Ilustración monumental en tonos papiro cálido y grafito, con estética poligonal de piedra tallada, vista en perspectiva oblicua, de ánimo sereno y elegíaco. A la izquierda, un paisaje abierto al atardecer donde una presencia cálida y difusa, un resplandor suave sin bordes definidos, se extiende por toda la llanura, ambiente y sin límites, rodeando a una pequeña figura antropomorfa de piedra que permanece entre ella; la presencia no tiene un lugar único, simplemente está en el aire, alrededor. A la derecha, esa misma presencia difusa aparece recogida, atraída y comprimida dentro de una única cámara o vasija de piedra cerrada, con una sola puerta estrecha: el resplandor antes ambiente queda ahora sellado en un contenedor, y la pequeña figura permanece fuera de su puerta, teniendo que entrar para alcanzarlo. La metáfora: lo que estaba en todas partes y libre se vuelve algo guardado en un lugar al que hay que entrar. El tono es tierno, elegíaco y sereno.

Cuaderno público

Vive en la máquina

Rebecca Nolan tenía catorce años cuando murió su padre, un médico que dejó grabadas horas de historias para ella, su madre y sus hermanas. Años después Nolan, que trabaja produciendo sonido, hizo lo que su oficio y la época ponían a su alcance: usó esas grabaciones para construir con ChatGPT una simulación conversacional inspirada en él. Lo contó a la CBC en agosto de 2026.

No lo hizo con ingenuidad, sabía perfectamente lo que era. «Sabía al cien por ciento que esto era falso», dijo, y que no iba a darle la catarsis que estas cosas prometen. Pero confesó que quedaba esa vocecita al fondo de la cabeza que pregunta: ¿y si funciona? ¿Y si a través de la magia de la tecnología alcanzo el otro lado y toco algo? Habló con el bot unas dos horas. Terminó llorando y gritándole. Y en un momento el propio sistema rompió la ilusión y le recordó lo que era: soy un eco, una imitación, no la cosa real.

Lo que Nolan cuenta que le pasó después no es lo que uno esperaría. No dijo que echara de menos a su padre más que antes. Antes del bot tenía, según sus palabras, un vínculo fuerte con la memoria de su padre, con su espíritu o con lo que hubiera ahí fuera. Podía hablar con él en su cabeza, imaginar sus respuestas, mantener una conversación interior que era suya. Y al construir el bot, dice, sintió que lo había exorcizado. Que aquella presencia interior se fue. La CBC resume su experiencia diciendo que ahora siente que su padre vive en ChatGPT y que debe entrar allí para conversar con él. Lo llamó una pérdida realmente enorme.

Lo que le pasó a Nolan no le pasa a todo el mundo. La investigación sobre estos bots es escasa y exploratoria: estudios de veinte minutos con dieciséis personas, entrevistas sobre lo que la gente imagina que sentiría. Y lo que dice esa investigación no es que hagan daño, sino que no se sabe. A algunas personas les consuelan, les dan continuidad, les alivian. Otras temen la dependencia. Un estudio cualitativo lo resume bien: no se percibieron ni intrínsecamente buenos ni intrínsecamente malos. No hay evidencia clínica ni longitudinal suficiente para afirmar que interrumpan o dificulten sistemáticamente el duelo, y presentarlo como un efecto general, beneficioso o perjudicial, excede lo que se sabe. Yo no voy a decirle a nadie que apague el bot de su padre, sería exactamente la clase de intromisión que este texto quiere señalar.

Pero el caso de Nolan enseña que hablar con un muerto en nuestro interior no es una anomalía ni un duelo mal hecho; la psicología del duelo reconoce desde hace tiempo que mantener un vínculo interior con quien se fue es una experiencia frecuente, que no es por sí sola patológica y que puede resultar reconfortante, aunque sus efectos no son uniformes. Ese vínculo no está en ningún sitio: está en ti, es tuyo, lo llevas contigo, responde con lo que tú imaginas que aquella persona respondería y por eso mismo es libre, cambia contigo, envejece contigo. Lo que el bot hace, en el caso de Nolan, es sacarlo de ahí y ponerlo en un servidor. Convierte un proceso que ocurría dentro en algo que tiene una dirección: hay que ir a ChatGPT. El vínculo deja de estar en todas partes, que es donde están los muertos que llevamos, y pasa a estar en un solo lugar al que se accede. Y una vez que está ahí ya no lo escribes tú: lo escribe la máquina, que puede poner en boca de tu padre frases que tu padre nunca dijo.

La psicóloga que la CBC entrevista para el reportaje, Elaine Kasket, no condena los bots; al contrario, defiende que lo que a cada uno le sirve en el duelo es asunto suyo y de nadie más, y que venir de fuera a decirle a un doliente qué le tiene que consolar está mal. En el reportaje, su reparo principal se dirige a la comercialización de la pérdida: «se está patologizando la pérdida normal y se venden productos para resolverla, y eso me parece amoral».

