Toda la conversación sobre el arte y la sociedad —la que vengo teniendo en estos textos y la que ocupa a la fundación que dirijo— tiende a mirar hacia el mismo lado: quién produce, quién financia, quién consagra, quién media. Falta la otra orilla, y es la más incómoda de todas: quién recibe, quién se siente invitado y, sobre todo, quién no. Porque el público de la cultura llamada alta —museos, teatro, música clásica, arte contemporáneo— sigue siendo, década tras década, sospechosamente parecido a sí mismo.
Los datos no dejan mucho margen a la ilusión. En 2022, según Eurostat, en diecisiete países de la Unión Europea la tasa de participación cultural de las personas con más ingresos era al menos el doble que la de las personas con menos. El doble, como mínimo. No es una diferencia de matiz: es una línea que parte a la sociedad. Y aunque en España la última Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales celebre los mejores datos de consumo en dos décadas, el titular del promedio esconde lo de siempre: que ese consumo no está repartido por igual, y que quien más participa suele ser quien más estudios y más renta tiene.
Lo interesante —y lo que conviene que una fundación entienda de verdad— es que esa desigualdad no se explica solo por el dinero. Si fuera cuestión de precio, la gratuidad la resolvería, y no la resuelve: los museos gratuitos siguen recibiendo un público mayoritariamente formado y acomodado. Hay una barrera que Bourdieu nombró hace ya casi medio siglo y que sigue operando con precisión incómoda: la barrera simbólica. No entrar porque no se sabe que aquello existe, o porque no se entiende el código, o porque se entra y se siente uno fuera de lugar, vigilado, ignorante, en un sitio que parece pensado para otros. La sensación, difícil de medir pero fácil de reconocer, de que esto no es para mí.
Esa frase —“no es para mí”— es la que deberíamos tomarnos en serio, porque no describe una falta de interés: describe una falta de invitación. Nadie nace sintiéndose ajeno a un museo. Se aprende. Se hereda. La familiaridad con la cultura legitimada se transmite en casa, en la escuela, en el entorno, mucho antes de que nadie compre una entrada. Cuando una institución abre sus puertas y espera que el público llegue solo, lo que en realidad hace es premiar a quienes ya traían la familiaridad de casa, y confirmar la extrañeza de los demás. La puerta abierta no basta si el umbral es invisible.
Y aquí está la parte que me obliga a la autocrítica, no al aplauso. El sector cultural lleva décadas hablando de democratización, de ampliar públicos, de inclusión. Ha bajado precios, ha multiplicado la oferta, ha hecho mediación, comunicación, actividades. Y sin embargo la desigualdad persiste, porque muchas veces hemos tratado el problema como si fuera de marketing: cómo traer a los que no vienen. Esa pregunta, por bienintencionada que sea, deja el centro intacto. Da por supuesto que lo que ofrecemos está bien y que solo falta convencer a los ausentes de que se acerquen. Pero quizá la pregunta honesta sea otra, y sea más difícil: no cómo traerlos, sino qué tendría que cambiar para que esto también fuera suyo. Quién decide qué se programa, en qué lenguaje se cuenta, quién está representado en las paredes y quién solo en el público, si es que está.
La diferencia entre las dos preguntas no es retórica. La primera conserva la institución tal cual y se limita a ensanchar la entrada. La segunda acepta que el problema puede estar también dentro, en qué cultura ofrecemos y desde qué autoridad decidimos que eso es lo que merece ser ofrecido. La democratización cultural fracasa cuando trata al público ausente como un déficit que corregir, y empieza a funcionar cuando lo entiende como un síntoma de que la legitimidad para decir qué es cultura está mal repartida.
No escribo esto desde el desánimo, sino desde una convicción que me parece luminosa y exigente a la vez: que el público no se merece por origen. Que nadie es ajeno a la belleza, a la emoción de una obra, al vértigo de una idea, por haber nacido en una casa sin libros. La cultura no es de quien la hereda: es de quien la encuentra, y encontrarla debería ser un derecho y no una suerte de cuna. Una fundación que se toma esto en serio no se pregunta cuánta gente vino. Se pregunta quién se sintió invitado, y trabaja para que esa lista, algún día, se parezca por fin a todos.
Sobre la conversación abierta
Este texto forma parte de mi subserie Arte y sociedad, que examina con honestidad, y desde dentro, las condiciones reales del trabajo cultural; aquí, cómo la vocación se usa para abaratar el trabajo de quien la tiene, y a quién deja fuera. Si alguien quiere intervenir desde la sociología del trabajo, la economía de la cultura o la organización laboral del sector, el cuaderno sigue abierto.
Fuentes
Ministerio de Cultura. Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales en España 2024-2025.
Bourdieu, Pierre. La distinction. Critique sociale du jugement. Les Éditions de Minuit, 1979. (Ed. española: La distinción. Criterio y bases sociales del gusto, Taurus.)
Jancovich, Leila. “The participation myth”. International Journal of Cultural Policy 23, n.º 1 (2017): 107-121.
Hadley, Steven. Audience Development and Cultural Policy. Palgrave Macmillan, 2021.
