La expresión es tan común que ya no la oímos: trabajar por amor al arte. Significa, literalmente, trabajar gratis. Y describe con una precisión incómoda cómo se sostiene buena parte del sector cultural, incluido el trabajo de muchas fundaciones. No lo digo desde fuera: lo digo desde una organización con presupuesto ajustado, que conoce de cerca la tentación de pagar en experiencia, en currículum, en visibilidad, cuando no se puede pagar en dinero.
Los datos dibujan un sector con una anomalía característica. Reúne niveles altísimos de motivación —gente que ama lo que hace, que ha estudiado años para hacerlo— sobre estructuras laborales de una fragilidad notable: autoempleo muy por encima de la media, intermitencia, proyectos cortos, ingresos irregulares, y una normalización del trabajo no pagado o mal pagado que en casi cualquier otro sector se consideraría escandalosa. Las prácticas no remuneradas son la puerta de entrada habitual; el “ya te pagaré en contactos” es moneda corriente.
Lo interesante es el mecanismo que lo justifica, porque es sutil y funciona muy bien. La vocación, la pasión, el amor al oficio se convierten en el argumento que legitima la falta de remuneración. Si haces lo que amas, ¿de qué te quejas? Si además te da visibilidad, ¿no es eso ya una forma de pago? Varias investigadoras han desmontado esta lógica con nombres precisos: el trabajo apasionado que traslada al individuo todo el riesgo, el trabajo aspiracional orientado a una recompensa futura que rara vez llega, el trabajo libre que es voluntario y explotado a la vez. La pasión, que debería ser un derecho, se ha convertido en la herramienta con la que se abarata el trabajo de quien la tiene.
Y hay un filtro que casi nunca se nombra. El trabajo gratuito no lo pueden permitir todos por igual. Quien tiene apoyo familiar, ahorros, una casa en una ciudad con oferta cultural o simplemente tiempo, puede encadenar prácticas no pagadas y esperar a que llegue la oportunidad. Quien no, se queda fuera, o entra en condiciones subordinadas. Así, lo que parece una fase natural del principio de carrera funciona en realidad como un mecanismo de selección por clase social: el sector cultural, que se piensa a sí mismo abierto y diverso, se estrecha en la práctica hacia quienes pueden costearse trabajar gratis. La diversidad que proclamamos la contradice la puerta por la que se entra.
Visto con el vocabulario que vengo usando en otros textos, el trabajo cultural no remunerado es una extracción de reconocimiento futuro. Se acepta no cobrar hoy porque se promete algo mañana: visibilidad, contactos, portfolio, legitimidad, acceso. A veces la promesa se cumple. Muchas veces no, y entonces lo que hubo fue simplemente trabajo aprovechado. La frontera entre una oportunidad real y una explotación amable es fina, y depende de si esa promesa se traduce alguna vez en derechos y remuneración.
Decir esto desde una fundación con recursos limitados me obliga a la honestidad, no a la impostura. No pretendo que pagar bien sea fácil cuando el dinero no está; sé que a menudo no está. Pero una cosa es no poder y otra es normalizar el no pagar como si fuera parte del encanto del sector. Nombrar la tentación es el primer antídoto contra ella. Y hay decisiones que sí están en nuestra mano aun con presupuesto corto: no llamar “colaboración” a lo que es trabajo, no vender visibilidad como si fuera salario, reconocer y dignificar lo que no siempre se puede remunerar, y pelear por poder remunerarlo.
Porque aquí está lo que me importa defender: pagar por el trabajo cultural, aunque sea modestamente, no es solo una cuestión económica. Es una manera de afirmar que ese trabajo vale. El sector defiende fatal su propio valor cuando acepta que se haga gratis; cada vez que lo hace, le está diciendo al mundo que puede prescindir de pagarlo. Reconocer que el amor al arte no debería costar el sustento de quien lo siente no es pedir un privilegio. Es, sencillamente, tratar la cultura como un trabajo. Que es lo que es.
Sobre la conversación abierta
Este texto forma parte de mi subserie Arte y sociedad, que examina con honestidad, y desde dentro, las condiciones reales del trabajo cultural; aquí, cómo la vocación se usa para abaratar el trabajo de quien la tiene, y a quién deja fuera. Si alguien quiere intervenir desde la sociología del trabajo, la economía de la cultura o la organización laboral del sector, el cuaderno sigue abierto.
Fuentes
Eurostat. Culture statistics — cultural employment. Datos 2024.
Holt-White, Erica y Carl Cullinane. Unpaid and Underpaid Internships. Sutton Trust, 2025.
Brook, Orian, Dave O’Brien y Mark Taylor. Panic! Social Class, Taste and Inequalities in the Creative Industries. 2018.
McRobbie, Angela. Be Creative: Making a Living in the New Culture Industries. Polity, 2016.
Duffy, Brooke Erin. (Not) Getting Paid to Do What You Love. Yale University Press, 2017.
Terranova, Tiziana. “Free Labor: Producing Culture for the Digital Economy”. Social Text 18, n.º 2 (2000).
