En 1969 Georges Perec publicó en París una novela de trescientas diecinueve páginas escrita entera sin la letra e, que es la más frecuente del francés. Se titula La Disparition y el argumento acompaña a la restricción: los personajes buscan algo que falta y no consiguen nombrarlo. Perec pertenecía al Oulipo, el grupo que exploraba la literatura bajo reglas formales, y había entrado dos años antes de publicarla.
Escribir así en francés obliga a renunciar a casi todo el vocabulario básico. No se puede usar el artículo le, ni les, ni los verbos en muchas de sus formas, ni una legión de palabras corrientes. Perec resolvió trescientas páginas de novela dentro de esa jaula. Y el problema empieza cuando alguien decide traducirla.
Gilbert Adair lo hizo al inglés y su versión se publicó en 1994. Se impuso la misma regla: ni una e en todo el libro. En inglés eso significa quedarse sin the, sin he, sin she, sin me, sin we, sin here, sin there, sin where, sin one, sin three, y, con una ironía que no se le escapó a nadie, sin la palabra letter.
Lo primero que tuvo que sacrificar fue el título. The Disappearance, la traducción natural, está lleno de e. Adair lo llamó A Void, un vacío, que conserva la idea de falta y de hueco pero no traduce la palabra francesa. El protagonista tampoco pudo conservar su nombre: en el original se llama Anton Voyl, apellido que suena a voyelle, vocal en francés. Adair lo rebautizó Anton Vowl, que suena a vowel, vocal en inglés. No conservó la forma del nombre; conservó su chiste.
Pero el sacrificio mayor, y el que hace de este caso algo más que una curiosidad, está en los poemas. Perec había incluido en su novela varias recreaciones de poemas franceses célebres, deformados para eliminar la letra prohibida: uno de Mallarmé, uno de Victor Hugo, tres de Baudelaire. Adair no los tradujo. Los sustituyó por poemas ingleses: una versión sin e de un pasaje de Shakespeare, otra de Ozymandias de Shelley, otra de Milton, otra de Thomas Hood, y una del cuervo de Poe rebautizada Black Bird. Cambió el canon entero. Donde Perec desfiguraba a los poetas que cualquier lector francés reconoce de memoria, Adair desfiguró a los que reconoce un lector inglés. Solo mantuvo la recreación de Rimbaud, y por una razón práctica: la novela la comenta durante páginas y no podía sustituirla sin romper el hilo.
Piénsese lo que eso implica. Un traductor cambió los poemas de una novela. No los tradujo mal, no los adaptó: puso otros, de otros autores, de otra lengua, de otra tradición. Y lo hizo para ser fiel. Porque lo que hacía esa sección de la novela no era decir unos versos concretos, era mostrar poemas familiares mutilados por la ausencia de una letra, y ese efecto solo funciona si el lector reconoce lo mutilado. Traducir literalmente a Baudelaire habría conservado las palabras y destruido la operación. Cambiarlo por Shelley conserva la operación y destruye las palabras.
La versión española llega más lejos todavía y su decisión es la más reveladora de todas. Se publicó en 1997 como El secuestro, traducida por un equipo de cinco personas, y no suprime la e. Suprime la a, porque la a es la letra más frecuente del castellano. Es decir: para ser fieles a Perec renunciaron a la letra que Perec eliminó. Lo que consideraron esencial no fue qué letra faltaba, sino que faltara la más común de la lengua en que se escribe. Y tienen razón: el sentido de la restricción no está en la e como signo, está en escribir sin lo más necesario.
Hay una anécdota que se repite mucho sobre esta novela, según la cual algún crítico francés la reseñó sin darse cuenta de que faltaba la e. La cuento porque circula, no porque pueda respaldarla: he buscado el nombre del crítico, el medio y la fecha, y no hay manera de comprobarlo. Queda como leyenda literaria, de esas que se cuentan porque deberían ser verdad.
Lo que este caso deja ver es qué se decide conservar cuando no se puede conservar todo. Una vieja formulación de la traductología dice que todo lo que se puede decir en una lengua se puede decir en otra, salvo cuando la forma es parte esencial del mensaje. Aquí la forma es el mensaje entero. Y entonces la fidelidad se invierte: ser fiel al texto exige traicionar sus palabras, porque las palabras eran el resultado de la regla, no la obra. La obra era la regla.
Adair y los traductores españoles hicieron lo mismo que hace un músico al transponer una partitura a otra tonalidad. Ninguna nota coincide con las del original, y sin embargo es la misma pieza. Lo que se traslada no son los sonidos, son las relaciones entre ellos. Con Perec ocurre igual: no se traducen las frases, se traduce la imposibilidad.
Sobre la conversación abierta
Este texto parte de un caso verificado: La Disparition de Georges Perec (1969), novela de 319 páginas escrita sin la letra e, y sus traducciones, en especial A Void de Gilbert Adair (1994), que mantuvo la restricción en inglés, y El secuestro (1997), que en español suprimió la a por ser la letra más frecuente del castellano. Lo que se decide conservar cuando no se puede conservar todo: Adair cambió el título, el nombre del protagonista y sustituyó cinco poemas franceses por cinco del canon inglés, para salvar el efecto a costa de las palabras. Distingo lo verificado de lo que no lo está: no consta que alterara la trama, ni he podido comprobar la anécdota, muy repetida, del crítico que no advirtió la ausencia de la letra. Si alguien quiere intervenir desde la traductología, la literatura experimental o la edición, el cuaderno sigue abierto.
Fuentes
Georges Perec, La disparition, Denoël (col. Les Lettres nouvelles), París, 1969, 319 páginas (ficha de la Bibliothèque nationale de France, que la describe como «un long roman dont la lettre e est totalement absente»). Perec ingresó en el Oulipo en 1967.
Gilbert Adair, A Void, Harvill, 1994 (Scott Moncrieff Prize, 1995). Cambios documentados: el título; Anton Voyl pasa a Anton Vowl; y la sustitución de cinco recreaciones de poemas franceses (Mallarmé, Hugo y tres de Baudelaire) por versiones lipogramáticas de Shakespeare, Shelley, Milton, Thomas Hood y Poe, conservando en cambio la de Rimbaud, que la novela comenta extensamente (estudio de Samuel B. Garren).
El secuestro, Anagrama, 1997, traducción de Marisol Arbués, Mercè Burrel, Marc Parayre, Hermes Salceda y Regina Vega, que suprime la a. Esther Morillas, «Traducción y lipograma: Georges Perec y La Disparition» (Centro Virtual Cervantes).
Otras versiones: alemana (Anton Voyls Fortgang, Eugen Helmlé, 1986), italiana (La scomparsa, Piero Falchetta, 1995) y japonesa (Emmetsu, Shūichirō Shiotsuka, 2010), esta última con una restricción que no puede formularse como «sin e», porque el japonés no emplea el alfabeto latino.
La anécdota del crítico que no advirtió la ausencia de la letra circula ampliamente, pero no ha sido posible localizar la reseña original.
