Ilustración minimalista en tonos papiro cálido y grafito, vista en perspectiva oblicua. Dos haces de luz poligonales se elevan desde una superficie lisa y facetada. A medida que ascienden, se van espesando y endureciendo, sus bordes se afilan y su sustancia se vuelve densa, hasta que sus extremos se han convertido en dos protuberancias sólidas, pesadas, de aspecto pétreo. Lo que empieza como resplandor termina como materia: la transición de la luz a la piedra ocurre a lo largo de las propias formas, difusas y luminosas en la base, opacas y minerales en la punta. No hay nada más representado: ni cabeza, ni rostro, ni figura humana, ni escultura reconocible, ni imaginería religiosa. La superficie se aleja hacia un punto de fuga bajo.

Cuaderno público

El rostro cornudo

En la basílica de San Pietro in Vincoli, en Roma, hay un Moisés de mármol tallado por Miguel Ángel hacia 1513 que tiene dos cuernos pequeños en la frente. Los ha visto casi todo el mundo, en fotografía o en persona, y casi nadie se pregunta por qué están ahí. La respuesta es una de las historias más claras que conozco sobre lo que puede hacer una decisión de traducción cuando pasa el tiempo suficiente.

El origen está en el Éxodo. Moisés baja del monte Sinaí después de hablar con Dios, y el texto hebreo dice que no sabía que la piel de su rostro había qāran. El verbo aparece tres veces en el mismo pasaje, aplicado siempre a su cara, y los diccionarios de hebreo bíblico lo traducen como emitir rayos: Su rostro resplandecía. Por eso los israelitas se asustaron al verlo y por eso él acabó cubriéndose con un velo cuando les hablaba.

Ahora, el detalle que complica todo. Ese verbo, qāran, comparte sus tres consonantes con el sustantivo qeren, que significa cuerno y también fuerza o poder. En hebreo antiguo, escrito sin vocales, ambas formas se ven idénticas sobre la página: q-r-n. No son la misma palabra: una es un verbo y la otra un sustantivo, y su vocalización difiere. Pero están emparentadas y, probablemente, la imagen que hay detrás es la de unos rayos que sobresalen de la cabeza como sobresalen los cuernos de un animal.

Los traductores griegos, siglos antes de Cristo, resolvieron por el lado luminoso: dijeron que el aspecto de su rostro había sido glorificado. Y cuando Jerónimo de Estridón tradujo la Biblia al latín, a finales del siglo IV, eligió lo contrario. Escribió que Moisés no sabía quod cornuta esset facies sua: que su rostro estaba cornudo. Y no lo hizo una vez ni por descuido; mantuvo la palabra en los tres versículos, coherentemente, allí donde el hebreo repetía el verbo.

La versión popular dice que Jerónimo se equivocó, que no sabía suficiente hebreo y confundió los cuernos con la luz. Pero no se sostiene: Jerónimo trabajaba con el hebreo, conocía la traducción griega que decía «glorificado», y conocía además una versión anterior, atribuida a Aquila, que ya había optado por el cuerno. Tenía delante las dos lecturas posibles y escogió una. Los filólogos discuten por qué, y no hay respuesta demostrada; la hipótesis prudente es que prefirió la traducción más material y etimológica, y que el cuerno le servía como imagen de fuerza y autoridad, que es lo que significaba en el mundo bíblico, mucho antes de que el cristianismo posterior lo asociara a lo demoníaco.

Así que no fue un error; fue una decisión. Y esa decisión, difundida por la Biblia latina que Occidente leyó durante más de mil años, dio a los artistas una base textual para pintar y esculpir a un Moisés con cuernos. La tradición se consolidó hacia el siglo XI y llegó, entre muchos otros, al mármol de Miguel Ángel.

No hubo un Moisés cornudo universal, ni Jerónimo le puso cuernos a toda la historia del arte. Durante los mismos siglos se representó a Moisés sin nada en la cabeza, con un halo, con rayos de luz, y con soluciones intermedias donde los rayos se espesaban hasta parecer dos protuberancias sólidas, tan ambiguas como el verbo hebreo del que venían. Cuando la filología moderna afianzó la lectura luminosa, muchos artistas volvieron a los rayos. La tradición cornuda fue influyente, no obligatoria.

Y del propio Miguel Ángel no sabemos qué pensaba. No dejó escrito por qué talló esas dos puntas. Heredaba una convención visual establecida; así que pudo estar siguiendo el atributo reconocible de un personaje, o resolviendo en piedra el problema de representar unos rayos que en mármol no se pueden hacer de otro modo, o buscando el signo de poder que el cuerno arrastraba. Probablemente las tres cosas a la vez sin que ninguna excluya a las demás. Decir que copió ingenuamente un error de traducción es tan simple como decir que Jerónimo no sabía hebreo.

Este es el trayecto completo de una elección: un verbo hebreo que juntaba luz y cuerno en la misma raíz; un traductor que, sabiendo lo que hacía, escogió la palabra corporal; una lengua, el latín, que difundió esa palabra durante un milenio; y unos artistas que, al pasar del texto a la imagen, tuvieron que decidir algo que el texto no decía: cuántos cuernos, de qué tamaño, en qué lugar de la cabeza. Porque la Vulgata no dice dos, solo dice cornudo. Los dos cuernos, la forma exacta, la posición sobre la frente, todo eso lo puso la recepción, no la traducción.

Una decisión sobre una palabra se convirtió en una decisión sobre una forma, y esa forma sigue en San Pietro in Vincoli, en mármol, a la vista de todos, esperando que alguien pregunte de dónde salió.

Sobre la conversación abierta

Este texto sigue el recorrido de una decisión de traducción: el verbo hebreo qāran en Éxodo 34, que los diccionarios traducen como «emitir rayos» y que comparte raíz consonántica con qeren, «cuerno»; la elección de Jerónimo en la Vulgata (cornuta esset facies sua), frente a la opción luminosa de la Septuaginta; y la iconografía del Moisés cornudo hasta la escultura de Miguel Ángel. Sostengo que no fue un error de traducción, porque Jerónimo conocía las dos lecturas, y evito dos simplificaciones habituales: que en hebreo «la misma palabra» signifique cuerno y luz (son formas relacionadas, no equivalentes), y que la iconografía cornuda fuera universal, cuando convivió con halos y rayos. Si alguien quiere intervenir desde la filología bíblica, la traductología o la historia de la iconografía, este cuaderno sigue abierto.

Fuentes

Texto masorético, Éxodo 34:29, 30 y 35: el verbo קָרַן (qāran) aplicado a «la piel de su rostro». Brown-Driver-Briggs define su uso en estos pasajes como «send out rays».

Vulgata: «ignorabat quod cornuta esset facies sua» (34:29); «cornutam Moysi faciem» (34:30); «faciem egredientis Moysi esse cornutam» (34:35). La Nova Vulgata del siglo XX sustituyó la expresión por «resplenderet cutis faciei suae».

Septuaginta, Éxodo 34:29: «δεδόξασται ἡ ὄψις», el aspecto «había sido glorificado».

Sobre la elección de Jerónimo y la lectura anterior atribuida a Aquila, y sobre la historia de la iconografía: Thomas Römer, «The Horns of Moses. Setting the Bible in its Historical Context» (Collège de France, 5 de febrero de 2009).

Miguel Ángel, Moisés, mármol, tallado principalmente hacia 1513-1515 para la tumba de Julio II (encargo iniciado en 1505; monumento instalado entre 1542 y 1545), San Pietro in Vincoli, Roma. No se conserva declaración del artista sobre las protuberancias.


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