entre 1910 y 1940 llevados por administradores y antropólogos británicos, sobre todo dos, Hutton y Mills, que trabajaban para la administración colonial. El propio museo, hoy, dice que la palabra «coleccionar» no describe una actividad neutral y erudita, que estuvo ligada a la violencia colonial, y que muchos de esos restos fueron confiscados durante expediciones militares punitivas, no entregados libremente. De uno de aquellos hombres, Mills, queda anotado que en una expedición de 1936 esperaba conseguir «algunos buenos especímenes».
La frase «buenos especímenes», dicha de cabezas humanas, es todo el problema. Lo que decide qué es un cráneo Naga en una vitrina de Oxford no es el objeto sino la palabra que se le pone delante. Espécimen. Pieza. Resto. Fondo del museo. Cada una de ellas convierte a una persona muerta en una cosa clasificable, y a un despojo de guerra en una adquisición científica. El museo etnográfico se construyó sobre esa operación: mirar los muertos de otros pueblos y llamarlos colección.
Ahora esa palabra se está cayendo, la están tirando sus dueños legítimos, y no por generosidad. Los Naga llevan desde 2020 en diálogo, formaron sus propias organizaciones para reclamar, viajaron a Oxford, construyeron durante seis años una posición común entre comunidades, lenguas y territorios distintos, y presentaron la demanda formal. El museo acompañó y la universidad tuvo el poder jurídico de autorizar la salida, pero el impulso, el trabajo y la voz vienen de ellos. Y en esa voz, la palabra que sustituye a «espécimen» no es «resto» sino ancestro.
La diferencia entre las dos palabras es la diferencia entre dos mundos. Un resto se conserva, se estudia, se expone. Un ancestro vuelve a casa. En su declaración, leída en Oxford en 2025, los representantes Naga no se dirigieron a unos objetos, se dirigieron a unas personas: estamos aquí para reclamaros y devolveros a las tierras de las que fuisteis tomados. Dijeron que el proceso busca la sanación y la integridad del pueblo Naga, y que quieren ofrecer a sus ancestros un descanso digno. Una de las comunidades, los Phom, lo dijo sin rodeos: el espíritu de nuestros antepasados no encontrará paz ni descanso eterno hasta que reciban un entierro con honor y dignidad, según nuestras costumbres. No es lenguaje de museo. Es lenguaje de duelo, el que corresponde a quien recupera a sus muertos, no a quien recibe una devolución patrimonial.
El museo se construyó sobre la operación de convertir muertos en colección. Pero el museo de hoy no es el de Hutton y Mills, y las personas que hoy tramitan este retorno no son las que confiscaron aquellos cráneos en expediciones punitivas. La institución actual administra las consecuencias de un expolio, hecho por otros, bajo estructuras que hoy repudia. Durante casi un siglo esos cráneos estuvieron ahí, clasificados y a veces expuestos. Eso es responsabilidad de la institución que los conservó como lo que no eran. Pero hay que distinguir al que roba del que, generaciones después, devuelve, aunque los dos lleven el mismo nombre en la puerta. La reparación existe porque son distintos.
Este caso revela que el estatuto de una cosa nunca estuvo en la cosa. Un cráneo no es un espécimen ni un ancestro por naturaleza; es una u otra cosa según quién tenga el poder de nombrarlo, y ese poder ha estado, durante un siglo, en el lado equivocado de la vitrina. El museo etnográfico fue el lugar donde un imperio ejercía ese poder: decidía que los muertos de los pueblos que dominaba eran material de estudio y los colocaba tras un cristal como prueba de su propia mirada sobre el mundo. Lo que se está devolviendo, junto con los treinta y nueve cráneos, es ese poder de nombrar. Quien decide ahora si son restos o ancestros no es Oxford. Son los Naga. Y han decidido que son sus muertos, y que van a enterrarlos.
Queda casi todo por hacer: falta el viaje, el lugar de descanso, los rituales, la forma que tomará la disculpa, si la hay. Lo llaman un paso en un camino más largo hacia la sanación, no el final del camino. Pero el paso que se ha dado es el que importa, porque es el que cambia quién sostiene la palabra. Durante un siglo, un museo miró treinta y nueve cabezas y vio especímenes. Ahora un pueblo mira las mismas treinta y nueve y ve a sus abuelos. La cosa no cambió. Cambió quién puede decir lo que es.
Sobre la conversación abierta
Este texto parte de una decisión del Pitt Rivers Museum de la Universidad de Oxford, aprobada en julio de 2026 y anunciada en septiembre: devolver treinta y nueve restos humanos ancestrales del pueblo Naga, un proceso impulsado y liderado por las propias comunidades Naga durante más de seis años, y que en el momento de escribir esto aún no se ha consumado. No es un final, como los propios socios Naga subrayan, sino un paso. Me interesa lo que el caso revela sobre el estatuto de las cosas: que un cráneo es «espécimen» o «ancestro» según quién tenga el poder de nombrarlo, y que lo que se restituye, junto con los restos, es ese poder. He procurado distinguir a los agentes coloniales que tomaron los restos del personal actual que tramita su retorno, y marcar como interpretación propia, no como dato del expediente, la lectura del museo como administrador de un duelo colonial. Si alguien quiere intervenir desde la museología, los estudios poscoloniales o el derecho del patrimonio, este cuaderno sigue abierto.
Fuentes
Pitt Rivers Museum, University of Oxford, «A Path Home: The Return of Naga Ancestral Remains from the Pitt Rivers Museum to the Naga Homeland», 5 de septiembre de 2026. El Consejo de la Universidad aprobó el 13 de julio de 2026 devolver 39 restos humanos ancestrales Naga (principalmente cráneos); el retorno se prepara pero no se ha consumado. El museo reconoce el origen colonial de la colección: «Their “collecting” was not the neutral, scholarly activity the word implies… it was bound up with colonial violence; remains and objects were frequently confiscated during punitive military expeditions, rather than freely given». Los 39 restos no deben confundirse con los 178 objetos que contienen o podrían contener cabello humano, que no forman parte de este lote; el total de la categoría es de 219 registros. La cifra pasó de 41 (2025) a 39 (2026) a medida que avanzaba la investigación de procedencia.
El proceso ha sido liderado por la comunidad («a Naga-led process»): Forum for Naga Reconciliation (FNR) y Recover, Restore and Decolonise (RRaD, constituida en 2021), junto a los Naga Tribe Hoho, ancianos, iglesias y sociedad civil.
Voz Naga: «Naga Oxford Declaration on Repatriation», 13 de junio de 2025: «we are here now to reclaim and return you to the homelands from where you were taken»; el proceso busca «the healing and wholeness of the Naga people» y ofrecer a los ancestros «a dignified rest». Comunicados de organizaciones tribales (Konyak Union: restos «taken away without our consent»; Phom People’s Council, sobre el entierro digno según sus costumbres).
Los agentes de las adquisiciones coloniales (los administradores y antropólogos J. H. Hutton y J. P. Mills, hacia 1910-1940) no deben confundirse con el personal actual del museo que tramita el retorno. La caracterización del museo como administrador de un duelo colonial es interpretación del autor.
