Ilustración minimalista en tonos papiro cálido y grafito, vista en perspectiva oblicua. En el centro reposa una obra poligonal; de ella salen muchas copias idénticas más pequeñas que se dispersan por el espacio, como si se difundieran libremente. Pero cada copia dispersada sigue unida al original central por un hilo o filamento poligonal fino y tenso, de modo que todas las copias esparcidas continúan atadas a la única fuente del centro. Libertad aparente, control conservado. Los hilos son sutiles pero inconfundibles. El suelo se aleja hacia un punto de fuga bajo.

Cuaderno público

Quién guarda la llave

En febrero de 2017 el Metropolitan de Nueva York puso en internet más de trescientas setenta y cinco mil imágenes de su colección para usar, compartir y remezclar sin restricción. Hoy pasan de cuatrocientas noventa mil. El Smithsonian abrió en 2020 con casi tres millones de piezas digitales y hoy supera los cinco millones, en dos y tres dimensiones. El Rijksmuseum lleva desde 2013 regalando en alta resolución sus obras de dominio público. El Art Institute de Chicago ofrece más de cincuenta mil imágenes libres. La palabra que acompaña siempre estos anuncios es la misma: democratización. El arte, por fin, es de todos.

Es una buena noticia y la celebro sin reservas antes de complicarla. Que cualquiera pueda descargar en alta resolución un Vermeer o un sarcófago egipcio, usarlo, imprimirlo, estudiarlo o rehacerlo, sin pedir permiso ni pagar, es un avance real respecto al régimen anterior, donde cada reproducción exigía una solicitud y a menudo una tarifa. No voy a fingir que esto da igual. Da mucho, y en la dirección correcta.

Pero la palabra democratización esconde un salto a tener en cuenta, porque no es lo que parece. Cuando un museo dice que democratiza su colección, sugiere que reparte algo que antes retenía, que cede poder. Y lo que reparte, en realidad, es la copia. No el poder. Son dos cosas distintas, y la diferencia es el asunto de este texto.

Empecemos por lo que ninguno de estos museos ha hecho: abrir toda su colección. Liberan lo que consideran de dominio público o aquello sobre lo que pueden renunciar a derechos. Queda fuera la obra aún protegida, los préstamos, las fotografías con contrato, el material culturalmente sensible, los restos humanos, los objetos de comunidades indígenas, y todo lo que sencillamente no han digitalizado todavía, por presupuesto, por prioridad o porque no han hecho una buena foto. El propio Rijksmuseum lo formula con una honestidad que agradezco: su archivo es “tan abierto como sea posible y tan cerrado como sea necesario”. La frase reconoce lo que el titular oculta. Hay una puerta, y alguien decide cuánto se abre.

Y decidir cuánto se abre es solo el primero de los controles que el museo conserva intactos. Decide también qué se digitaliza primero y qué espera años en un almacén. Decide con qué resolución: no es lo mismo un archivo que permite estudiar cada grieta que una miniatura que solo sirve para identificar la obra. Decide, sobre todo, cómo se nombra cada pieza: qué título, qué autor, qué fecha, qué cultura, qué palabras clave, qué relaciones con otras obras. Esa catalogación, que parece un dato neutro, es una interpretación. Fija quién hizo qué, a qué tradición pertenece, cómo debe buscarse y encontrarse. El usuario recibe la imagen libre, sí, pero envuelta en una descripción que no ha elegido y que orienta cómo la entiende.

No lo digo yo solo. La museología lleva más de una década señalándolo. Un estudio sobre el British Museum y otras instituciones británicas concluía que las relaciones de poder y autoridad propias del museo nacional siguen dominando en sus colecciones digitales. Otros investigadores insisten en que las decisiones de qué se digitaliza, cómo se clasifica y qué metadatos se añaden son decisiones políticas con consecuencias políticas. Digitalizar no es copiar un objeto y soltarlo al mundo. Es producir una versión seleccionada y estructurada, y presentarla como la versión autorizada.

