Sobre el humor, el arte y la tentación de creerlo siempre del lado bueno
En tiempos de crispación se repite una esperanza razonable: que necesitamos más humor. Que frente al dogma, la trinchera y la solemnidad enfadada, la risa podría devolvernos algo de aire, de distancia, de humanidad compartida. Comparto el impulso. Pero he aprendido a desconfiar de él, porque esconde una premisa falsa: que el humor está, por naturaleza, del lado bueno. No lo está. El humor no tiene un solo signo, y creer que lo tiene es el primer error de cualquier defensa del humor en tiempos difíciles.
Quiero sostener algo más incómodo y, creo, más útil: que el humor es ambivalente por estructura, no por accidente. La misma forma —la ironía, la caricatura, el meme— sirve para abrir una duda o para cerrar filas, para desarmar al poderoso o para humillar al vulnerable. Lo que decide su efecto no es que sea humor. Es otra cosa, y conviene saber cuál.
1. La risa ya nace dividida
Basta mirar las teorías clásicas del humor para ver que la ambivalencia está en su raíz. Hobbes describió la risa como una “súbita gloria”: el placer de sentirse superior ante la debilidad, el defecto o el ridículo de otro. Esa teoría explica maravillosamente la caricatura que degrada al tirano deformándole el cuerpo —pero explica con la misma exactitud el chiste que deshumaniza a una minoría—. La risa de superioridad sirve para bajar al que está arriba y para pisar al que está abajo. Es el mismo mecanismo; cambia el blanco.
Freud aportó otra cara: el humor como descarga, como economía psíquica que permite decir de forma oblicua lo que no se puede decir de frente. Eso lo vuelve un instrumento precioso para tramitar el miedo y burlar la censura. Pero la misma descarga alimenta la sospecha contraria —la de que reírse alivia la tensión sin transformar nada, que uno se desahoga y se queda igual—. Y la incongruencia de Kant y Schopenhauer, la risa que brota cuando una expectativa se deshace de golpe, explica el montaje dadaísta y el absurdo, pero no toma partido por nadie: es una mecánica de la sorpresa, no una brújula moral.
Ni siquiera el carnaval, esa fiesta de la inversión del orden que Bajtín convirtió en emblema de la cultura cómica popular, es inequívocamente liberador. La objeción es vieja y sólida: el carnaval puede ser tolerado por el poder precisamente porque es una excepción reglada que, al terminar, confirma el retorno del orden. Se permite reír un día para obedecer mejor el resto del año. La transgresión, vista así, no siempre subvierte: a veces ventila.
2. Lo que la historia del arte cómico enseña, y lo que no
La sátira visual tiene una genealogía gloriosa, y conviene mirarla sin idealizarla. Goya, en Los Caprichos, atacó la superstición y la maquinaria inquisitorial con una libertad que todavía impresiona. Daumier representó al rey Luis Felipe como un Gargantúa grotesco que engullía riqueza, y pagó con la cárcel. George Grosz desolló con su lápiz el militarismo y la corrupción de la República de Weimar, y acabó en la exposición nazi de “arte degenerado”, despojado de su nacionalidad.
Estos casos prueban algo importante: el poder percibe la sátira como una amenaza real, suficiente para encarcelar, incautar y proscribir. Pero prueban también lo contrario de lo que nos gustaría. La sátira de Grosz no detuvo el nazismo. La de Daumier no derribó la monarquía de julio. Su potencia diagnóstica —su capacidad de nombrar lo que estaba pasando— fue enorme; su capacidad de frenarlo, escasa o nula. Y cuando se busca evidencia firme de que el humor crítico cambió instituciones, no aparece: lo que la investigación documenta es circulación, represión y disenso registrado, no transformación causada.
Lo mismo ocurre con el humor bajo las dictaduras. Los chistes políticos que circulaban en la Europa comunista, el samizdat, las páginas de La Codorniz sorteando la censura franquista: todo eso fue protesta silenciosa, complicidad, archivo emocional del miedo y de lo que no se podía decir. Pero el historiador que más a fondo lo estudió concluyó que esos chistes no derribaron ni estabilizaron los regímenes. Registraban la distancia entre la gente y el discurso oficial. No la cerraban.
3. El mejor argumento en contra: la válvula que no estalla
Aquí está la objeción que cualquier defensa honesta del humor debe sostener antes de responderla. Es la tesis de la válvula de escape: el humor crítico aparenta desafiar el orden, pero en realidad descarga la tensión que podría haberse convertido en acción, y así ayuda a tolerar lo intolerable. Uno se ríe del poder, siente la lucidez de haberlo visto, la pertenencia de reírse con los suyos —y vuelve a casa sin haber hecho nada—. El humor como sustituto emocional de la política.
La idea hay que matizarla, porque quienes la han examinado de cerca advierten que la propia metáfora de la “válvula” es tramposa: significa demasiadas cosas y no permite medir nada con precisión. Pero el núcleo aguanta. Hay quien ha mostrado que la risa, lejos de ser siempre liberadora, cumple una función disciplinaria: el ridículo mantiene a la gente en su sitio, castiga la desviación, refuerza la norma a fuerza de vergüenza. La risa no solo desafía el orden. También lo vigila.
