El 11 de abril de 1980, un artista taiwanés afincado en Nueva York, Tehching Hsieh, instaló en su estudio un reloj de fichar, de esos que usan las fábricas para controlar la entrada y salida de los obreros. Y se impuso una regla: fichar cada hora en punto, las veinticuatro horas del día, durante un año entero. Cada vez que fichaba, una cámara de cine tomaba un solo fotograma suyo junto al reloj. Cumplió la regla, con sus fallos, hasta el 11 de abril de 1981. Un año exacto: ocho mil setecientas sesenta horas, cada una partida por el gesto de ir hasta el reloj y marcar la tarjeta.
Pensemos en lo que eso significa para el cuerpo. No hay sueño posible de más de una hora: hay que despertarse, levantarse, ir al reloj, fichar, dejar que la cámara tome su fotograma, y volver a acostarse sabiendo que en menos de sesenta minutos habrá que repetirlo. Durante un año, Hsieh no durmió una sola noche entera. Falló noventa y cuatro veces de las ocho mil setecientas sesenta, casi siempre porque el sueño lo venció, y esos fallos no los ocultó: forman parte de la obra, registrados en un documento de fichajes perdidos, tan expuestos como los cumplidos. La obra incluye su propio incumplimiento, que constituye una honestidad rara.
Al empezar, Hsieh se rapó la cabeza al cero. Y durante el año dejó que el pelo creciera libremente. Los miles de fotogramas, proyectados después uno tras otro como una película, duran poco más de seis minutos: un año entero comprimido en el tiempo de una canción. En esa película acelerada se ve al hombre plantado siempre en la misma postura, con el mismo uniforme, junto al mismo reloj, mientras una sola cosa cambia visiblemente de principio a fin: el pelo, que crece. Hay dos relojes en la obra, y esa es su idea más sutil. Uno es el reloj de fichar, que mide el tiempo administrativo, el tiempo de la fábrica, el que se cuenta en horas idénticas e intercambiables. El otro es su propio cuerpo, el pelo que crece, que mide el mismo año pero de otra manera: la del tiempo vivido, que no se puede acelerar ni detener ni fichar.
La proeza está ahí, y sería fácil quedarse en el asombro por la resistencia física, pero reducirla a una hazaña de aguante sería empobrecerla. Esta obra consistió en vivir de una determinada manera durante un tiempo determinado, y por tanto solo existió mientras se vivía. Ahora, en un museo, se exponen el reloj, las tarjetas, el uniforme, la película. Pero eso no es la obra. La obra fue el año, hora a hora, y el año pasó y no vuelve. Lo que cuelga en la pared no es la performance: son sus marcas, sus restos, las pruebas de que ocurrió. Como las cenizas de un fuego que dan fe de que hubo fuego, pero no son el fuego.
Esa es la diferencia que separa este tipo de arte del cuadro o de la escultura. Un cuadro es la obra: está ahí, permanece, se puede volver a mirar. La performance de Hsieh no está ahí, ocurrió. Lo que permanece son documentos que la señalan, que permiten reconstruirla en la imaginación, pero que no la contienen. Nadie que mire hoy las tarjetas y la película está viendo la obra; está viendo lo que quedó de ella, y sabiendo, por esos restos, lo que fue. La obra vivió en el tiempo, en el cuerpo agotado de un hombre que se levantaba cada hora, y ese tiempo no se puede colgar de una pared. Se puede documentar, contar, certificar. Pero la cosa misma, el año vivido así, no está en ningún museo, porque terminó el 11 de abril de 1981 y no dejó otro cuerpo que aquel.
Solemos pensar que una obra de arte es un objeto que dura, algo que se conserva para que otros lo vean después. Hsieh hizo lo contrario: una obra que era pura duración, que consistía en gastarse en el tiempo, y que aceptó desde el principio que de ella no quedaría el año, solo su huella. Es una idea incómoda, porque nos obliga a admitir que hay obras que no podemos ver, solo saber. Que estuvieron, que ocurrieron, y que lo único que nos llega es la constancia de que fueron. No es poco, pero no es lo mismo que estar delante. Ante las tarjetas de Hsieh no contemplamos su año: contemplamos su ausencia, cuidadosamente documentada.
Sobre la conversación abierta
Este texto parte de una obra verificada, One Year Performance 1980-1981 de Tehching Hsieh, para pensar el arte que solo existe mientras ocurre y del que solo quedan marcas. Distingo el hecho (fichó cada hora un año, con 94 fallos de 8.760, documentados) de la interpretación, y evito tanto el sensacionalismo de la proeza como las lecturas cerradas (capitalismo, inmigración) que el propio artista no declara. Es el primer texto de este cuaderno sobre performance y arte efímero, un terreno que quiero explorar. Si alguien quiere intervenir desde el arte de acción, la teoría de la performance o la conservación de lo efímero, este cuaderno sigue abierto.
Fuentes
Tehching Hsieh, One Year Performance 1980-1981 (Time Clock Piece), del 11 de abril de 1980 al 11 de abril de 1981. Archivo oficial del artista; colecciones de Tate (T13875) y M+ (Hong Kong).
Recuento de fichajes: Vivian L. Huang, «The Rigour of Tehching Hsieh’s One Year Performance», Frieze (2023): 8.666 fichajes realizados de 8.760 previstos (94 omitidos).
Declaraciones del artista: «I am recording time»; «transfer life time to art time».
La cabeza rapada y el crecimiento del pelo como registro temporal: documentación de Media Art Net y M+.
