Cuando te pones delante de un cuadro de Van Gogh en un museo das por hecho que ves lo que él pintó. Es una suposición razonable y, en parte, falsa. Buena parte de lo que miras es suyo: la composición, la materia espesa de la pintura, la dirección de cada pincelada, el empaste. Pero algunos de los colores ya no son los que él puso. No porque nadie los haya tocado, sino porque la química no se detuvo el día en que él dejó el pincel. El cuadro ha seguido cambiando, solo, durante más de un siglo.
El caso mejor documentado son las lacas rojas. Van Gogh usó pigmentos rojos hechos con colorantes orgánicos: la cochinilla, la eosina. Tienen una debilidad: la luz los descompone. Con las décadas, ese rojo se va, y al irse desordena todas las mezclas en las que entraba. Donde mezcló rojo con azul para lograr un violeta, hoy queda solo el azul. Donde mezcló rojo con blanco para un rosa, hoy queda un blanco sucio. En El dormitorio, el cuadro de su cuarto de Arlés, las paredes que hoy vemos azuladas él las pintó de un violeta pálido, y las puertas, lilas. No lo deducimos: lo escribió. En una carta a su hermano Theo, en octubre de 1888, describió la habitación color por color: «las paredes violeta pálido, las puertas lila». La carta y el cuadro ya no coinciden.
Lo inquietante es que él lo sabía. En otra carta, el mismo año, escribió que todos los colores que el impresionismo había puesto de moda eran inestables, y que precisamente por eso hay que usarlos crudos, sin miedo: el tiempo los suavizaría de todos modos. Van Gogh pintó consciente de que sus cuadros iban a apagarse. Aceptó pintar algo que sabía perecedero. No es una víctima del deterioro: contó con él, aunque probablemente no imaginó hasta qué punto.
Y no son solo los rojos. Algunos de sus amarillos, los de cromo, se oscurecen por una reacción del plomo con la luz y viran hacia el pardo. No todos por igual, porque usó variantes distintas: unas resisten mejor que otras, pero en algunas zonas el amarillo brillante que buscaba se ha vuelto una sombra parda. Sumado a los rojos idos, el resultado es que el equilibrio de color de ciertos cuadros, eso que en Van Gogh lo es casi todo, ya no es el que salió de su taller.
Aquí la ciencia intenta devolvernos lo perdido. Un gran proyecto de investigación, reunido en torno al Van Gogh Museum y concluido en 2017, analizó varias obras con rayos X, imagen hiperespectral, muestras microscópicas y hasta recreaciones físicas de pinturas siguiendo recetas del siglo XIX. Con todo eso hicieron reconstrucciones digitales de cómo pudieron ser los colores originales. Son un trabajo extraordinario. Pero la palabra que usan sus autores es simular, no recuperar. Y la distinción lo es todo. En muchas zonas los datos no bastaban para dar una única respuesta, y el equipo tuvo que tomar decisiones informadas, es decir, hipótesis fundadas. La reconstrucción no es el cuadro que Van Gogh vio: es la mejor conjetura disponible sobre ese cuadro, hecha con rigor y con honestidad sobre sus propios límites.
Esa honestidad es tremendamente valiosa. Sería fácil proyectar la reconstrucción en una pantalla y decir «así lo pintó él», y quedarnos tranquilos. Pero eso convertiría una estimación en un original falso, exactamente lo que la buena ciencia se niega a hacer. Lo que tenemos son dos cosas distintas y las dos verdaderas: el cuadro físico que cuelga hoy, con su color envejecido, y una hipótesis científica sobre su estado inicial. Ninguna de las dos es un engaño. La primera es la obra tal como el tiempo la ha traído; la segunda, un intento riguroso de imaginar su punto de partida.
Y de aquí saco una idea que va más allá de Van Gogh. Tendemos a pensar en un cuadro como un objeto fijo terminado el día en que el pintor firma. No lo es. Un cuadro es un proceso lento que sigue ocurriendo mucho después, en la oscuridad de los pigmentos que reaccionan, en la luz que los gasta, en el barniz que amarillea. La obra que vemos no es un momento congelado: es la suma de ese primer gesto del pintor y de todo lo que le ha pasado a la materia desde entonces. Cuando miramos un Van Gogh de hace más de un siglo no vemos un instante detenido en 1888. Vemos 1888 más todo lo que vino después, escrito en la propia pintura por una mano que no es la de nadie.
Sobre la conversación abierta
Este texto parte de un hecho verificado, el cambio de color de varias obras de Van Gogh por degradación de pigmentos, para pensar la obra de arte como un objeto material que tiene su propia historia después del artista. Distingo el hecho, qué pigmentos cambiaron y por qué, de la reconstrucción científica, que es una estimación fundada y no una recuperación exacta, y evito la generalización de que «no vemos ningún Van Gogh como lo pintó», que sería excesiva. Si alguien quiere intervenir desde la conservación, la química del arte o la historia de la pintura, este cuaderno sigue abierto.
Fuentes
Van Gogh Museum, proyecto REVIGO (REassessing VIncent van GOgh), concluido en 2017: simulación digital de los colores originales mediante XRF, imagen hiperespectral, micromuestras y recreaciones físicas; los autores hablan de «simular», no de «recuperar».
Estudios sobre la degradación de lacas rojas y del amarillo de cromo en obras de Van Gogh (análisis publicados en Heritage Science y otras revistas científicas; European Synchrotron Radiation Facility para el amarillo de cromo).
Correspondencia de Van Gogh: carta 705 a Theo (Arlés, 16 de octubre de 1888) sobre los colores de El dormitorio; carta de 1888 sobre la inestabilidad de los colores del impresionismo (vangoghletters.org).
Obras citadas: El dormitorio (1888), Campo con lirios cerca de Arlés (1888), serie Lirios y rosas (1890).
