La alfabetización, sin arte, se queda corta

Se habla mucho de competencias y pantallas. Poco de sensibilidad. ¿A quién sirve la alfabetización digital si el arte no está?

Cada septiembre, el Día Mundial de la Alfabetización se llena de discursos sobre la importancia de aprender a leer y escribir, ahora con el añadido de “competencias digitales”. La narrativa es clara: sin saber usar un ordenador o un móvil, no hay futuro. Sin embargo, algo se repite: seguimos olvidando el papel del arte en este proceso.

Alfabetizar no es solo transmitir herramientas técnicas, sino también cultivar la capacidad de leer emociones, símbolos y relatos. Una sociedad que solo enseña a navegar menús digitales sin enseñar a interpretar una pintura, un poema o un gesto, está produciendo ciudadanos funcionales, pero no necesariamente críticos ni libres.

Lo estamos viendo en el mercado del arte: el último informe de Artnet habla de cierres y fusiones, de una tormenta que sacude las casas de subastas. ¿No será que hemos olvidado el valor de lo artístico como bien común? Mientras tanto, Málaga florece como hub cultural y tecnológico, con museos que atraen multitudes y empresas que atraen talento. El riesgo está en separar esos mundos: tecnología por un lado, arte por otro.

Desde TransArte defendemos lo contrario: la alfabetización digital sin alfabetización artística es un proyecto cojo. No se trata de elegir entre enseñar a programar o enseñar a mirar un cuadro, sino de entender que ambas competencias se refuerzan. El ojo entrenado en la sensibilidad también es más hábil en detectar sesgos, engaños o patrones en lo digital.

El reto del siglo XXI no es solo saber usar pantallas. Es saber usarlas sin perder la capacidad de imaginar y sentir.