Me manda mi amigo y artista Juan Carlos Rica una frase sin decirme de quién es. La leo dos veces: viene de una entrevista a Tim Hunt en XL Semanal, y dice más o menos que en ciencia pasas la mayor parte del tiempo equivocado y sufriendo, que lo que engancha es el juego en sí, y que si solo disfrutas cuando ganas lo vas a pasar mal porque casi siempre se pierde.
Casi siempre se pierde. No como lamento sino como descripción del oficio. Y pensé que eso, que en boca de un científico suena a confesión, en nuestro trabajo es sencillamente el día a día, y que llevo años sin decirlo en voz alta porque no queda bien.
Porque no queda bien. Lo que se enseña, lo que se premia, lo que se cuelga en la pared, es el acierto: el cuadro terminado, el manuscrito aceptado, la frase que por fin dice lo que querías. Todo el aparato de la cultura está montado sobre el resultado, sobre la pieza que salió. Y esa pieza es, casi siempre, la única superviviente de una larga serie de fracasos que nadie ve, porque el fracaso rara vez se expone: se tira, se borra, se pinta encima.
Un cuadro que funciona lleva debajo capas de cuadros que no funcionaron. No es una metáfora: está físicamente debajo, tapado. Un texto que se sostiene es lo que quedó después de cortar tres versiones que no se sostenían. Y mirar con ojos hostiles el propio borrador, buscarle la frase que un lector malintencionado refutaría, no es otra cosa que provocarme a mí mismo el fracaso antes de que me lo provoque otro. Perder yo primero, en privado, para no perder después en público. La mayor parte de lo que hago es eso: equivocarme a solas como método.
Lo viví como un defecto, que la duda y el descarte eran síntomas de no estar a la altura y que si tenía que rehacer algo diez veces era porque no lo había pensado bien la primera. Tardé en entender que era al revés: que rehacerlo diez veces no es el precio de hacerlo mal sino la forma de hacerlo. Que el error no es lo que ocurre cuando el trabajo se tuerce: es el material con el que el trabajo se hace, igual que el pintor trabaja con pigmento y el escritor con palabras; uno trabaja con sus propios fallos, los mira, los descarta, aprende de ellos qué no era, y en ese descarte va acercándose a qué sí.
La frase de la entrevista dice algo más y no es motivacional: que lo divertido es el juego mismo. Que si pones el disfrute en ganar, has puesto tu alegría en lo que casi nunca ocurre, y te has condenado a una vida de espera amarga. Y que la salida no está en ganar más sino en desplazar el disfrute del resultado al proceso, de la pieza terminada al rato de estar haciéndola, dando vueltas, probando, sospechando que ya casi lo tienes aunque no lo tengas.
Las mejores horas de mi trabajo son las del medio, cuando estoy dentro del problema y no sé todavía cómo va a salir, cuando pruebo una cosa y falla y pruebo otra, y hay una concentración ahí, un estar completamente absorto, que no vuelve a aparecer cuando doy la obra por lista. Terminar produce una satisfacción breve, casi administrativa. El trabajo, el de verdad, el que engancha, ocurre antes, en pleno error, cuando todavía se está perdiendo.
No sé si esto vale para la ciencia tal como la vive quien la hace; tomo la frase prestada, no hablo de un laboratorio que no conozco. Pero vale, palabra por palabra, para lo nuestro. Casi siempre se pierde, sí. Y el que solo disfruta ganando debería dedicarse a otra cosa, porque en esto la victoria es rara y el error es constante. Si el error te amarga, te vas a amargar casi todos los días.
Dicho así no suena a condena sino a alivio. Saber que perder es lo normal quita una presión enorme: la de tener que acertar. Uno se sienta a trabajar sabiendo que probablemente lo de hoy no salga sin el peso de que tenga que salir. El acierto, cuando llega, llega como una sorpresa dentro de una rutina de fallos, y se disfruta más justamente porque no se esperaba. Jugar, casi siempre perdiendo, resulta ser una manera bastante buena de pasar los días.
Gracias, Juan Carlos, por la frase. La que necesitaba oír un día en que, como casi todos, estaba perdiendo.
Sobre la conversación abierta
Este texto nació de una frase que me envió Juan Carlos Rica procedente de una entrevista a Tim Hunt en XL Semanal: que en ciencia se pasa la mayor parte del tiempo equivocado y que lo que engancha es el juego y no el ganar. No es un texto sobre ciencia ni sobre su autor, sino sobre lo que esa idea me hizo pensar acerca del error en el trabajo creativo, entendido no como el fracaso que antecede al acierto, sino como el material mismo con el que se trabaja. Si a alguien le toca desde su propio oficio, sea cual sea, este cuaderno sigue abierto.
Fuentes
La frase que detona el texto procede de la entrevista de Carlos Manuel Sánchez a Tim Hunt en XL Semanal (edición de agosto de 2026). La formulación que circula en redes es el destacado que el medio condensó de varias respuestas de la entrevista, no una cita literal continua; por eso aquí se parafrasea. El texto es una reflexión propia a partir de esa idea, no un comentario sobre la entrevista ni sobre su autor.
