Ilustración conceptual en tonos papiro y grafito. Decenas de pequeñas formas geométricas facetadas convergen hacia una superficie rectangular vertical que actúa como filtro. Tras atravesarla, todas las conexiones se reducen a un único nodo central del que sólo emergen unas pocas formas seleccionadas. La composición sugiere cómo una pantalla o sistema intermedio concentra y limita el acceso a una mayor diversidad de opciones.

Cuaderno público

El acceso que promete la pantalla

Cuando una institución cultural sube su colección a internet, hace un gesto que parece de justicia: lo que antes exigía viajar, pagar, saber que existía, ahora está a un clic para cualquiera. La promesa es hermosa y la repetimos mucho —lo digital democratiza, derriba barreras, abre la cultura a todos—. Trabajo con lo digital y creo en buena parte de esa promesa. Pero conviene mirarla de cerca, porque los datos cuentan una historia menos redonda de lo que nos gustaría.

El estudio más incómodo que conozco sobre esto analizó la participación cultural en el Reino Unido a lo largo de una década. Su conclusión desmonta el optimismo fácil: los medios digitales sí atraen a algún público nuevo, pero la desigualdad no desaparece —y, en museos y galerías, la brecha entre los públicos favorecidos y los desfavorecidos resultó ser incluso mayor en el acceso online que en las visitas físicas—. Léase despacio, porque es contraintuitivo: la pantalla, que prometía igualar, en este caso separó más. Quien ya tenía el hábito, el capital cultural y las competencias digitales aprovechó la oferta online; quien no, se quedó igual de fuera o más. El acceso técnico se amplió para todos; la capacidad de apropiárselo, no.

Tiene su lógica, si uno lo piensa. Poner algo en internet no es lo mismo que hacerlo accesible. Un archivo digitalizado sigue exigiendo saber que existe, saber buscarlo, entender su lenguaje, tener el interés previo y el equipo y la conexión para disfrutarlo. La barrera simbólica de la que hablo en otros textos no se queda en la puerta del museo físico: viaja intacta a la pantalla, y a veces se agrava, porque en lo digital desaparece hasta el acompañamiento humano que en la sala podía tender un puente.

Y hay una capa nueva, propia de lo digital, que conviene nombrar: el algoritmo. Cada vez más, lo que encontramos no lo elegimos del todo nosotros; nos lo propone un sistema de recomendación que decide qué se hace visible y qué queda enterrado. En la música se ha estudiado bien. Un análisis del consumo en Spotify encontró que la escucha guiada por recomendación algorítmica se asocia con menos diversidad: el sistema es eficaz dándote más de lo que ya te gusta, y por eso mismo tiende a estrecharte. Otro estudio sobre Deezer matizó la idea de la burbuja —el algoritmo puede introducir novedad, incluso más que la que uno busca por su cuenta—, pero una novedad confinada, cercana a lo de siempre, sin saltos. La recomendación no te encierra del todo, pero rara vez te lleva lejos.

Trasladado a la cultura, esto plantea un problema serio para cualquiera que se dedique a la mediación. Durante siglos, mediar fue tender un puente hacia lo que no conocías: el bibliotecario que te descubría un autor, el programador que arriesgaba, el profesor que te empujaba fuera de tu gusto. La recomendación algorítmica hace, en buena medida, lo contrario: te devuelve afinado lo que ya eras. Confortable, sí; pero la cultura que solo confirma no es la que reorganiza nada, y lo que no reorganiza nada difícilmente ensancha a nadie. Si dejamos que el acceso a la cultura lo gobiernen sistemas diseñados para maximizar la permanencia y el clic, tendremos más consumo y menos descubrimiento.

Nada de esto es un alegato contra lo digital, y sería tonto que lo fuera viniendo de quien trabaja en ello. Lo digital ha hecho posibles formas de acceso, archivo y encuentro que no existían, y abandonarlo sería regalar ese terreno a quien lo gestione peor. El punto es otro: que digitalizar no es, por sí solo, democratizar. Que subir una colección a la red o abrir un perfil no cumple la promesa de acceso si no va acompañado de mediación real —de alguien que siga tendiendo puentes, también dentro de la pantalla—. La infraestructura digital, como cualquier infraestructura, no es neutral: favorece unas cosas y dificulta otras, y decidir cuáles es una responsabilidad, no un efecto automático de la tecnología.

Y ahí está lo esperanzador, que no es poco. Precisamente porque la pantalla no democratiza sola, el trabajo humano de mediar vuelve a ser decisivo, quizá más que nunca. Un algoritmo optimiza; una persona puede sorprender. La tarea de quien media en lo digital no es competir con la máquina en darle a cada uno más de lo suyo, sino hacer lo que la máquina no sabe: abrir puertas hacia lo que nadie había pedido, tender el puente inesperado, defender el descubrimiento frente a la comodidad. La tecnología reparte acceso; el sentido de ese acceso seguimos poniéndolo nosotros. Y eso, lejos de sobrar, es lo único que puede hacer que la promesa de la pantalla, algún día, se cumpla de verdad.

Sobre la conversación abierta

Este texto cierra mi subserie Arte y sociedad, y lleva a lo digital su hilo de fondo: lo que la cultura promete socialmente y lo que de verdad cumple; aquí, por qué digitalizar no es, por sí solo, democratizar. Si alguien quiere intervenir desde los estudios de plataformas, la cultura digital o la mediación cultural en línea, el cuaderno sigue abierto.

Fuentes

Mihelj, Sabina, Adrian Leguina y John Downey. “Culture is digital: Cultural participation, diversity and the digital divide”. New Media & Society 21, n.º 7 (2019): 1465-1485.

Anderson, Ashton, Lucas Maystre, Rishabh Mehrotra, Ian Anderson y Mounia Lalmas. “Algorithmic Effects on the Diversity of Consumption on Spotify”. Proceedings of The Web Conference 2020.

Shakespeare, Dougal, Victor Chareyron y Camille Roth. “Reframing the filter bubble through diverse scale effects in online music consumption”. Scientific Reports 15 (2025): art. 4071.

Poell, Thomas, David Nieborg y José van Dijck. “Platformisation”. Internet Policy Review 8, n.º 4 (2019).


Descubre más desde Juan A. Esteban

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.