El debate sobre soberanía tecnológica suele plantearse mal. Se presenta como elegir entre modelos de inteligencia artificial «europeos» o los americanos y chinos. Esa es la superficie. La pregunta de fondo es otra: quién controla la pila completa sobre la que todo lo demás se apoya. No solo los modelos, sino los chips, los centros de datos, la nube, los datos de entrenamiento, las herramientas de despliegue, los canales de distribución y los sistemas de recomendación. La soberanía no se juega en la punta visible, sino en los cimientos que casi nadie mira.
El AI Index de Stanford estima que casi el 90% de los modelos de IA relevantes de 2024 salieron de la industria, no de la universidad ni del sector público. Ese año Estados Unidos produjo cuarenta de esos modelos, China quince y Europa tres. En la nube, la concentración es aún más nítida: el propio Parlamento Europeo señala que tres empresas estadounidenses acaparan alrededor del 65% del mercado europeo de servicios en la nube, y a escala mundial esas mismas tres rondan los dos tercios de la infraestructura. El cómputo —la capacidad de cálculo que entrena y hace funcionar la IA— es, según la literatura especializada, el cuello de botella más concentrado de todos: detectable, cuantificable y controlable por unos pocos. La brecha europea no es solo regulatoria. Es de capacidad material.
Europa ha reaccionado con un plan de acción para la IA, fábricas y «gigafábricas» de cómputo público, una ley de datos en vigor desde septiembre de 2025 que busca facilitar el cambio de proveedor de nube, un marco de soberanía cloud que descompone la palabra en criterios evaluables. Está bien que lo haga. Pero ninguna de esas iniciativas equivale todavía a soberanía: son infraestructuras en despliegue, marcos de contratación, estrategias en marcha. El caso Gaia-X es aleccionador: para responder a la dependencia de los grandes proveedores acabó incorporándolos, y de ahí salió una soberanía más débil y pragmática de lo prometido. Declarar una IA «europea» no basta; lo que cuenta es reducir la dependencia real —poder migrar, auditar, ejecutar, entrenar y custodiar los datos sin quedar atrapado por un proveedor, una jurisdicción o un modelo de negocio ajenos—.
Si quien ordena la atención —las plataformas, los modelos, los algoritmos de recomendación— está en pocas manos, entonces esas pocas manos condicionan qué lenguajes, qué obras, qué memorias y qué formas de creación circulan, se recomiendan o quedan enterradas. La literatura reciente lo formula con prudencia: los sistemas algorítmicos son agentes de mediación cultural, jerarquizan contenidos y producen visibilidad bajo lógicas de predicción y de atención; las métricas —vistas, «me gusta», seguidores— funcionan como una nueva forma de capital, que desplaza parte de la autoridad desde las credenciales hacia el rendimiento algorítmico. No afirmo que los algoritmos sepulten toda creación minoritaria: eso sería una ley que las fuentes no sostienen. Afirmo que existe un riesgo real de invisibilización y de homogeneización, y que su forma depende de quién diseña la arquitectura.
La arquitectura no es neutral. No hace falta que nadie censure para que unas cosas se vean y otras no. Basta con que la infraestructura —técnica, económica, algorítmica— favorezca calladamente unos formatos, unos tempos, unas señales de éxito sobre otros. La soberanía tecnológica, vista desde la cultura, es también soberanía de visibilidad: la capacidad de que lo que se crea en un idioma, en un margen, en una escala pequeña, no dependa por completo de sistemas diseñados en otro sitio y con otra lógica.
Lo primero, frente a una arquitectura que se presenta como aire, es verla. Nombrar las tres manos que sostienen la nube, distinguir la infraestructura en despliegue de la soberanía lograda, no confundir tener un modelo abierto con controlar la pila que lo hace funcionar. Lo que se ve se puede discutir, regular, diversificar. Lo que se da por neutral, no. Y en cultura, como en casi todo, la libertad empieza por saber sobre qué cimientos se está de pie.
Sobre la conversación abierta
Este texto continúa la serie sobre infraestructuras digitales y culturales que vengo publicando en este cuaderno: coste material y energético de la IA, distribución geográfica del poder de cómputo, y ahora la arquitectura como capa que decide sin verse. Los textos comparten una tesis de fondo: en los sistemas contemporáneos lo decisivo no es la conducta individual sino el diseño infraestructural, y lo que se presenta como neutral casi nunca lo es. Si alguien quiere intervenir desde la gobernanza de la IA, la economía política de la tecnología, la soberanía digital o la práctica cultural, este cuaderno sigue abierto.
Fuentes
Stanford HAI. AI Index Report 2025.
European Parliamentary Research Service. Briefing on the Cloud and AI Development Act. 2025.
Synergy Research Group / Statista. Cuotas del mercado mundial de infraestructura cloud (Q1 2026).
Sastry, G.; Heim, L.; Belfield, H. et al. Computing Power and the Governance of Artificial Intelligence. arXiv:2402.08797, 2024.
Comisión Europea. AI Continent Action Plan (2025); Cloud Sovereignty Framework (2025); Data Act (aplicable desde el 12 de septiembre de 2025).
Baur, A. Análisis sobre Gaia-X y soberanía digital europea. Information, Communication & Society, 2025/2026. DOI: 10.1080/1369118X.2025.2516545.
Sánchez-Vera, F. (2025); Valiati, L. y Möller, C. (2025); Wong, K. (2025), sobre mediación algorítmica y visibilidad cultural.
