Ilustración minimalista en tonos papiro cálido y grafito, vista en perspectiva oblicua. Una forma esférica poligonal, un globo envuelto solo en una retícula abstracta de celdas cuadrangulares, sin continentes, países ni fronteras reconocibles, se sitúa en la parte alta de la escena, íntegra. De ella, la malla se despliega o proyecta hacia abajo sobre un plano, y al hacerlo la retícula se deforma visiblemente: en una zona las celdas se estiran y agrandan, en otra se comprimen y encogen; la distorsión es desigual, visible e inevitable. La esfera entera arriba y su aplanamiento deformado abajo, juntos, dicen una sola cosa: aplanar la esfera siempre deforma algo. Es solo una retícula abstracta, nunca un mapa real. El plano se aleja hacia un punto de fuga bajo.

Cuaderno público

No hay mapa neutro

Hace exactamente 504 años, el 6 de septiembre de 1522, un barco llamado Victoria llegó a Sanlúcar con dieciocho supervivientes de una expedición que había salido con más de doscientos. Al mando venía Juan Sebastián Elcano y con esa llegada se completaba la primera vuelta al mundo. No demostraron que la Tierra fuera redonda —eso se sabía desde la Antigüedad—, pero sí que era navegable entera, que los océanos se conectaban, que se podía dar la vuelta al planeta y volver al punto de partida. A partir de ahí, había que dibujar ese mundo redondo sobre el papel plano de una carta de navegación. Y ese gesto —aplanar una esfera— encierra un problema que esta misma semana ha llegado hasta la Asamblea General de la ONU.

El problema es geométrico y no tiene solución perfecta: una esfera no se puede desplegar sobre un plano sin deformarla. Es imposible y no por falta de ingenio sino por matemática. Cualquier mapa del mundo entero miente en algo: en el tamaño, en la forma, en las distancias o en las direcciones. No hay mapa neutro, solo hay elecciones sobre qué mentira aceptas a cambio de qué verdad. Y la elección que ha gobernado nuestra imagen del mundo durante casi cinco siglos tiene nombre: la proyección de Mercator, dibujada en 1569, precisamente para navegar.

Mercator hizo una elección concreta y sensata para su época. Su mapa conserva los ángulos: una línea recta trazada sobre él es un rumbo constante, y eso permitía a un marino poner la proa en una dirección y mantenerla. Para navegar, es utilísimo. Pero esa fidelidad a los ángulos se paga con una infidelidad al tamaño, que crece a medida que te alejas del ecuador y se dispara hacia los polos. En el mapa de Mercator, Groenlandia parece tan grande como África. En la realidad, África es unas catorce veces mayor. Rusia parece descomunal, Canadá y el norte de Europa se hinchan, y todo lo que está cerca del ecuador —África entera, buena parte de Sudamérica, el sur de Asia— aparece relativamente pequeño. No es que Mercator encoja esas tierras: es que agranda las otras. Pero el efecto en el ojo es el mismo: el mundo que hemos mirado durante generaciones tiene el norte inflado y el centro reducido.

Esta semana la Asamblea General de la ONU ha aprobado una resolución, impulsada por Togo en nombre de los países africanos, que recomienda dejar de usar Mercator en los libros de texto, atlas y webs oficiales, para emplear en su lugar proyecciones que respeten el tamaño real de los continentes, como una reciente llamada Equal Earth. La resolución no prohíbe nada ni es de obligado cumplimiento: recomienda. Pero hace algo convierte en una decisión consciente lo que durante siglos fue un hábito que nadie decidió. Durante quinientos años, Mercator ha sido la imagen del mundo por defecto, y nadie votó nunca para elegirla. Se impuso por costumbre, por comodidad de imprenta, por inercia, y últimamente porque es la que usan por defecto los mapas del móvil. Ahora, por primera vez, alguien pregunta en voz alta: ¿por qué miramos el mundo así, y no de otra manera?

Equal Earth no es «el mapa verdadero» que por fin sustituye al falso. No existe tal mapa verdadero. Equal Earth hace la elección contraria a Mercator: conserva el tamaño de los continentes, pero a cambio deforma sus formas. Es tan parcial como Mercator, solo que sacrifica otros detalles. La discusión es entre dos maneras de repartir una distorsión inevitable, y sobre cuál nos sirve según para qué. Ninguna dice la verdad entera. Para navegar, Mercator sigue siendo insustituible. Para enseñar a un niño qué tamaño tiene África comparada con Europa, es engañoso. La cuestión es qué queremos que un mapa nos diga y qué estamos dispuestos a que nos oculte a cambio.

