Ilustración monumental en tonos papiro cálido y grafito, con estética poligonal de piedra tallada, vista oblicua, de ánimo grave. Sobre un pedestal se alza una gran forma de piedra facetada todavía velada: un libro u obra monumental cuya silueta está envuelta en un paño de piedra, aún sin revelar, con su superficie verdadera oculta. Entre esa forma velada y una pequeña figura antropomorfa de piedra que se acerca a mirar, se ha erigido un segundo panel más delgado, justo delante de la obra cubierta: una pantalla tallada ya cubierta de densas marcas e impresiones, plantada como un veredicto colocado ante aquello que juzga. La pequeña figura lee el panel interpuesto en lugar de la obra velada que hay detrás, que todavía no puede ver. El panel llegó primero y bloquea el encuentro. El tono es grave y sereno, con la sensación de algo prejuzgado.

Cuaderno público

La novela leída antes de existir

En mayo de 2026 una novela todavía inédita de Olga Tokarczuk ya había sido leída, juzgada y a medias condenada. No por sus páginas, que no estaban disponibles y no lo estarían hasta el otoño, sino por unos fragmentos traducidos de una conversación en la que la autora habló del uso de la inteligencia artificial. Antes de que existiera un solo lector del libro, existía ya una interpretación pública de cómo había sido escrito y un veredicto sobre su legitimidad.

Lo que Tokarczuk contó en el congreso Impact’26, en Poznań, fue concreto y bastante anodino: que había usado un modelo de lenguaje para documentarse durante la preparación de la novela, y puso como ejemplo una consulta sobre qué canciones podrían haber bailado unos personajes décadas atrás. Documentación, comprobación de datos, el tipo de consulta que antes se hacía en una enciclopedia o a un archivero. De ahí alguien extrajo un fragmento, lo tradujo, lo recortó, y el recorte empezó a circular con otra forma: la Nobel escribe su novela con inteligencia artificial.

El 19 de mayo la autora lo negó expresamente en una declaración a través de su editorial: no había escrito el libro con IA ni con ayuda de nadie, y solo había usado esas herramientas para investigación previa y verificación de datos. El desmentido no deshizo la historia. Dos días después seguían publicándose piezas que presentaban como confesión lo que la autora acababa de negar.

Entre la obra y su público se interpuso una cadena que llegó antes que la obra: un fragmento de una charla oral, su selección y traducción por terceros, una inferencia sobre el método de trabajo, un juicio moral sobre esa inferencia, y unos titulares que fijaron el juicio como hecho. Un discurso auxiliar sobre la novela ocupó, durante semanas, el lugar de la novela.

Cuando el libro se publique, no llegará a un lector limpio. Llegará a alguien que ya cree saber cómo fue escrito, y que abrirá el volumen buscando indicios que confirmen o desmientan una historia formada sin el libro delante. El texto tendrá que competir con su propio expediente, y el expediente llegó primero.

Quienes emitieron el veredicto no podían haber leído la novela, porque no se podía. Juzgaban una representación de ella hecha de un fragmento fuera de contexto y de una inferencia sobre su proceso. Y esa representación, no la obra, es lo que muchos lectores llevarán en la cabeza cuando por fin la abran.

Le ocurrió a una premio Nobel, con editorial detrás y capacidad de desmentir en un día, y aun así el desmentido no alcanzó a todas las versiones deformadas. Vale la pena pensar qué le pasa a lo que no tiene ese respaldo: a la película que se estrena ya envuelta en su veredicto viral, al libro cuyo tono se decide en las primeras reseñas antes de que nadie lo lea entero, a la exposición que se visita habiendo leído ya el hilo que explica qué hay que pensar de ella. En todos opera el mismo desplazamiento: una explicación de la obra la precede y ocupa el espacio en que iba a ser recibida. Ya no encontramos primero la obra y juzgamos después; recibimos el juicio y luego, si acaso, miramos, con el juicio puesto.

He escrito antes sobre la diferencia entre mirar primero y estudiar después, y sobre lo que se pierde cuando se invierte ese orden. Este caso lleva la inversión un paso más allá. No es que estudiemos la obra antes de verla: recibimos su acusación, su defensa y su veredicto antes de poder leerla. El marco interpretativo ya no acompaña a la experiencia; la precede y amenaza con sustituirla.

Lo que se debilita es una condición que dábamos por descontada: que el primer contacto con una obra sea con la obra. Que uno pueda formarse una impresión propia antes de que se la den formada. Esa lectura sin expediente previo quizá nunca fue del todo pura, pero la mediación adquiere otra intensidad cuando el relato sobre una obra se consolida antes incluso de que exista públicamente aquello que relata.

No sé si esta polémica beneficiará o perjudicará a la novela de Tokarczuk, y no puede decirse nada todavía de su contenido ni de su calidad. Lo que me parece que se ha perdido, y no solo para ella, es más silencioso: la posibilidad de que un libro llegue a alguien como llegaban antes, sin más antecedente que su título y su primera frase. Ahora los libros llegan precedidos. Y a veces, como aquí, llegan precedidos del relato de un libro que nadie ha leído, defendiéndose de una lectura que aún no podía haber ocurrido.

Sobre la conversación abierta

Este texto parte de un episodio de mayo de 2026: unas declaraciones de Olga Tokarczuk sobre el uso de inteligencia artificial para documentar su novela inédita, tergiversadas en redes como si hubiera reconocido escribirla con IA, y su desmentido expreso, que no impidió que siguieran publicándose titulares en sentido contrario. Me interesa la operación que el caso deja ver: que un discurso sobre la obra (un fragmento, una traducción, una inferencia, un juicio) llegue antes que la obra y ocupe su lugar, de modo que la recepción se forma sobre una representación polémica y no sobre el texto. Continúa una reflexión que abrí en «Mirar primero, estudiar después», llevándola al punto en que el expediente precede a la obra misma. Si alguien quiere intervenir desde la crítica literaria, la sociología de la recepción o la experiencia de publicar, este cuaderno sigue abierto.

Fuentes

Declaración de Olga Tokarczuk difundida a través de su editorial el 19 de mayo de 2026, en la que niega haber escrito su novela (entonces inédita, prevista para el otoño de 2026) con inteligencia artificial o con ayuda de otra persona, y precisa que empleó modelos de lenguaje solo para documentación preliminar y comprobación de datos, verificando sus respuestas. https://lithub.com/olga-tokarczuk-has-responded-to-the-controversy-over-her-reputed-use-of-ai/

Reconstrucción de la intervención en el congreso Impact’26 (Poznań) y de la controversia posterior, Notes from Poland, 21 de mayo de 2026. https://notesfrompoland.com/2026/05/21/polish-nobel-literature-laureate-tokarczuk-sparks-controversy-after-admitting-using-ai/

Primera pieza sobre la circulación de los fragmentos traducidos, actualizada después para incorporar el desmentido de la autora (Literary Hub). https://lithub.com/nobel-laureate-olga-tokarczuk-apparently-used-ai-to-write-her-latest-novel/

Ejemplo, citado como muestra de la deformación (no como fuente del hecho), de una pieza publicada el 21 de mayo de 2026 que, tras el desmentido, seguía presentando el episodio como una confesión de escritura con IA. https://www.infobae.com/cultura/2026/05/21/la-premio-nobel-olga-tokarczuk-confeso-que-esta-escribiendo-su-nueva-novela-con-ia-y-hay-polemica/

Este texto se refiere a la recepción anticipada del caso; no afirma nada sobre el contenido ni la calidad de la novela, aún no publicada, ni se pronuncia sobre la legitimidad del uso de IA para documentación.


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