Hay una frase que el mundo de la cultura repite sobre sí mismo con una convicción que rara vez se examina: el arte transforma vidas, la cultura es motor de cambio social, la mediación incluye, cohesiona, repara. La he dicho yo. Está, con otras palabras, en la misión de la fundación que presido. Y precisamente por eso me parece que alguien desde dentro debería atreverse a preguntar en voz alta qué hay de cierto en ella, en lugar de repetirla hasta que suene a verdad por desgaste.
La pregunta no es retórica ni cómoda: ¿la mediación cultural transforma algo, o sobre todo se cuenta a sí misma que transforma?
Conviene empezar por lo que sí sostiene la evidencia, porque es más de lo que un escéptico concedería. Existe un cuerpo amplio de investigación —la revisión que la Organización Mundial de la Salud publicó en 2019 rastreó centenares de publicaciones y miles de estudios— que documenta efectos reales de la participación artística sobre la salud, el bienestar, el estado de ánimo, los vínculos, la sensación de pertenencia. Cantar en grupo, participar en un taller, entrar en un museo con quien sabe acompañar la mirada: nada de eso es humo. Deja marca en las personas, y a veces marca medible.
El problema aparece un peldaño más arriba. Una cosa es afirmar que la cultura mejora el bienestar de quien participa, y otra muy distinta afirmar que transforma comunidades enteras, que reduce la exclusión estructural o que produce cambio político duradero. Ese salto —del efecto individual documentado a la transformación social proclamada— es donde la evidencia se adelgaza y el discurso se ensancha. Y es justo ahí donde el sector cultural tiende a instalarse, porque es el registro que abre puertas ante quien financia.
No lo digo desde la sospecha, sino desde una literatura crítica que lleva décadas señalándolo. Desde el trabajo fundacional que en los años noventa quiso medir el impacto social de la participación artística, distintos investigadores han venido advirtiendo de lo mismo: que atribuir causalmente a un programa cultural un cambio social es endiabladamente difícil; que las evaluaciones se apoyan demasiado en autoinforme, buenas sensaciones y plazos cortos; y que el “impacto social” se ha convertido, con frecuencia, en la retórica con la que el sector se legitima ante gobiernos y patrocinadores. Se mide lo que se puede contar, se cuenta lo que conviene, y el relato acaba precediendo a los hechos.
Reconocer esto no es demoler nada. Es lo contrario. Un sector que promete lo que no puede garantizar acaba pagándolo de dos maneras, y las dos son graves.
La primera es de credibilidad. Cada vez que la cultura se atribuye poderes que no tiene, regala munición a quien quiere recortarla en cuanto los resultados no aparecen. La promesa inflada no protege al arte: lo deja expuesto.
La segunda es más honda, y me importa más. Cuando decimos que el arte, por sí solo, incluye o cohesiona o repara, estamos descargando sobre un taller o una exposición una responsabilidad que es de otros: de la vivienda, del empleo, de la escuela, de la política pública. Sobreprometer desde la cultura es, sin quererlo, una forma de coartada para que quien tiene la palanca estructural no la mueva. Si el arte lo arregla, ¿para qué lo demás? Esa es una trampa en la que una fundación honesta no debería caer, por mucho que el lenguaje del impacto sea el que financia.
Entonces, ¿qué hace la mediación cultural, si no es lo que decimos que hace? Hace algo más modesto y más verdadero: abre condiciones. Crea la ocasión de un encuentro que no habría existido, un vínculo, un acceso, un rato de bienestar, una conversación que reorganiza —aunque sea un poco— el campo de lo que a alguien le parece posible. No es la causa suficiente de ninguna transformación; es la condición que la hace un poco más probable. Un dispositivo de posibilidad, no una máquina de cambio. Que ese paso de la posibilidad a la transformación se dé o no depende de recursos, continuidad, instituciones y voluntad política que exceden con mucho lo que cualquier programa cultural controla.
Y aquí está lo que me interesa defender, precisamente desde dentro de una fundación: que ese papel más modesto no es un papel menor. Abrir una grieta en lo posible es exactamente lo que la cultura sabe hacer y casi ninguna otra cosa hace igual. No necesita disfrazarse de política social para valer. Al contrario: se defiende mejor cuando dice la verdad sobre su alcance —cuando promete lo que puede cumplir y nombra con honestidad lo que no—. Reconocer el límite no debilita la promesa. Es lo único que la vuelve creíble.
Sobre la conversación abierta
Este texto abre mi subserie Arte y sociedad, que mira de frente, y desde dentro del propio sector, lo que la cultura puede y no puede hacer por la sociedad; aquí, la distancia entre el efecto que la mediación cultural documenta y la transformación que proclama. Si alguien quiere intervenir desde la evaluación de programas culturales, la sociología de la cultura o la política cultural, el cuaderno sigue abierto.
Fuentes
Fancourt, Daisy y Saoirse Finn. What is the evidence on the role of the arts in improving health and well-being? A scoping review. Copenhague: Oficina Regional para Europa de la OMS, Health Evidence Network synthesis report 67, 2019.
Belfiore, Eleonora y Oliver Bennett. The Social Impact of the Arts: An Intellectual History. Palgrave Macmillan, 2008.
Matarasso, François. Use or Ornament? The Social Impact of Participation in the Arts. Comedia, 1997.
Merli, Paola. “Evaluating the social impact of participation in arts activities”. International Journal of Cultural Policy 8, n.º 1 (2002): 107-118.
Galloway, Susan. “Theory-based evaluation and the social impact of the arts”. Cultural Trends 18, n.º 2 (2009): 125-148.
