Esta Academia no me representa

Hace justo un año, en abril de 2025, hacía esta reflexión. No como refugio, sino como lugar de pensamiento. Un ejercicio de orden en medio del ruido.
Un año después, me encuentro exactamente en el mismo punto incómodo pero necesario: la contradicción.

Estos días he vuelto a pensar en qué significa que una institución represente algo. O peor: a quién decide representar.

La polémica en la Academia de Bellas Artes no me sorprendió, pero sí me incomodó profundamente. No por el debate estéril sobre el intrusismo —que siempre vuelve—, sino por algo más estructural: el peso del amiguismo, del enchufismo y de la mediocridad sostenida como norma.

Como pintor y licenciado en Bellas Artes, lo tengo claro desde hace años: el título no hace al artista. A lo sumo, certifica una técnica. El arte ocurre en otro lugar. En la intención. En la mirada. En la capacidad de incomodar.

Por eso el problema nunca ha sido quién entra.
El problema es quién decide.
Y desde dónde.

El caso de El Roto no es una anécdota. Es un síntoma. Una institución que recela de una figura crítica y contemporánea no está defendiendo un criterio: está evidenciando su miedo.

Miedo a perder el control.
Miedo a dejar de ser relevante.
Miedo a aceptar que el arte ya no le pertenece.

Ahí es donde se rompe la representación.
Porque una institución que no dialoga con su tiempo no representa a nadie. Se convierte en un objeto decorativo, en un símbolo vacío, más preocupado por su continuidad que por su sentido.

Y el arte no está para eso.

El arte no está para encajar ni para legitimar estructuras. Está para tensarlas. Para incomodar. Para abrir grietas.

Por eso no me representa.

Y quizá, un año después, escribir esto confirme que este espacio sigue teniendo sentido precisamente por eso: porque no busca encajar, sino entender.

Fuente: https://elpais.com/cultura/2025-04-10/miembros-de-la-academia-de-bellas-artes-maniobran-contra-el-roto-para-impedir-su-ingreso-en-la-institucion.html