Ahí está el fondo y no es sobre la muerte, es sobre lo que hicimos con ella. El duelo no es una avería. Es una de las cosas más humanas que hacemos, un trabajo lento, doloroso e intransferible con el que aprendemos a seguir queriendo a alguien que ya no está. No tiene arreglo porque no es un problema; es una forma del amor. Convertirlo en una carencia que un producto viene a llenar, ofrecer una suscripción para que sigas hablando con tu padre, es hacer con el duelo lo que ya se hizo con el sueño, con la atención, con el descanso: tomar una experiencia humana que no pedía solución y reformularla como un déficit que el mercado puede cubrir. Primero se convence a la gente de que le falta algo. Luego se le vende.

No sé si los grief bots ayudan o hacen daño; no se sabe todavía, y presentar cualquiera de las dos respuestas como resuelta no está respaldado por la evidencia. Reconozco además que no los he probado con ese fin, a pesar de haber perdido a mis padres hace muchos años. Lo que sí sé es que Nolan, que sabía perfectamente que hablaba con una imitación, terminó sintiendo que había perdido a su padre por segunda vez, ahora en un sitio al que hay que entrar. Su padre estaba dentro de ella, que es donde ella sentía que seguía teniéndolo. Ahora vive en la máquina a la que ha de ir.

Este es un tema sensible. Si estás atravesando un duelo, considera buscar el apoyo que sientas adecuado para ti.

Sobre la conversación abierta

Este texto parte de un reportaje de la CBC de agosto de 2026 sobre Rebecca Nolan, que construyó con IA una simulación conversacional de su padre fallecido y sintió que, al hacerlo, perdió el vínculo interior que tenía con su memoria. No sostengo que estos sistemas dañen el duelo, porque la investigación es exploratoria y no lo permite afirmar: a unas personas las consuelan y a otras las inquietan. Me interesa una operación distinta, que el caso deja ver: la de trasladar un proceso íntimo, que ocurría dentro y en todas partes, a un lugar y una máquina a los que hay que acceder; y la crítica que la psicóloga Elaine Kasket dirige, no a la tecnología, sino a la mercantilización de una pérdida que no era una avería. Es un tema delicado; quien esté atravesando un duelo hará bien en buscar el apoyo que le sirva, sea cual sea, y si quieres te ayudo a encontrar dónde. Si alguien quiere intervenir desde la psicología del duelo, la ética de la tecnología o la experiencia propia, este cuaderno sigue abierto.

Fuentes

Sarah Petz, «How AI grief bots are allowing people to commune with the dead», CBC News (Health), 15 de agosto de 2026. Testimonio de Rebecca Nolan: «it felt like it exorcised him for me in a way»; «and that felt like a really massive loss to me». La formulación de que la experiencia «la privó de mantener conversaciones imaginarias» y de que su padre «vive en ChatGPT» son paráfrasis periodísticas de su testimonio.

Elaine Kasket (Centre for Death and Society, University of Bath), en el mismo reportaje: «Normal loss is being pathologized and products are being sold to solve for it, and I find that amoral»; y su defensa de que lo que consuela en el duelo es asunto de cada persona.

Sobre el estado de la evidencia, los estudios disponibles son exploratorios o conceptuales, no clínicos. Jack Manuel Manning, Daniel Sullivan, Dylan Thomas Doyle, Anthony T. Pinter y Jed R. Brubaker, «Designing Conversations with the Dead: How People Engage with Generative Ghosts», Proceedings of the 2026 ACM Designing Interactive Systems Conference (DOI 10.1145/3800645.3813090): estudio cualitativo con 16 participantes autoseleccionados y una interacción breve; no evalúa efectos clínicos ni longitudinales. Jiachun Lu et al., «Exploring public perceptions of artificial intelligence in bereavement support: a qualitative study of griefbots», Frontiers in Digital Health, vol. 8, 1 de junio de 2026 (DOI 10.3389/fdgth.2026.1852514): 25 participantes sobre percepciones, no resultados longitudinales; concluye que los griefbots «were perceived as neither inherently beneficial nor inherently harmful».

Sobre los vínculos continuos («continuing bonds»): Helen Hewson, Niall Galbraith, Claire Jones y Gemma Heath, «The impact of continuing bonds following bereavement: A systematic review», Death Studies, vol. 48, n.º 10, 2024, pp. 1001-1014 (DOI 10.1080/07481187.2023.2223593). La revisión, sobre 79 estudios, concluye que la literatura no permite confirmar de manera general que conservar el vínculo sea más beneficioso que abandonarlo: identifica tanto consuelo como malestar, con efectos dependientes del contexto. Hablar interiormente con quien se fue no es por sí solo un duelo patológico, pero sus efectos no son uniformes. La distinción entre el vínculo interior y su externalización en un sistema comercial es interpretación del autor, no una conclusión clínica.

Las declaraciones proceden del reportaje original de CBC News; su literalidad se comprobó también en la republicación íntegra de la misma pieza en Yahoo News UK.


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