Hay una capa política en todo esto. Los promotores de la resolución sostienen que ver África sistemáticamente empequeñecida durante siglos ha moldeado cómo se percibe su peso en el mundo, y en eso el hecho geométrico les da la razón: la distorsión es real y medible, no una impresión. La resolución salió con una mayoría amplísima, ciento sesenta y cuatro países a favor y uno solo en contra, Estados Unidos; algunos otros se abstuvieron por motivos concretos, y la propia resolución aclara que no toca fronteras. Ese debate diplomático tiene su propio terreno. Lo mío es lo de más atrás: que una manera de representar el mundo, repetida el tiempo suficiente, deja de parecer una elección y empieza a parecer el mundo. Dejamos de ver el mapa y creemos ver la Tierra.

Es, a otra escala, el mismo problema que plantea un cuadro ante el que hay que moverse para verlo entero: ninguna posición reúne todo lo visible, y ver una cosa cuesta dejar de ver otra. Solo que aquí la posición no la elige cada espectador delante de una pintura. La elegimos todos hace cinco siglos y sin votarlo. Porque eso es lo que hace la costumbre con cualquier representación: la vuelve invisible. Nadie mira un planisferio de Mercator y piensa «esto es una de las muchas maneras posibles de aplanar una esfera, con sus ventajas y sus deformaciones». Lo miramos y pensamos «así es el mundo». La representación se ha comido a lo representado. Y lo que la resolución de la ONU consigue, más allá de si se aplica o no, es volver a hacer visible la elección: recordarnos que detrás de cada mapa hay alguien que decidió qué conservar y qué deformar, y que esa decisión tomada hace cinco siglos para ayudar a los barcos sigue diciéndonos en silencio dónde está el centro del mundo y dónde el margen. Aplanar una esfera siempre deja algo distorsionado. La única pregunta abierta es quién elige qué, y por qué llevábamos tanto tiempo sin darnos cuenta de que se había elegido.

Sobre la conversación abierta

Este texto parte de una noticia de esta semana, la resolución de la ONU (4 de septiembre de 2026) que recomienda abandonar la proyección de Mercator en la enseñanza y las webs oficiales, para pensar algo que la excede: que no existe el mapa neutro, que toda proyección elige qué conservar y qué distorsionar, y que una representación repetida el tiempo suficiente deja de parecer una elección y empieza a parecer el mundo. Distingo el hecho geométrico (ninguna proyección plana lo conserva todo; Mercator es fiel a los ángulos, Equal Earth al área) de la interpretación, evito presentar ningún mapa como «el verdadero», y dejo fuera, a propósito, el arbitraje de la capa política y diplomática de la resolución, que tiene su propio terreno. Si alguien quiere intervenir desde la cartografía, la geografía o la teoría de la representación, este cuaderno sigue abierto.

Fuentes

Resolución de la Asamblea General de la ONU A/RES/80/307 (4 de septiembre de 2026), «Correct the map», impulsada por Togo en nombre del Grupo Africano y respaldada por la Unión Africana; aprobada por 164 votos a favor, 1 en contra (Estados Unidos) y 6 abstenciones; no vinculante; no prohíbe Mercator. UN News, «Stop making Africa look small».

Proyecciones: la de Mercator (Gerardus Mercator, 1569) es conforme (conserva ángulos, convierte rumbos constantes en rectas, distorsiona áreas hacia los polos); Equal Earth (B. Šavrič, T. Patterson, B. Jenny, 2018) es equiárea (conserva las proporciones de superficie, no las formas). Artículo «The Equal Earth map projection», International Journal of Geographical Information Science; Encyclopaedia Britannica, «Mercator projection».

Distorsión: África (~30,3 millones de km²) es unas 14 veces mayor que Groenlandia (~2,17 millones); dato recogido por la ONU. La cartografía profesional emplea otras proyecciones (Robinson, Winkel Tripel) para planisferios generales desde hace décadas.

Elcano: la nao Victoria llegó a Sanlúcar de Barrameda el 6 de septiembre de 1522, completando la primera circunnavegación documentada (Fundación Elkano). La esfericidad de la Tierra se conocía desde la Antigüedad.


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