Una sentencia de un tribunal federal estadounidense, de marzo de 2017, empieza con una frase que parece de fábula: «Por falta de una coma, tenemos este caso». No es una licencia literaria del juez, es la descripción de lo que había sobre la mesa. Un grupo de conductores de una empresa láctea de Maine, Oakhurst Dairy, reclamaba el pago de horas extra. Y si cobraban o no dependía, literalmente, de una coma que no estaba en la ley.
La ley de Maine enumeraba las tareas exentas de cobrar horas extraordinarias. Entre ellas, según el texto, estaban el envasado, el procesado, la congelación, el almacenamiento y, al final de la lista, «el empaquetado para el envío o distribución» de alimentos. La pregunta era: ¿«distribución» es una tarea exenta por sí misma o forma parte de «empaquetado para el envío o distribución», es decir, empaquetar ya sea para enviar o para distribuir? Parece una sutileza de gramático. Era una diferencia de dinero para más de cien familias. Los conductores distribuían los productos pero no los empaquetaban. Si «distribución» era una tarea exenta independiente, no cobraban horas extra. Si solo era una manera de empaquetar, sí las cobraban porque ellos no empaquetaban nada.
Toda la ambigüedad cabía en una coma ausente. En inglés, si la ley hubiera escrito «packing for shipment, or distribution», con una coma antes del «o», entonces «distribución» habría quedado claramente como tarea aparte y la empresa habría ganado. Sin esa coma, «shipment or distribution» podía leerse como un bloque, dos destinos del mismo empaquetado, y entonces ganaban los conductores. La coma que faltaba, esa coma que muchos manuales de estilo consideran opcional y hasta prescindible, era la diferencia entre dos sentidos incompatibles de la misma frase y entre cobrar o no cobrar.
Aquí hay que ser honesto y desmontar la versión que circuló por todas partes, que además es más interesante que repetirla. Se dijo que «una coma le costó cinco millones a la empresa», como si el signo de puntuación hubiera dictado sentencia solo. No fue así. El tribunal no falló por la coma sin más: declaró que la frase era ambigua y para desempatar aplicó un principio jurídico, que las excepciones a las leyes que protegen a los trabajadores deben interpretarse de forma restrictiva en favor del trabajador. La coma abrió la duda; el principio protector la cerró. Y los cinco millones no los impuso esa sentencia, llegaron después en un acuerdo de 2018 en el que la empresa además no admitió ninguna culpa. La realidad es menos redonda que el eslogan y por eso enseña más: no fue la coma la que decidió, fue lo que un tribunal hizo con la ambigüedad que la coma dejó abierta.
Un texto, cualquier texto, no lleva el sentido pegado como una etiqueta. El sentido se produce al leerlo y, si el texto es ambiguo, quien lo lee tiene que elegir entre lecturas posibles. Esa elección tiene efectos reales en el mundo. La ley no decía por sí sola lo que significaba. Necesitó un tribunal que decidiera cuál de sus dos lecturas valía y esa decisión determinó cuánto cobran ciento veintisiete personas. Pensamos que las leyes, los contratos, las instrucciones son órdenes claras que solo hay que obedecer. Pero están hechas de lenguaje y el lenguaje casi nunca es unívoco del todo. Siempre queda un margen donde el texto no decide por sí mismo y en ese margen entra quien interpreta.
No es un problema exclusivo de las leyes. Le pasa a cualquier texto que pretenda fijar algo de una vez para siempre. Un contrato entre dos empresas de telecomunicaciones en Canadá estuvo a punto de costarle a una de ellas cientos de miles de dólares por la posición de una coma que hacía dudar si el acuerdo podía romperse en cualquier momento o solo al final de cada periodo. La misma lección: quien redacta cree haber cerrado el sentido y basta una marca mínima o su ausencia para que el sentido vuelva a abrirse y haya que decidir de nuevo cuál es.
Lo que estos casos dejan al descubierto es que no existe el texto que se interprete solo. Escribir es intentar cerrar el sentido, fijarlo, blindarlo contra la duda. Y es un intento que siempre deja una rendija porque el lenguaje no es un código perfecto sino un material vivo lleno de juntas por donde se cuela la ambigüedad. Por eso hacen falta jueces que decidan qué dice una ley, editores que decidan qué quiso decir un autor y tantas figuras cuyo oficio es en el fondo el mismo: elegir entre los sentidos que un texto permite cuál va a valer. Esa coma ausente en Maine no era un descuido menor. Era el recordatorio de que entre lo que escribimos y lo que significa siempre hay alguien decidiendo y que esa decisión nunca es neutra.
Sobre la conversación abierta
Este texto parte de un caso judicial verificado, la sentencia de 2017 sobre los conductores de Oakhurst Dairy, para pensar algo que va más allá del derecho: que un texto no lleva su sentido incorporado, y que cuando es ambiguo alguien tiene que decidir qué significa, con consecuencias materiales. Desmonto la versión popular (“una coma costó cinco millones”), que es falsa: el tribunal declaró la ley ambigua y la resolvió por un principio de protección al trabajador; los cinco millones llegaron en un acuerdo posterior sin admisión de culpa. Distingo el hecho verificado de la leyenda periodística. Si alguien quiere intervenir desde el derecho, la lingüística o la teoría de la interpretación, este cuaderno sigue abierto.
Fuentes
O’Connor v. Oakhurst Dairy, nº 16-1901, United States Court of Appeals for the First Circuit, sentencia de 13 de marzo de 2017 (abre: «For want of a comma, we have this case»). Cláusula: 26 M.R.S.A. § 664(3)(F).
Acuerdo de 5 millones de dólares para unos 127 conductores (febrero de 2018), sin admisión de responsabilidad: Bloomberg Law y ABA Journal.
Reforma posterior de la ley de Maine (26 M.R.S. § 664), que reformuló la lista con puntos y coma y cambió «distribution» por «distributing».
Caso de refuerzo: Rogers Communications v. Bell Aliant, CRTC (Canadá), Telecom Decision 2007-75 (20 de agosto de 2007), sobre la posición de una coma en un contrato. Las cifras atribuidas varían; no hay una única confirmada.
Sobre la coma de serie u «Oxford comma»: Merriam-Webster.
