Procuro no mirar los likes de lo que publico ni las estadísticas. No es una regla solemne ni una penitencia, es una costumbre que me impongo porque la tentación de mirar aparece varias veces al día. Y durante un tiempo me conté a mí mismo que lo hago para no acabar escribiendo lo que nos gusta en vez de lo que quiero.
No mirar las cifras no me aísla de los demás. Siguen llegándome señales por todas partes: el comentario y el silencio elocuente, quién me escribe y quién no, qué me proponen. Ya hay una idea aprendida de qué funciona y qué no, una intuición formada por años de ver reacciones. Aunque tapara todos los contadores del mundo, esa voz seguiría susurrando qué tema interesa. No mirar no me vuelve sordo; me ahorra su forma más inmediata y repetitiva, el número que sube o no sube en tiempo real.
También es fácil convertir «no miro los likes» en una medalla, en una vanidosa prueba de que uno es más auténtico, más libre, más íntegro que quien sí los mira. Y es falso. De hecho, hay toda una industria de la autenticidad, gente que ha hecho de «yo soy de los que no se venden» su marca, su producto más vendible. Se puede escenificar la independencia, comercializarla, cultivar la pose del que está por encima del mercado precisamente para tener más mercado. Así que no, no mirar no me hace auténtico. En el mejor de los casos me protege de un riesgo concreto.
La conocidad ley de Goodhart, en su versión popular, dice que cuando una medida se convierte en objetivo deja de ser una buena medida. El ejemplo clásico está fuera de la cultura: si un banco central vigila un indicador económico y luego decide usar ese mismo indicador como meta a alcanzar, el indicador se deforma porque todos empiezan a optimizarlo en lugar de perseguir lo que medía. La cifra deja de reflejar la realidad y pasa a sustituirla.
No me creo que las métricas «corrompan» el arte. Las cifras no corrompen automáticamente, introducen un incentivo que trabaja despacio por debajo de la conciencia. No es que un día decidas venderte. Es que, sin darte cuenta, empiezas a tener un poco más de ganas de escribir, pintar, fotografiar, exponerte sobre lo que la última vez funcionó y un poco menos sobre lo que cayó en silencio. Nadie obliga, te vas inclinando. Y al cabo de un tiempo tu obra se ha desplazado hacia donde estaba la recompensa, sin traición, solo una larga sucesión de pequeñas cesiones que por separado no significaban nada.
Hay investigación prudente sobre esto, no apocalíptica. Se ha estudiado cómo los creadores en las plataformas desarrollan teorías sobre qué premia el algoritmo y adaptan sus temas, su frecuencia, sus formatos a lo que creen que da visibilidad, a veces sin saber siquiera si aciertan sobre cómo funciona el sistema. Pero los mismos estudios avisan de dos cosas. Una, que el algoritmo estructura la conducta pero no la determina: la gente negocia con él, lo esquiva, lo usa. Y otra, que adaptarse no es siempre venderse. A veces es oficio, es aprender a comunicar, es ganarse la vida dignamente. Un artista que ajusta parte de lo que hace a su público puede estar haciendo su trabajo, no traicionándolo. Por eso no mantener que «los que miran los números están perdidos y yo me estoy salvando» sería falso y soberbio.
Entonces, ¿qué me queda despojado de la coartada de la autenticidad y del desprecio al que mira? La cifra tiene una cualidad venenosa, es inmediata, comparable, y llega antes de que yo haya terminado de pensar si lo que hice valía la pena. Apartarla no me purifica, tan solo me da un poco de tiempo, un margen en el que el juicio sobre mi propio trabajo no lo dicte el marcador. Es higiene, no virtud. Cuido mi atención como quien no deja el móvil en la mesa mientras habla con alguien: no porque sea mejor persona sino porque conozco mi debilidad.
Una medida puede ser útil mientras sea una medida, una señal entre otras, mirada de reojo y con desconfianza. Me resulta peligrosa el día en que se convierte en el fin, en la razón misma de hacer las cosas. No he encontrado la manera de que los números no existan, ni quiero. Me importa que me vean; solo intento que esos números no lleguen tan pronto ni pesen tanto como para responder ellos, antes que yo, a la única pregunta que me interesa: si esto valía la pena soltarlo, lo vea quien lo vea.
Sobre la conversación abierta
Este texto parte de una costumbre personal, no mirar las métricas de lo que publico, para pensar algo que la excede: qué ocurre cuando una medida se convierte en objetivo. Me apoyo en la ley de Goodhart y en la investigación sobre plataformas y trabajo creativo, y me obligo a desmontar dos autoengaños cómodos: que no mirar libra de la influencia ajena (no lo hace) y que prueba autenticidad (tampoco). No sostengo que las métricas corrompan ni que quien las mira se equivoque; solo que, convertidas en fin, deciden demasiado pronto. Si alguien quiere intervenir desde la economía de la atención, la sociología de las plataformas o la práctica creativa, este cuaderno sigue abierto.
Fuentes
Ley de Goodhart: Charles A. E. Goodhart, «Problems of Monetary Management: The U.K. Experience» (1975). La formulación popular «cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida» procede de la difusión posterior, asociada a Marilyn Strathern, «“Improving ratings”: audit in the British University system», European Review (1997), no de la redacción literal de Goodhart.
Ley de Campbell: Donald T. Campbell, Assessing the Impact of Planned Social Change (1976).
Plataformización de la producción cultural: David B. Nieborg y Thomas Poell, «The platformization of cultural production», New Media & Society (2018).
Trabajo de visibilidad y adaptación algorítmica: Sophie Bishop, «Managing visibility on YouTube through algorithmic gossip», New Media & Society (2019); Kelley Cotter, «Playing the visibility game», New Media & Society (2019).
Precariedad del trabajo creativo en plataformas: Brooke Erin Duffy et al., «The Nested Precarities of Creative Labor on Social Media», Social Media + Society (2021).
Como analogía, no como fundamento directo: Elisabeth Noelle-Neumann, «The Spiral of Silence: A Theory of Public Opinion», Journal of Communication (1974); libro en inglés, University of Chicago Press (1984).