En las democracias saturadas de contenido, esta sospecha tiene una versión actual: buena parte del humor crítico que consumimos puede funcionar como un ritual de confirmación. No convence a nadie; reúne a los ya convencidos en torno al placer de reírse del otro bando. No abre conversación. Reparte carnés de pertenencia.
4. El humor como arma de la intolerancia
Y luego está la cara que más cuesta mirar, porque desmiente del todo la idea del humor como aliado natural de las causas justas. El humor es, hoy, una de las herramientas más eficaces de la radicalización.
La investigación reciente lo documenta con datos. Un estudio sobre mil doscientos memes de canales de extrema derecha mostró que los que combinaban narrativa extremista con humor alcanzaban más difusión que los que usaban una cosa o la otra por separado: el humor es el vehículo que hace viajar el mensaje. Otro análisis, sobre una serie animada de un partido de ultraderecha, concluyó que el humor suaviza los discursos excluyentes —el racismo, la misoginia— y los vuelve más aceptables para públicos que rechazarían el mensaje desnudo. La risa no adorna la exclusión: la introduce en salones donde no entraría de otro modo.
El mecanismo tiene un nombre operativo: “solo era una broma”. La ironía permite emitir el mensaje y, ante la crítica, retirarse —no lo decía en serio, no entiendes el chiste, te lo tomas todo a pecho—. Es una ambigüedad estratégica que lanza el contenido y se reserva la coartada. Y el meme es su soporte perfecto: barato de producir, infinitamente replicable, semánticamente resbaladizo, capaz de circular lejos de su contexto original llevando dentro una carga que ya nadie firma. Quien crea que el humor está del lado bueno no ha mirado los últimos años.
5. Entonces, ¿de qué depende?
Si la misma forma abre y cierra, la pregunta correcta no es si el humor es bueno o malo, sino qué decide su signo. Y la respuesta, hasta donde se puede sostener con rigor, es la dirección.
Hay una distinción que circula en los debates sobre comedia —reírse hacia arriba o hacia abajo, contra el poder o contra el vulnerable— que conviene usar con cuidado, porque no es una ley con criterios universales, sino una orientación prudencial. No resuelve todos los casos: a veces no está claro quién está arriba y quién abajo, y el contexto histórico de desigualdad pesa más que la intención de quien hace el chiste. Pero apunta a lo esencial. El humor que desarma se dirige contra quien tiene poder, dogma o solemnidad de sobra. El humor que daña se ceba en quien ya está debajo. La forma es la misma; la dirección no.
Esto enlaza con algo que sostengo en este Cuaderno a propósito de otras cosas: lo político de un gesto no está en el gesto, sino en sus condiciones. Como lo político de una obra no está en su tema sino en la infraestructura que la rodea, lo político de un chiste no está en que sea gracioso, sino en contra quién se ríe, desde dónde, ante quién y con qué circulación. Pedir “más humor” sin más es como pedir “más arte político” sin más: se queda en la superficie del problema. Lo que importa es la dirección y las condiciones.
6. Lo que el humor sí puede hacer contra la crispación
Después de todo esto, sigo creyendo que el humor tiene algo que ofrecer en tiempos de intolerancia. Pero ya no como arma que une mágicamente, sino como una operación concreta y exigente.
El discurso de la crispación funciona obligando a elegir bando: o estás con los míos o eres el enemigo, y cualquier matiz es traición. El humor puede hacer algo que el discurso serio, en ese clima, casi no puede: introducir autodistancia. Permitir que una comunidad nombre sus propias contradicciones sin pasar de inmediato al lenguaje doctrinal. Sostener a la vez la verdad y el artificio, ver el dogma desde un palmo de distancia. En un entorno saturado de solemnidad moral, una broma que se arriesga también contra los propios puede abrir más escucha que cualquier manifiesto.
Y ahí está la clave, que es también la condición. El humor útil contra la crispación no es el que ridiculiza al otro bando —ese alimenta la trinchera, es parte de la enfermedad—. Es el que se atreve a reírse del propio. El que no cierra la interpretación en una consigna, sino que la abre en una duda. El que paga el precio de incluirse a sí mismo en la diana. Ese humor es raro, incómodo y poco rentable, porque no da el placer fácil de la superioridad. Pero es el único que, en lugar de repartir carnés de pertenencia, los pone en cuestión.
Quizá por eso conviene desconfiar del humor que solo nos hace sentir más en lo cierto, y buscar el que nos hace sentir, por un momento, un poco menos seguros de nosotros mismos. Esa pequeña inseguridad —la de quien se ha reído también de su propio lado— es de las pocas cosas capaces de abrir una grieta en un muro. No es mucho. Pero en tiempos que se especializan en levantar muros, una grieta por la que pasa luz no es poca cosa.
Sobre la conversación abierta
Este texto se cruza con una pregunta que recorre mi trabajo: que lo político de una forma —una obra, una crítica, un chiste— no está en la forma misma, sino en sus condiciones y su dirección. Si alguien quiere intervenir desde los estudios del humor, la historia de la sátira, la comunicación política o la práctica artística, el cuaderno sigue abierto.
Fuentes
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