Está, por último, la prueba que me resulta de mayor interés, pues es la que suele darse como demostración de que la democratización ocurrió de verdad: las cifras de uso. El Smithsonian informó de que en su primer año, 2020, su archivo abierto tuvo treinta y cinco millones de visualizaciones y un millón setecientas mil descargas. Son números enormes, y reales. Pero miremos qué prueban exactamente. Prueban que hubo circulación y actividad. No dicen cuántas personas distintas descargaron, ni de qué países, ni con qué renta, ni con qué formación, ni si eran precisamente los grupos que antes quedaban fuera. Un archivo puede tener millones de descargas y que la inmensa mayoría venga de quien ya tenía acceso al arte por mil otras vías: investigadores, diseñadores, instituciones, el mundo que ya estaba dentro. Democratizar no es que las descargue mucha gente el material; es que lo haga otra gente, y eso las cifras no lo dicen.

Entonces, ¿qué ocurre de verdad cuando un museo abre su archivo? No cede su autoridad: la extiende. Antes, esa autoridad se ejercía dentro del edificio, sobre quien cruzaba la puerta física. Ahora viaja con cada imagen descargada, con su título, su ficha, su recorte, su resolución, a cualquier pantalla del mundo. La versión del museo sobre qué es cada obra, cómo se llama y a qué pertenece se convierte en la versión por defecto, la que aparece primero, la que se reproduce y se cita. El museo no ha repartido su poder de decir qué son las cosas. Lo ha hecho ubicuo. Regala la copia y conserva, ahora a escala planetaria, la llave de su significado.

No pido que los museos cierren sus archivos, faltaría más: la apertura es un bien y hay que defenderla. Pido que no confundamos el regalo con lo que no se regala. Tener la imagen no es lo mismo que tener voz sobre lo que la imagen dice ser. Lo primero ya lo tenemos, y está bien. Lo segundo sigue donde estaba. Y mientras “democratizar” nombre solo la copia y no la interpretación, seguiremos celebrando que nos den la llave de la casa sin notar que es la llave de una habitación, y que quien guarda la del resto no ha soltado el llavero.

Sobre la conversación abierta

Este texto parte de algo que celebro, la apertura de las colecciones de grandes museos, para preguntar qué reparte exactamente esa apertura y qué conserva. Sostengo, con parte de la museología reciente, que abrir el acceso a las reproducciones no distribuye por sí solo la autoridad para decidir qué es cada obra, cómo se nombra y qué queda fuera. Distingo el acceso jurídico y técnico, que ha crecido de verdad, del uso social efectivo y de la capacidad de intervenir en la interpretación, que son otra cosa. Si alguien quiere intervenir desde la museología, la gestión de colecciones, los estudios digitales del patrimonio o la práctica artística con estos archivos, este cuaderno sigue abierto.

Fuentes

The Metropolitan Museum of Art, programa Open Access (desde el 7 de febrero de 2017; más de 492.000 imágenes bajo CC0) y anuncio de modelos 3D (26 de febrero de 2026).

Smithsonian, Open Access (desde el 25 de febrero de 2020; más de 5,1 millones de elementos 2D y 3D) y balance del primer año (35 millones de visualizaciones y 1,7 millones de descargas en 2020).

Rijksmuseum, Rijksstudio e Information and Data Policy (formalizada en octubre de 2024). Art Institute of Chicago y Cleveland Museum of Art, programas de Open Access.

Museo Reina Sofía, LaDigitaldelReina (acceso digital selectivo, no política CC0 integral).

Fouseki, K. y Vacharopoulou, K., «Digital Museum Collections and Social Media» (Journal of Conservation and Museum Studies, 2013); Zaagsma, G., «Digital History and the Politics of Digitization» (Digital Scholarship in the Humanities, 2022); Arantes, P., «Museums in Dispute» (Arts, 2025).

Walsh, D., Hall, M. M., Clough, P. y Foster, J., «Characterising Online Museum Users» (2018), sobre National Museums Liverpool.


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