Cuaderno público

El arte y la buena conciencia

Los proyectos participativos ocupan hoy buena parte de la programación cultural, y desde luego buena parte de lo que hace una fundación como la que dirijo: talleres con comunidades, obras colaborativas, procesos que incluyen a quienes suelen quedar fuera. Se aplauden, casi por defecto, con un vocabulario que ya conocemos —inclusivos, colaborativos, transformadores, comprometidos—. Y ahí, en ese aplauso automático, hay una pregunta incómoda que rara vez nos hacemos: cuando valoramos uno de estos proyectos, ¿lo estamos juzgando como arte, o como buena obra?

No es una distinción caprichosa. Es el centro de un debate que lleva dos décadas abierto en la teoría del arte, y que conviene conocer antes de seguir repartiendo elogios.

De un lado, Claire Bishop. En su ensayo “The Social Turn” y después en Artificial Hells, señaló algo que escuece: buena parte del arte participativo se juzga mediante lo que llamó un giro ético. Se valora un proyecto por su colaboración, su inclusión, su utilidad social, sus buenas intenciones, y se suspende —discretamente— el juicio propiamente artístico: la forma, el conflicto, la ambigüedad, la calidad de lo que ocurre. Como si preguntar por el valor estético de una obra hecha con una comunidad fuera de mal gusto, casi una falta de respeto hacia la comunidad. Bishop sostiene lo contrario: que exonerar a estos proyectos del juicio artístico es, en el fondo, no tomárselos en serio como arte.

Su crítica se afila contra la idea, extendida desde la estética relacional de Bourriaud, de que generar encuentro o diálogo es ya de por sí valioso y democrático. No lo es necesariamente, responde Bishop: una interacción puede ser plana, complaciente, o incluso una escenografía del consenso. Frente a eso reivindica el antagonismo, la fricción, la incomodidad, como parte de lo que un arte social serio puede producir.

Del otro lado conviene poner a Grant Kester, porque sin él la historia queda coja y se vuelve injusta. Kester defiende que en ciertas prácticas dialógicas y colaborativas la relación no es un añadido al margen de la obra: es la forma misma de la obra. No se trata de bondad frente a estética, sino de reconocer que hay trabajos cuyo material son las relaciones, y que exigen criterios propios para ser juzgados. Sería un error convertir esto en una caricatura —Bishop la formalista, Kester el buenista—. Los dos piensan mejor que eso. Kester redefine qué cuenta como forma; Bishop redefine qué política puede tener el arte sin renunciar al juicio.

Lo que me llevo del debate, y lo que me parece que una fundación honesta debería asumir, es esto: la participación, la comunidad y la ética son condiciones de lectura de una obra, no sustitutos automáticos de su valor artístico. Un proyecto puede ser socialmente impecable y artísticamente nulo. Y al revés: puede incomodar, no incluir a nadie, y sin embargo reorganizar de veras el modo en que miramos algo. Que un proceso haga bien no garantiza que haga arte, y confundir las dos cosas nos empobrece por partida doble.

Digo esto desde dentro, no desde la tribuna. Cuando una fundación evalúa sus propios proyectos participativos solo por su bondad —cuántos participaron, qué inclusivos fueron, qué bien se sintió todo el mundo—, se cuenta una historia agradable y se ahorra la pregunta difícil: ¿esto, además de bienintencionado, era bueno como arte? Eludir esa pregunta parece respetuoso y es lo contrario. Tratar a un proyecto comunitario como si no pudiera aspirar a valor artístico es tratarlo como arte de segunda. Exigirle más no es elitismo: es respeto.

Y aquí está lo que de verdad me interesa, sin cinismo: lo mejor del arte socialmente comprometido ocurre justo cuando esas dos cosas dejan de estar separadas. Cuando el cuidado también piensa la forma, y la forma también incluye. Cuando la relación con una comunidad no sustituye al trabajo artístico sino que es el trabajo artístico, hecho con el mismo rigor que exigiríamos a cualquier obra. No hay que elegir entre hacer el bien y hacer arte. Hay que negarse a que lo uno sirva de coartada para no exigir lo otro.

Sobre la conversación abierta

Este texto forma parte de mi subserie Arte y sociedad, que examina sin coartadas lo que la cultura puede y no puede hacer por la sociedad; aquí, por qué la buena intención social de una obra no sustituye a su valor como obra. Si alguien quiere intervenir desde la estética, la crítica de arte, la teoría del arte participativo o el comisariado, el cuaderno sigue abierto.

Fuentes

Bishop, Claire. “The Social Turn: Collaboration and Its Discontents”. Artforum, febrero de 2006.

Bishop, Claire. Artificial Hells: Participatory Art and the Politics of Spectatorship. Verso, 2012.

Bishop, Claire. “Antagonism and Relational Aesthetics”. October 110 (2004): 51-79.

Kester, Grant H. Conversation Pieces: Community and Communication in Modern Art. University of California Press, 2004.

Kester, Grant H. The One and the Many: Contemporary Collaborative Art in a Global Context. Duke University Press, 2011.

Bourriaud, Nicolas. Estética relacional. 1998 (ed. inglesa, Les presses du réel, 2002).


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