Medical Journal of Australia publicó, en junio de 2026, un estudio longitudinal con 1.195 participantes de Melbourne reclutados a través de escuelas y seguidos desde la infancia hasta los diecinueve años. Entre los doce y los dieciocho declararon cada año cuánto tiempo pasaban en redes sociales, y su salud mental se midió en la ola anual siguiente. Los datos llegan hasta 2022, antes de que Australia prohibiera las cuentas a menores de dieciséis años.
En el contraste principal, quienes declaraban más de dos horas diarias frente a quienes declaraban menos de una presentaban al año siguiente un riesgo estimado ligeramente mayor de síntomas depresivos altos y de bienestar bajo. La diferencia absoluta fue de 6,3 casos por cada cien en síntomas depresivos y de 4,9 en bienestar bajo.
No son adolescentes a los que las redes hayan causado un problema. Son diferencias estimadas entre dos grupos de uso, después de aplicar el modelo estadístico del estudio. Tampoco convierten las dos horas en una frontera clínica: la investigación no demuestra que una persona pase de estar protegida a estar en riesgo cuando cruza ese punto.
Las asociaciones fueron mayores al comienzo de la adolescencia. La estimación más alta fue la de síntomas depresivos en las chicas de doce y trece años que declaraban más de dos horas: 10,8 casos adicionales por cada cien respecto del grupo de menos de una hora. Su intervalo de confianza, de 2,7 a 18,9, recuerda que el valor exacto es incierto y que los análisis por edad y sexo trabajan con grupos más pequeños.
Me he dedicado durante muchos años a la comunicación digital y al sector tecnológico. Leo el estudio desde el conocimiento de las plataformas, no desde la práctica clínica ni la investigación en salud mental.
Qué mide el estudio
Mide asociaciones en el tiempo, no una causa demostrada. La exposición es la duración diaria que cada adolescente decía dedicar a las redes, no un registro sacado de sus dispositivos. Tampoco distingue entre plataformas, actividades o contextos: una hora hablando con amistades, una hora publicando contenido propio y una hora de vídeos recomendados cuentan igual.
Los resultados también proceden de cuestionarios. Síntomas depresivos, ansiedad, bienestar y autolesiones se evaluaron con las respuestas de los participantes. En el conjunto de la adolescencia, las asociaciones que el artículo destaca son las de síntomas depresivos altos y bienestar bajo, y no deben extenderse sin más al resto de resultados estudiados.
Los modelos ajustaron, entre otras variables, por la salud mental y el uso de redes previos, el acoso entre iguales, el apoyo parental, el sueño, la actividad física, la edad, el sexo, el país de nacimiento y la situación socioeconómica. Además, completaron los datos ausentes mediante imputación múltiple: a 945 participantes, el 79,1 %, les faltaba algún dato en al menos una variable a lo largo de las once olas.
Ese trabajo estadístico mejora la comparación, pero no convierte una cohorte observacional en un experimento. Pueden quedar diferencias no observadas o medidas de forma incompleta. Y la relación puede funcionar en las dos direcciones: el estudio ordena exposición y resultado en años consecutivos y ajusta por medidas previas, pero no descarta del todo que el malestar lleve a usar más las redes.
Dicho con rigor: bajo los supuestos del modelo, declarar más de dos horas diarias se asoció con pequeños aumentos posteriores del riesgo estimado de dos resultados concretos, en comparación con declarar menos de una.
Antes de la ley
Los datos terminaron en 2022, antes de las restricciones australianas que entraron en vigor el 10 de diciembre de 2025. Desde esa fecha, las plataformas incluidas no pueden permitir que menores de dieciséis años creen o mantengan cuentas, y deben adoptar medidas razonables para impedirlo.
La norma no impide necesariamente ver contenido público sin iniciar sesión. Y el estudio no la evalúa: no permite saber si la restricción reducirá los riesgos observados, si trasladará parte del uso a servicios no incluidos o si tendrá efectos distintos según la edad y el contexto.
