Ilustración minimalista en tonos papiro cálido y grafito, vista en perspectiva oblicua. Un fajo poligonal de páginas de manuscrito reposa justo al borde de un fuego que no las ha consumido. El fuego apenas se insinúa: unas brasas cálidas tenues, una fina voluta de humo poligonal que se eleva, un mínimo chamuscado en una esquina de la página inferior, y ya está cediendo, retirándose, sin alcanzar el grueso de las páginas. El manuscrito está intacto, entero, salvado en el último momento, con las hojas legibles como planos poligonales en blanco, sin texto. La obra salvada y el fuego evitado conviven en una imagen serena: lo que se ordenó quemar permanece. No hay mano ni figura humana; el rescate se insinúa por la supervivencia de las páginas, no se muestra. Las páginas reposan sobre un plano que se aleja hacia un punto de fuga bajo.

Cuaderno público

Quemadlo todo

Cuando Franz Kafka murió en 1924 dejó dos notas para su amigo Max Brod: que se quemaran sus diarios, cartas y manuscritos sin leerlos. En sus manos, sin publicar, Brod tenía tres novelas: El proceso, El castillo y la que hoy conocemos como América. Podía obedecer y encender la cerilla o traicionar la última voluntad de su amigo muerto. Desobedeció. Editó las tres novelas, las publicó y por esa desobediencia Kafka es Kafka y no una nota a pie de página en la historia de la literatura checa. Casi todo lo que amamos de él existe porque alguien no le hizo caso.

Solemos pensar que respetar a un autor es cumplir su voluntad. Si Brod hubiera respetado la de Kafka, hoy no tendríamos a Kafka. La fidelidad habría sido una hoguera. Y no es un caso único: es casi un género. Desde la Antigüedad se cuenta que Virgilio pidió en su lecho de muerte que se destruyera la Eneida, porque la dejaba sin revisar, y que el emperador Augusto lo impidió y ordenó publicarla. Esto último es tradición, no hecho probado. La historia viene de una biografía escrita siglos después y no se conserva ninguna orden de puño y letra de Virgilio. Que la leyenda exista y se repita durante dos milenios revela una preferencia: la humanidad prefiere creer que la Eneida estuvo a punto de arder a aceptar que su autor, sencillamente, la terminó y la entregó.

El caso más reciente y más limpio es el de Nabokov. Al morir en 1977 dejó una novela inacabada, El original de Laura, escrita en fichas, y había pedido que se destruyera si no lograba terminarla. Su viuda, Véra, no fue capaz de quemarla. Guardó las fichas en una caja de seguridad y, cuando ella murió, el dilema pasó a su hijo Dmitri que lo arrastró durante años, en público, dudando. Al final las publicó en 2009, treinta y dos años después de la muerte de su padre. No terminó la novela ni la reconstruyó: sacó a la luz las fichas tal cual, fragmentos de algo que nunca fue un libro cerrado. Nabokov había dicho que no quería que existieran. Existen.

En estos tres casos la desobediencia nos regaló una obra. Pero hay un caso que enfría la celebración: el de Gógol. Nadie tuvo que desobedecerle ni respetarlo, porque lo hizo él mismo. En 1852, pocos días antes de morir, quemó buena parte de la segunda parte de Almas muertas, la continuación en la que llevaba años trabajando. No dejó el trabajo sucio a un amigo con dudas: encendió él la cerilla. Y esa parte, salvo unos fragmentos, no la tenemos ni la tendremos nunca. Cuando la voluntad de destruir se cumple no queda debate ético que celebrar: queda un hueco y la certeza de que había algo ahí que nadie volverá a leer.

Poner estos casos en fila plantea una pregunta de difícil respuesta: ¿de quién es una obra que su autor no quiso dejar existir? La respuesta fácil, la que da el lector agradecido, es que la obra pertenece a todos, que una vez escrita ya no es solo del autor, que Brod hizo bien. Pero esa respuesta tiene un precio que no siempre queremos pagar. Hay diferencia real entre hacer algo y darlo por bueno. Un escritor puede llenar cuadernos de páginas que considera fallidas, tanteos, versiones muertas, y decidir que eso no es su obra, que no lo firma, que no quiere que se lea. Publicar lo que rechazó es atribuirle una obra que él nunca aceptó como suya; es ponerle su nombre a algo de lo que había renegado.

Allí las dos lealtades chocan sin trampa. Está la lealtad a la persona, a su voluntad expresa, a su derecho a decidir qué lleva su nombre. Y está la lealtad a la obra, a lo que esa obra puede hacer en quien la lea con independencia de lo que su autor pensara de ella. Brod eligió la segunda y le debemos El proceso. Pero si mañana apareciera un cuaderno que Kafka marcó para el fuego, con páginas que él consideraba indignas, y alguien lo publicara, ese alguien estaría haciendo lo mismo que Brod y a la vez algo distinto: dándonos a leer a un Kafka que Kafka no quiso ser. No tengo la respuesta pero sé que cada vez que abrimos El proceso, estamos leyendo una desobediencia y que, quizá, lo justo sea al menos no olvidarlo: que esta obra existe porque alguien decidió que la voluntad de un muerto pesaba menos que las páginas que había dejado.

Sobre la conversación abierta

Este texto reúne varios casos verificados de autores que quisieron destruir su obra: Kafka y las notas a Brod, Nabokov y El original de Laura, la tradición antigua sobre Virgilio y la Eneida, y el contraste con Gógol, que sí quemó la continuación de Almas muertas. Se plantea una tensión sin respuesta cómoda: la que hay entre la voluntad del creador y el valor de la obra que sobrevive. Marco como tradición, no como hecho, lo que solo transmiten fuentes tardías (Virgilio), y distingo hacer una obra de ratificarla como propia. No cierro la pregunta de quién es dueño de una obra rechazada, porque no creo que tenga una respuesta única. Si alguien quiere intervenir desde la literatura, el derecho de autor o la filosofía, este cuaderno sigue abierto.

Fuentes

Kafka: las dos notas a Max Brod (finales de 1921 y noviembre de 1922), en Max Brod, Franz Kafka. Eine Freundschaft, II (ed. Malcolm Pasley, Fischer, 1989); estudio de Carolin Duttlinger, «Kafka in Oxford», Oxford German Studies 50.4 (2022); Bodleian Libraries. Brod publicó El proceso (1925), El castillo (1926) y Der Verschollene / Amerika (1927).

Virgilio: la orden de destruir la Eneida procede de la Vita Vergilii atribuida a Elio Donato (s. IV), probablemente derivada de Suetonio; no hay orden autógrafa conservada. Tradición antigua, no hecho documentado.

Nabokov: The Original of Laura: A Novel in Fragments, ed. y prólogo de Dmitri Nabokov (Knopf/Penguin, 2009); publicada el 17 de noviembre de 2009, treinta y dos años después de la muerte del autor.

Gógol: destrucción de gran parte de la segunda parte de Almas muertas (febrero de 1852); sobreviven fragmentos.

Fondo conceptual: K. E. Gover, Art and Authority: Moral Rights and Meaning in Contemporary Visual Art (Oxford University Press, 2018), sobre la distinción entre producir una obra y ratificarla como propia.


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