En 2022 un cromo de béisbol se vendió por doce millones y medio de dólares: una tarjeta de cartón impreso de Mickey Mantle de 1952 y en casi perfecto estado de conservación. En 2023 unas zapatillas usadas por Michael Jordan en unas finales de la NBA alcanzaron dos millones y pico. Y en esa misma temporada una estampa de Philip Guston, un pintor con más de cien obras en el MoMA, se liquidó en poco menos de tres mil dólares: tres mil, no tres millones. Puestas juntas, estas cifras revelan que el precio de un objeto y su valor como arte son dos medidas distintas y que a veces coinciden y otras muchas no.
Lo caro que no es arte, o no principalmente, se explica solo. La tarjeta de Mantle no cuesta doce millones por su belleza gráfica sino por su rareza: quedan poquísimos ejemplares en ese estado, buena parte de la tirada se destruyó, y un cromo idéntico en peor conservación vale una fracción. Lo mismo con las zapatillas: su diseño se fabricó en serie, así que los dos millones los pagan porque esas, exactamente esas, las calzó Jordan en un partido concreto y se puede demostrar. Un par idéntico recién sacado de la caja no llega ni de lejos a esa cifra. Se paga el vínculo autenticado con una historia, no el objeto. Son bienes de coleccionista; su precio mide escasez y deseo de poseer algo único, no calidad artística.
Por supuesto que son objetos de interés. Un reloj puede ser una maravilla de ingeniería y de diseño, y una zapatilla puede contar una época. El mercado que las tasa explica sus precios por rareza, estado y procedencia, no por una evaluación de su valor artístico. Pertenecen a otra categoría y manejan otras reglas.
En el lado opuesto encontramos arte reconocido que apenas tiene precio. La estampa de Guston no vale tres mil dólares porque el mercado dude de Guston, que está en las salas permanentes del MoMA. Vale eso porque es una edición, un múltiple: existen varios ejemplares, así que no es escasa. Lo mismo con una estampa de John Baldessari, figura central del arte conceptual, rematada por poco más de tres mil. El reconocimiento artístico de estos autores es altísimo, y aun así estas obras concretas son baratas, porque el precio no mide su importancia, mide cuántos ejemplares hay. Un arte que se puede reproducir, por grande que sea, cuesta poco. Y hay arte que directamente no tiene precio de mercado porque no se vende: la performance irrepetible, la intervención efímera, el gesto que ocurrió una vez y no dejó objeto que subastar. Su ausencia de precio no es ausencia de valor y, de hecho, podría llegar a alcanzar un precio desorbitado si su dueño fuera objeto de fetichismo, simplemente por haberle dado uso.
Hay otro caso evidente. En 2021 una casa de subastas de Ámsterdam ofreció una pintura del siglo XVII como obra del «círculo de Rembrandt», con una estimación de unos doce mil dólares. Algunos compradores sospecharon que podía ser del propio Rembrandt, y la puja se disparó hasta cerca de un millón. Tras ocho meses de estudio, radiografías, infrarrojos, investigación de su procedencia, otra casa la atribuyó a Rembrandt y la vendió por casi catorce millones de dólares. Entre una venta y otra, la pintura no cambió: ni un trazo, la misma escena, el mismo panel, la misma mano que la pintó hace cuatro siglos. Lo único que cambió fue el nombre que le pusimos delante y, con él, el precio se multiplicó por mil.
Podría decirse que el mercado paga la firma y no la obra pero sería inexacto. Lo que cambió con la atribución fue qué era la obra a ojos del comprador. Pasó de ser un cuadro anónimo de taller a ser un objeto único con una historia acreditada, salido de una mano concreta e irrepetible. El mercado no paga tres letras: paga una identidad histórica autenticada, una biografía del objeto. El nombre es el operador de esa biografía, la llave que la abre. Y esa biografía es un valor real, no un espejismo, pero es un valor distinto del que tiene la pintura como pintura, por lo que produce en quien la mira. Esas catorce millones no compran una experiencia mejor ante el cuadro: la experiencia era idéntica cuando costaba doce mil.
Cuando miramos una obra, se cruzan en ella dos preguntas que no son la misma y que constantemente confundimos. Una es cuánto cuesta, y la responde el mercado midiendo rareza, procedencia, autenticidad, moda y ganas de poseerla. La otra es qué hace ante quien la mira, y esa no la responde ningún precio. A veces las dos van juntas y una gran obra alcanza un gran precio, y nos parece natural. Pero van juntas por coincidencia, no por necesidad, y basta con mirar una tarjeta de doce millones y una estampa genial de tres mil para verlo. Confundir las dos preguntas nos lleva a creer que lo caro es bueno y lo barato es menor, cuando lo único que el precio mide con certeza es cuánto desea alguien tener eso que casi nadie más puede tener. El valor de una obra ante los ojos no cotiza en ninguna sala de subastas. Nunca lo ha hecho.
Sobre la conversación abierta
Este texto parte de casos verificados de subasta para distinguir dos medidas que confundimos: el precio de una obra y lo que vale como arte. Sostengo que son ejes independientes, que a veces coinciden y a veces no, y evito dos exageraciones: ni todo lo caro es impostura, ni el mercado es incapaz de percibir calidad. El precio mide escasez, procedencia, autenticidad y deseo de posesión, no una sustancia llamada valor artístico. Distingo el hecho (las cifras y su explicación) de mi interpretación. Si alguien quiere intervenir desde la economía de la cultura, el coleccionismo o la historia del arte, este cuaderno sigue abierto.
Fuentes
Tarjeta Mickey Mantle de 1952 (12,6 millones de dólares, 2022) y contraste de estado en tarjetas: Sotheby’s, «The Trading Card Hall of Fame» y guía de valoración (2024).
Air Jordan XIII de las Finales de 1998 (2.238.000 dólares, 11 de abril de 2023): Sotheby’s, ficha oficial del lote.
Patek Philippe 1518 «pink on pink» (9.570.900 dólares, diciembre de 2021): Sotheby’s.
Ediciones de Philip Guston (2.794 dólares) y John Baldessari (3.302 dólares), colección Marian Goodman, Christie’s (22 de mayo de 2026); reconocimiento institucional en el MoMA.
The Adoration of the Kings: de «círculo de Rembrandt» (Christie’s Ámsterdam, 2021) a Rembrandt (Sotheby’s Londres, 10,9 millones de libras, 6 de diciembre de 2023). Sobre la inestabilidad de la autoría en Rembrandt: National Gallery of Art y Rembrandt Database.
Olav Velthuis, Talking Prices: Symbolic Meanings of Prices on the Market for Contemporary Art (Princeton University Press, 2005).