El propio Murdoch Children’s Research Institute participa en otra investigación que sigue a adolescentes antes y después de la entrada en vigor de la restricción. Esa sí podrá aportar evidencia sobre sus efectos. El estudio de 2026 solo describe lo que pasaba antes.
Tres preguntas a separar
La discusión pública tiende a juntar tres preguntas:
- A qué edad debe permitirse una cuenta. Es la pregunta de la norma australiana.
- Cuánto tiempo se usa una plataforma. Es lo que mide el estudio.
- Qué características del sistema producen o intensifican determinados usos. Es una cuestión de diseño que el estudio no observa.
Están relacionadas, pero una no responde por las otras. Una restricción de edad puede reducir el acceso con cuenta sin tocar ningún mecanismo de recomendación, notificación o recompensa. Y recomendar menos tiempo no dice qué uso hay que reducir ni qué parte resulta dañina.
Los autores consideran que los resultados apoyan políticas que mitiguen posibles efectos adversos, con atención especial a la adolescencia temprana. El resumen de investigación de Emerging Minds menciona educación, orientación a las familias y salvaguardas en las plataformas. Pero el estudio no compara esas intervenciones, así que no permite ordenarlas por eficacia.
Las horas y el diseño
A mi juicio, las horas se imponen en el debate porque son fáciles de medir. Pueden contarse, compararse y convertirse en recomendaciones. El diseño es más difícil de aislar: intervienen el orden de los contenidos, la reproducción automática, las notificaciones, el desplazamiento infinito, las métricas públicas, la personalización y los incentivos comerciales. Este estudio no permite atribuir un efecto a ninguno de esos elementos.
Eso no vuelve irrelevante el tiempo. Si la asociación aparece al comparar duraciones, reducir la exposición es una hipótesis razonable de intervención. Pero convertirla de inmediato en responsabilidad individual deja sin examinar cómo se fabrica esa exposición. Las dos preguntas tendrían que avanzar juntas: cuánto tiempo se usa y qué hace el sistema para conseguirlo.
Es el argumento que sostuve en «Tecnología de masas y consumo ético»: en infraestructuras de esta escala, la capacidad de una persona o una familia para decidir existe, pero opera dentro de opciones organizadas por el diseño, el modelo de negocio y la regulación.
Esto no quita responsabilidad a las familias ni rebaja un resultado que merece atención, si bien hay que reseñar que una ley sobre la edad de acceso, una recomendación sobre el tiempo y una norma sobre el diseño son intervenciones distintas. El estudio aporta evidencia limitada sobre la segunda y contexto para discutir la primera. Sobre la tercera deja abierta la pregunta decisiva.
Qué faltaría medir
Para acercarse al diseño harían falta datos que separasen, al menos:
- La plataforma y el tipo de cuenta.
- La actividad que se hace.
- El contenido elegido y el recomendado.
- El uso activo y el consumo pasivo.
- La interacción con personas conocidas y desconocidas.
- El horario, las interrupciones y el sueño perdido.
- Las notificaciones y las sesiones que abren.
- Las experiencias positivas, el acoso y el contenido dañino.
- Los registros de uso del dispositivo, junto a lo que declaran los participantes.
Ninguna variable resolvería el problema por sí sola. Pero permitirían dejar de tratar como iguales formas de uso que probablemente no lo son.
Sobre la conversación abierta
Este texto continúa la línea del Cuaderno público sobre infraestructuras digitales y responsabilidad estructural. Trata una investigación sobre salud mental adolescente sin pretender dar consejo clínico. Si el tema te afecta o lo vives de cerca, hablar con un profesional de la salud puede ayudar.
Si trabajas en psicología del desarrollo, salud pública, epidemiología o diseño de plataformas y puedes precisar un dato o discutir esta lectura, este cuaderno sigue abierto: escríbeme.
Fuentes
Australian Government, Office for Youth, «Social media age restrictions».
