Ilustración minimalista en tonos papiro cálido y grafito, vista en perspectiva oblicua. Un largo peine de almacenaje poligonal con paneles de rejilla sostiene cuadros enmarcados puestos de canto, como carpetas en un archivador, y se aleja en diagonal hacia el fondo; uno de los paneles está algo extraído de la fila y el cuadro que sostiene recibe una luz cálida y suave, mientras el resto permanece en sombra, sugiriendo algo que espera a ser encontrado. El suelo y el peine se alejan hacia un punto de fuga bajo.

Cuaderno público

El museo que no se ve

Cuando uno recorre un gran museo tiene la impresión de estar viendo su colección. No la está viendo. Está viendo una selección minúscula, y el resto —la parte enorme— está en otro sitio: en almacenes climatizados, en cajas numeradas, en peines de rejilla donde los cuadros cuelgan de canto como carpetas en un archivador. El Smithsonian, que custodia unos ciento cincuenta y cinco millones de objetos, calculó que muestra menos del uno por ciento. El Boijmans de Róterdam reconoció que en su edificio histórico solo podía enseñar el ocho por ciento de sus ciento cincuenta y cuatro mil piezas. Circula por ahí la cifra redonda de que los museos exponen entre un cinco y un diez por ciento de lo que tienen; no he encontrado una fuente sólida que la sostenga como regla universal, y prefiero no repetirla. Pero los datos que sí están firmados apuntan todos en la misma dirección: lo que se ve es la punta.

Esto suele contarse como escándalo. Museos que acaparan, que esconden, que retienen en la sombra lo que debería estar a la vista. Y hay algo de razón en el reproche, sobre todo cuando el almacén sirve para no tener que decidir qué se enseña y qué no. Pero me interesa defender lo contrario, porque creo que el almacén hace algo que ninguna sala puede hacer, y que casi nunca le reconocemos.

En 1960 entró en el National Maritime Museum de Londres el retrato de un capitán llamado Frederick Cornewall. Antes se le había atribuido a Gainsborough, pero al ingresar en el museo se le rebajó a “artista británico desconocido” y con ese nombre pasó al almacén, donde estuvo décadas. En 2022, un especialista en Gainsborough llamado Hugh Belsey andaba buscando un retrato perdido y sospechó que podía estar allí. Pidió verlo. Lo examinó. Era un Gainsborough. En marzo de 2024 volvió a colgarse en público por primera vez en más de treinta años.

Fíjense en lo que hizo posible ese final. No fue que el museo acertara: el museo se equivocó, y durante sesenta años. Fue que el objeto siguió existiendo mientras el museo se equivocaba. El almacén no acierta ni falla; simplemente conserva lo que el presente no sabe valorar, y lo mantiene disponible para un juicio que aún no ha llegado. Si aquel cuadro se hubiera vendido en 1960 como obra menor de autor desconocido, o si se hubiera descartado por falta de espacio, la corrección de 2022 no habría tenido dónde ocurrir.

Esto es lo que acabo de argumentar, en registro más técnico, en el artículo que he publicado con Adolfo Cortés: que entre el momento en que una obra existe y el momento en que alguien puede afirmar públicamente lo que vale hay un intervalo, y que en ese intervalo es donde caben la revisión, el error detectado, el rescate tardío. Las fotografías de Vivian Maier pudieron reaparecer porque existían los negativos: hubo soporte material esperando a que llegara alguien capaz de mirarlo. El almacén de un museo es exactamente eso a escala industrial. Una máquina de guardar lo que todavía no sabemos leer.

Algunas instituciones han empezado a hacerlo visible, y el gesto me parece más interesante de lo que parece. El Boijmans abrió en 2021 un depósito público donde se puede entrar a ver la reserva entera, ordenada no por escuelas ni por siglos, sino por requisitos de temperatura y humedad. Es decir: ordenada por lo que las cosas necesitan para durar, no por el relato que contamos sobre ellas. El V&A abrió en Londres en 2025 un almacén visitable con medio millón de piezas donde cualquiera puede pedir que le saquen un objeto concreto para verlo de cerca, gratis. No son exposiciones. Son la trastienda enseñada sin maquillar, y en esa falta de relato hay una honestidad que las salas no siempre tienen.

Ahora el reverso, porque sin él esto sería ingenuo. Guardar cuesta dinero, y mucho: metros cuadrados, clima estable, seguros, personal, inventario. Un almacén es una obligación económica permanente a cambio de un beneficio que quizá no llegue nunca. De ahí la presión constante para vender fondos, la desaccesión, que en los últimos años ha dejado episodios sonados: un museo de Baltimore que detuvo una venta millonaria dos horas antes de que empezara la subasta, una universidad de Indiana autorizada por un juez a vender un cuadro de Georgia O’Keeffe para reformar residencias de estudiantes. Las normas del sector intentan poner un límite —el valor monetario no debería ser nunca el motivo de la venta, y lo que se ingrese debería volver a la colección—, pero el límite se tensa cada vez que un presupuesto se estrecha.

Y ahí está lo que quería decir. Cada vez que se vacía un almacén se recorta el intervalo. No se pierde solo un objeto: se pierde la posibilidad de que alguien, dentro de sesenta años, vaya a buscar algo que hoy no sabemos que está ahí. Un museo no es solo lo que enseña. Es también, y quizá sobre todo, lo que sigue guardando mientras no sabe qué tiene. La sala muestra lo que ya hemos decidido; el almacén sostiene lo que aún podríamos descubrir. Y la segunda función, que no vende entradas ni sale en las fotos, es la que le permite al museo equivocarse sin que el error sea definitivo.

Sobre la conversación abierta

Este texto extiende una tesis que sostengo en la investigación sobre reconocimiento que comparto con Adolfo Cortés García: que lo decisivo no es que una obra sea reconocida, sino que exista un intervalo en el que el reconocimiento pueda revisarse. El archivo y el almacén son, en ese sentido, infraestructuras críticas y no meros depósitos. Si alguien quiere intervenir desde la museología, la conservación, la gestión de colecciones o la política cultural, este cuaderno sigue abierto.

Fuentes

Smithsonian Institution. Smithsonian Institution Fact Sheet, 1 de agosto de 2018 (colecciones y porcentaje expuesto).

Museum Boijmans Van Beuningen. Información institucional sobre el Depot Boijmans Van Beuningen (inaugurado el 5 de noviembre de 2021) y sobre la colección.

Victoria and Albert Museum. V&A East Storehouse (apertura al público, 31 de mayo de 2025) y servicio “Order an Object”.

Royal Museums Greenwich. Captain Frederick Cornewall, Thomas Gainsborough: reatribución (2022) y regreso a exposición (marzo de 2024).

ICOM. Guidelines on Deaccessioning.

Association of Art Museum Directors. Modificación de las normas sobre uso de fondos procedentes de desaccesión, 30 de septiembre de 2022.

ICCROM-UNESCO. Sondeo internacional sobre almacenamiento de colecciones (2011). Nota: la cifra del 90 % en almacén circula a partir de la difusión de este sondeo; no procede literalmente del informe.

Cortés García, Adolfo, y Juan A. Esteban Ruiz. Recognition and Surplus. Zenodo, 2026. https://doi.org/10.5281/zenodo.21630455


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