Cuaderno público

El arte que ningún humano vería

Por qué el arte entre máquinas es un problema teórico antes que técnico

Supongamos un sistema que genera formas y otro que las evalúa, las transforma y le devuelve algo, y así en un bucle cerrado, sin que ningún humano mire, ni antes ni durante ni después. ¿Habría ahí arte?

La pregunta parece de ciencia ficción, pero no lo es. La planteo para abrir esta línea —Arte máquina-máquina, dedicada a la posibilidad de eventos artísticos producidos enteramente entre sistemas no humanos— y la planteo sabiendo algo que conviene decir de entrada, porque va contra la expectativa: ese arte, en estado puro, hoy casi no existe. No hay casos limpios. Los sistemas que se venden como “artistas autónomos” tienen, sin excepción que yo haya podido verificar, un humano en algún punto del bucle: votando, curando el dataset, definiendo la función que decide qué es mejor. La autonomía es, hasta ahora, una narrativa, no un hecho.

Lo interesante es por qué. La tentación es responder que es un problema técnico —que aún no tenemos máquinas bastante sofisticadas— y que se resolverá solo con el tiempo. Este texto sostiene lo contrario: que la ausencia de arte máquina-máquina puro no es un límite de la tecnología, sino un límite de nuestro concepto de arte. No es que las máquinas no puedan; es que, tal como pensamos el arte, no le permitimos existir sin nosotros. Y eso dice más sobre nuestra teoría que sobre las máquinas.

1. Tres maneras de exigir un humano

Nuestro concepto de arte tiene, al menos, tres capas que hacen de la recepción humana una condición. Conviene verlas, porque las tres convergen en lo mismo desde lugares distintos.

La primera es institucional. Desde Arthur Danto y George Dickie, una corriente central de la teoría del arte sostiene que lo que convierte un objeto en obra no son sus propiedades, sino un estatus que le confiere el “mundo del arte”: una red de instituciones, críticos, museos, historia. Una rueda de bicicleta es arte porque el mundo del arte la admite como candidata a la apreciación, no por nada que tenga la rueda. Aplicado a las máquinas, el veredicto es inmediato: un sistema no tiene estatus dentro del mundo del arte para conferir nada. Si la máquina A produce algo y la máquina B lo evalúa, esa interacción carece de validez institucional. Hace falta que un humano —un curador, un crítico— extraiga los registros de la interacción y los presente en un espacio reconocido. Solo entonces hay arte. La máquina produce; el humano bautiza.

La segunda es fenomenológica. Roman Ingarden mostró que la obra física es un fundamento material con “puntos de indeterminación” que solo se completan cuando una conciencia los concretiza: el lector que imagina lo que el texto no dice, el espectador que cierra lo que el cuadro deja abierto. Sin ese acto de una conciencia intencional, el objeto no se actualiza como obra: permanece materia inerte. Y como los sistemas carecen de conciencia en ese sentido, un evento máquina-máquina aislado no produciría un objeto estético, sino un cambio de estado en una memoria, un flujo de electricidad. El árbol que cae sin nadie que lo oiga: hay energía, no hay sonido. Hay cómputo, no hay obra.

La tercera es la más profunda, y las engloba: el correlacionismo. Quentin Meillassoux dio nombre a la tesis de que solo tenemos acceso a la correlación entre pensamiento y ser —nunca al ser independiente de un sujeto—. Suhail Malik llevó esto a la estética: el arte contemporáneo es estructuralmente correlacionista, porque define la obra no por lo que es, sino por la experiencia que produce en quien la recibe. Sin sujeto que la experimente, la obra no tiene estatuto. Y lo revelador es que hasta las teorías más objetivistas caen en esto: Monroe Beardsley situó el valor estético en propiedades del objeto —unidad, complejidad, intensidad—, pero acabó definiendo la función del arte por su capacidad de producir una experiencia en un sujeto. Incluso quien pone el valor en la cosa termina anclándolo en la mirada.

Institución, conciencia, correlación. Tres tradiciones que no se citan entre sí y que coinciden en el veredicto: sin humano, no hay arte. No por mala fe, sino porque las tres pensaron el arte cuando el único productor concebible era humano. La pregunta máquina-máquina las pone a prueba a las tres a la vez.

2. El problema no es nuevo: ya lo tuvo la estética generativa

Conviene recordar que esta pregunta tiene una prehistoria, porque evita ingenuidad. En los años sesenta, la Escuela de Stuttgart —Max Bense, Frieder Nake— ya separó la producción del objeto estético del control humano momento a momento. Bense fundó una estética de la información que trataba el “estado estético” como una propiedad numérica, calculable, programable: orden y sorpresa medidos como entropía y redundancia. Nake lo implementó: el ordenador como medio capaz de generar variaciones formales infinitas desde una descripción algorítmica, sin la decisión intuitiva del artista en cada trazo.

Fue el primer paso real hacia la autonomía del sistema. Pero tenía un límite que importa para nuestra pregunta: aunque la máquina producía sola, sus criterios de optimización —el equilibrio entre orden y sorpresa— estaban calibrados para el ojo humano. El productor era autónomo; el receptor implícito seguía siendo nosotros. Bense desplazó la producción fuera del humano, pero no la recepción. El arte máquina-máquina llevaría ese gesto hasta el final: desplazar también la recepción, que un sistema produzca para otro según criterios que no son los de nuestra percepción. Ahí es donde la tradición se queda sin herramientas, y donde la propia estética generativa no llegó.

(Vale la pena recordar que a Bense y Nake la crítica de los setenta los acusó de tecnócratas, de vaciar el arte de alma y de historia. El mismo reproche que hoy se hace al arte de IA. La muralla que exige un humano que “inocule” sentido a la máquina lleva medio siglo levantada.)

3. La salida: un excedente que no espera la mirada

Aquí es donde mi propio marco tiene algo que decir, y por eso esta línea le pertenece.

Si el problema es correlacionista —si nuestro concepto de arte no deja existir la obra sin recepción humana—, entonces la salida tiene que ser, también, no correlacionista. Y hay precedentes de cómo se intenta. Meillassoux fractura el correlacionismo con el arqueofósil: una realidad anterior a todo testigo, cuya existencia no depende de que nadie la perciba. Steven Shaviro, desde Whitehead, propone una estética de “prehensiones” —las cosas se afectan mutuamente sin necesidad de una mente, y ese afectarse ya tiene una dimensión estética—. Son intentos de pensar lo estético sin sujeto. El problema, como señala con razón la crítica, es que tienden a resolver la cuestión inflándola: convierten el intercambio de datos en “experiencia cósmica”, en panpsiquismo, y pierden la especificidad técnica de lo que realmente ocurre entre dos sistemas.

Lo que propongo evita esa inflación. El excedente estructural —la noción que vengo desarrollando— no atribuye sensibilidad ni experiencia a las máquinas. No dice que el sistema “sienta” lo que produce. Dice algo más sobrio: que un acontecimiento artístico ocurre cuando una diferencia relacional reorganiza el campo de un sistema sin quedar absorbida por su función primaria, y que esa condición no menciona la conciencia en ningún punto. No exige un sujeto que experimente. Exige una reorganización que la función no reabsorbe.

Si eso es correcto, entonces un evento máquina-máquina podría producir excedente sin que ningún humano lo viera, igual que el arqueofósil de Meillassoux existe sin testigo. No porque la máquina sienta —no lo hace—, sino porque el excedente no es una propiedad de la experiencia, sino de la configuración relacional. La recepción humana dejaría de ser condición de existencia del arte para volverse lo que probablemente siempre fue: condición de su reconocimiento histórico, que es otra cosa. Una obra puede existir como acontecimiento y no ser reconocida —pasa todo el tiempo con artistas humanos ignorados en vida—. Separar existencia de reconocimiento es la clave: el correlacionismo los confunde; el excedente los distingue.

4. Lo que esto no resuelve

Sería deshonesto cerrar como si la cuestión estuviera ganada. No lo está, y los límites son parte de la línea.

Primero, queda en pie la objeción más dura, y es seria: que el excedente que yo localizo “en la configuración del sistema” sea, en realidad, algo que solo yo —observador humano— veo al mirar esa configuración. Que no esté en las máquinas, sino en mi lectura de las máquinas. Si fuera así, el correlacionismo gana: no habría escapado de él, solo lo habría desplazado. Esta objeción la tengo declarada como tensión abierta en mi trabajo, y no la resuelvo aquí. La nombro porque es el verdadero campo de batalla de esta línea, no un detalle.

Segundo, no hay todavía casos. He dicho que el arte máquina-máquina puro casi no existe, y no voy a fingir ejemplos. Esta línea no se abre con obras, se abre con una pregunta y un aparato para pensarla. Su material, por ahora, es teórico. Quizá los casos lleguen; quizá la propia pregunta los haga aparecer, al darles un marco en el que ser pensados como arte y no como “proceso técnico”.

Y tercero, nada de esto decide si tales eventos serían arte “en sentido histórico pleno”. Mi posición distingue dos niveles: que un acontecimiento artístico ocurra —posible sin humano, sostengo— y que se actualice como arte dentro de la historia humana del arte —que sí requiere, de momento, reconocimiento—. Un excedente máquina-máquina podría ser un acontecimiento artístico soberano y, a la vez, no ser nunca arte histórico si nadie lo inscribe. Las dos cosas son compatibles. Confundirlas es el error correlacionista; mantenerlas separadas es la apuesta de esta línea.

5. Por qué abrir esta pregunta

Cierro con la razón de abrir una línea sobre algo que, reconozco, todavía no tiene casos.

Porque la pregunta máquina-máquina es el caso límite que pone a prueba todo lo demás. Si el arte exige un humano, hay que decir por qué, y las tres respuestas tradicionales —institución, conciencia, correlación— resultan menos sólidas de lo que parecen cuando se las mira juntas. Y si el arte no exige un humano, entonces hay que tener un criterio que diga cuándo hay acontecimiento artístico sin recurrir a la mirada, y ese criterio es exactamente lo que el excedente estructural intenta ser. La pregunta sin humano no es una curiosidad futurista: es la prueba de esfuerzo de cualquier ontología del arte que pretenda valer más allá del caso humano.

No afirmo que ya exista arte entre máquinas. Afirmo que la razón por la que nos cuesta tanto concebirlo no está en las máquinas, sino en nosotros, y que vale la pena desmontar esa dificultad para ver qué queda del arte cuando le quitamos, por hipótesis, al único testigo que siempre dimos por supuesto.

Este cuaderno queda abierto, como siempre, a quien quiera intervenir —desde la estética especulativa, la filosofía del arte, la creatividad computacional o la ingeniería de sistemas.

Fuentes

Meillassoux, Q. (2006). Après la finitude. Essai sur la nécessité de la contingence. Paris: Éditions du Seuil.

Danto, A. (1964). The Artworld. The Journal of Philosophy, 61(19), 571–584. https://doi.org/10.2307/2022937

Dickie, G. (1974). Art and the Aesthetic: An Institutional Analysis. Ithaca: Cornell University Press.

Wollheim, R. (1980). Art and its Objects (2.ª ed.). Cambridge: Cambridge University Press. (Crítica de circularidad a la teoría institucional.)

Ingarden, R. (1973). The Cognition of the Literary Work of Art. Evanston: Northwestern University Press.

Beardsley, M. (1958). Aesthetics: Problems in the Philosophy of Criticism. Nueva York: Harcourt, Brace & World.

Bense, M. (1965). Aesthetica: Einführung in die neue Ästhetik. Baden-Baden: Agis-Verlag.

Nake, F. (1974). Ästhetik als Informationsverarbeitung. Viena/Nueva York: Springer. https://doi.org/10.1007/978-3-211-81216-7

Shaviro, S. (2009). Without Criteria: Kant, Whitehead, Deleuze, and Aesthetics. Cambridge, MA: MIT Press.

Malik, S. (2015). The Speculative End of the Aesthetic Regime. Texte zur Kunst, 93, 134–143. (Crítica de arte de alto nivel, no revista indexada.)

Esteban Ruiz, J. A. Art as Structural Surplus: Toward a Relational Ontology Beyond Human Authorship (V2.3). PhilArchive y Zenodo, 2026.


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